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A fondo
Dentro del círculo: el libre albedrío en la era de la Revolución 4.0

Dentro del círculo: el libre albedrío en la era de la Revolución 4.0

En 2013, el escritor norteamericano Dave Eggers publicó El Círculo, una novela distópica que no ocultaba su voluntad de continuar el trabajo emprendido por autores del siglo XX como Aldous HuxleyUn mundo feliz (1932)–, o George Orwell1984 (1949)–. La crítica literaria publicada en el momento de su aparición en la revista Times, recogida por la faja promocional de la edición española, subrayaba esta identificación: “El Gran Hermano ya está aquí, y somos nosotros mismos”. La postmodernidad, que impone un régimen de desmitificación y comentario irónico a la mayor parte de sus ficciones, debería haber terminado también con las añejas antiutopías.

 

Sin embargo, el género distópico parece vivir un momento especialmente exuberante. La conocida serie de televisión Black Mirror, por citar un ejemplo paradigmático, propone una colección de ficciones apocalípticas en las que los “espejos negros” de las televisiones de plasma, los ordenadores, las tabletas y los smartphones juegan un papel determinante. El cambio de paradigma que ha significado la industria 4.0 ha afectado a las maneras de organizar los modos de producción, y también a la forma en que nos relacionamos y aprehendemos la información. Las posibilidades que el nuevo escenario ofrece son prácticamente ilimitadas (y esta sensación vertiginosa probablemente seguirá incrementándose en el futuro).

 

A pesar de todo, ello conlleva nuevos riesgos que narradores como Eggers han sabido identificar. Algunos críticos literarios han vinculado al escritor norteamericano con la denominada “generación quemada” —en alusión al relato del novelista postmoderno David Foster Wallace, Encarnación de una generación quemada—, de la que también formarían parte autores como Jonathan Safran Foer, Judi Butnitz o Zadie Smith, caracterizada por su voluntad de experimentación, el “cuestionamiento de los valores sociales comúnmente aceptados” y la “inseguridad existencial de los protagonistas, cuya única certeza es que nada es seguro, todo es cambiable y aleatorio”[1].

 

Utopía y antiutopía en la era de la Galaxia Internet

 

Siguiendo la tradición de la literatura apocalíptica, El Círculo narra la inmersión de un “héroe común”, la joven Mae Holland, en un ambiente desconocido que le resulta fascinante y también subyugante. El Círculo es una empresa de nuevas tecnologías que, después de Apple, Google o Facebook, ha conseguido revolucionar los servicios universales de Internet. En medio de un campus laberíntico, se alza un centro de trabajo con “más de ciento sesenta hectáreas de acero pulido y cristal”[2]. Y rodeando el edificio, una zona para picnics, pistas de tenis de hierba y tierra, una cancha de vóleibol, una guardería, una sala de conciertos, apartamentos para los trabajadores y jardines de recreo. El Círculo es, pues, un microcosmos social autosuficiente e “inmersivo”, como también lo es Internet, que provee a sus habitantes/trabajadores de todos los servicios/herramientas necesarios para que no sea necesario rebasar los límites de sus instalaciones.

 

Su organización podría coincidir a priori con el modelo de sociedad descrita en diversas ocasiones por el sociólogo Norbert Elias; un conjunto de individuos interdependientes que conforman una estructura preparada para funcionar como un todo, en el que “cualquier acción realizada en relativa independencia representa un movimiento en el tablero del ajedrez social, que ineludiblemente desencadena la respuesta de otro individuo”[3]. Estas relaciones de interdependencia social se agudizan especialmente en las sociedades en red, en las que la maraña de relaciones genera una incesante aparición de mensajes, respuestas y contra-respuestas que puede llevar a la extenuación a los propios miembros de la comunidad. Sin embargo, este encadenamiento de acciones nos lleva más allá de la lógica del ajedrez, con el riesgo de hacer añicos todo el tablero. Es lo que siente Mae cuando se ve atrapada en una cadena de mensajes electrónicos que constantemente esperan respuesta.

