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A fondo
El prodigio de la mano humana

El prodigio de la mano humana

Por Xavier Escribano y Albert Pérez, del Grupo de Investigación en Antropología de la Corporalidad (SARX), de la UIC.

 

El 17 de octubre de 1938, Paul Valéry, el célebre poeta y ensayista francés, fue invitado a pronunciar la conferencia de apertura de un congreso de Cirugía que se celebraba en París. En ese sustancioso y original texto, titulado precisamente “Discurso a los cirujanos”, encontramos algunos pasajes que podrían considerarse un verdadero elogio de la mano humana, un órgano polifacético que –en palabras del poeta– “golpea y bendice, da y recibe, alimenta, presta juramento, edifica la mesura, lee para el ciego, habla para el mudo, se tiende hacia el amigo, se alza contra el adversario, y se convierte en martillo, tenaza, alfabeto” (Valéry [1938] 1993, 178).

 

No resulta extraña la inclusión de una digresión sobre las posibilidades de la mano en un discurso dirigido a cirujanos, puesto que una simple indagación etimológica del término mismo que sirve para designar la práctica quirúrgica nos remite al vocablo griego cheirourgía, compuesto de los términos cheír (mano) y érgon (trabajo). Lo que sorprendía enormemente a Valéry es que no existiera en su tiempo un Tratado de la mano, es decir, un estudio en profundidad de las innumerables virtualidades de esa “máquina prodigiosa que reúne la sensibilidad más matizada a las fuerzas más desatadas”. No obstante, Valéry, tan sugerente en su evocación y tan inteligente en sus descripciones del “órgano de lo posible”, del “órgano de la certeza positiva”, de ese “agente universal” que materializa nuestros sueños, se equivocaba en este jucio. De hecho, algo más de cien años antes, exactamente en 1833, Sir Charles Bell, cirujano y anatomista escocés, había publicado su magnífico estudio The Hand, Its Mechanism and Vital Endowments as Evincing Design, que sigue siendo obra de referencia ineludible y verdadero clásico de la anatomía comparada.

 

En esta obra, Bell atribuía a la mano un lugar privilegiado en la naturaleza y, comparándola minuciosamente con la estructura de otras extremidades animales advertía en ella una aquitectura maravillosa[1] que le conducía a pensar en la evidencia de un diseño creador inteligente. La mano constituye, en efecto, una región anatómica con una estructura ósea que le permite la posibilidad de oponer el pulgar al resto de dedos y con un sistema muscular y ligamentoso que facilita la realización y la creación de todo tipo de pinzas digitales. Todas ellas acciones fundamentales para la evolución de nuestra especie y que son posibles gracias a una forma peculiar y única de la mano humana (Day