 

El Círculo genera a su vez una serie de microcírculos —que, en el mundo virtual, denominamos comunidades— que exigen una frecuente gratificación. La disposición de estos microcírculos sobre el mapa del Círculo total podría seguir la lógica de la teoría de conjuntos; algunos separan claramente unos ámbitos de otros, pero la mayoría conforman complicadas intersecciones; de modo que la inclusión en un círculo implica la posterior adhesión a otros y luego a otros, consiguiendo la casi total inmersión del yo. De hecho, el siguiente paso inevitable en todo este proceso parece ser, en la novela, la renuncia total a la intimidad. Así lo expresa en la novela de Eggers, Kalden, uno de los fundadores de la compañía, cuando describe el sueño anti(utópico) de otro de sus colegas:

 

Bailey cree que la vida será mejor y será perfecta cuando todo el mundo tenga acceso libre a todo el mundo y a todo lo que conocen. Él cree de verdad que las respuestas a todas las preguntas de la vida se encuentran en los demás. Cree de verdad que la apertura, que el acceso completo e ininterrumpido entre todos los seres humanos mejorará el mundo. Cree que es lo que el mundo ha estado esperando, el momento en que todas las almas queden conectadas.

 

Pero no hay en este proceso de renuncia a la intimidad colectiva —al menos en apariencia— una evidente voluntad opresora. La intensa política de comunicación que la empresa cultiva con sus empleados genera justamente la opresión a través del exceso de accesibilidad y afabilidad. Es lo que en la novela se define como “infocomunismo”, que obliga a compartir cualquier información (incluso la más personal) con el conjunto de la comunidad con la que se mantiene una relación radical de interdependencia. El Círculo crea pues una sociedad de actores “incrustados”, en la que las relaciones personales construyen una estructura social que impone unas normas de relación en una espiral de inmersión.

 

Así, el empleado que adquiere una cantidad ingente de obligaciones sociales que debe satisfacer a través de mensajes en redes sociales, correos electrónicos, invitaciones a eventos, etc., se ve obligado a atender toda esta demanda al terminar su jornada laboral, lo que provoca que acabe quedándose en las instalaciones de la empresa más allá del horario de trabajo; contando para ello con el beneplácito de una empresa que, por supuesto, pone a su disposición todos los medios para que pueda compartir su tiempo libre con otros miembros del Círculo. El mundo exterior (la familia, los amigos ajenos a la empresa, incluso la pareja) desparece con rapidez del escenario vital y en su lugar emerge un absorbente doble del mundo, poblado por una serie de avatares dispuestos a arrebatar la libertad a los actores de la comunidad a base de amables requerimientos.

 

El Círculo es, ante todo, una gran exageración, una fábula que examina el fascinante y también incierto viaje emprendido en este siglo de la realidad a la virtualidad, del capitalismo de producción al tecnocapitalismo de la era digital, de la privacidad a la exposición pública, del ciudadano al avatar. Su narración es, como toda buena literatura distópica, una advertencia sobre el apocalipsis, pero también una invitación a repensar una sociedad que ya no es una sino dos; una sociedad con un espejo/espejismo virtual que podrá ser, en un futuro próximo, una herramienta de sumisión o emancipación, según decidamos.

 

Conviene no dejarse llevar por el miedo a la incertidumbre. La única función de los relatos como El Círculo es, al fin y al cabo, obligarnos a reflexionar sobre la naturaleza de los grandes hallazgos de la cuarta revolución industrial, para asegurar que éstos contribuyan a nuestro bienestar. Las tecnologías aumentan nuestro potencial campo de libertad personal, lo que a su vez conlleva una mayor responsabilidad. Al fin y al cabo, somos nosotros quienes decidimos de qué modo nos relacionamos con el entorno virtual. La tecnología nunca será alienante para aquellos individuos que han aprendido a ejercer, de modo pleno y responsable, su libertad. Es una pena que la adaptación fílmica no tenga la calidad suficiente como para realmente extender esta reflexión al gran público.

 

* Enric Ros es profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UIC Barcelona).

 

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[1] Gurpegui, J. A. (2005) Crítica de Generación quemada: una antología de autores norteamericanos de Marco Cassini y Martina Testa (ed.). El Cultural.

[2] Eggers, D. (2014) El Círculo. Barcelona, Random House. En adelante, las citas al libro harán alusión a esta misma edición.

[3] Corcuff, P. (2013) “Construcción de los grupos y categorización social”. Las nuevas sociologías. Principales corrientes y debates, 1980-2010. Madrid: Siglo XXI.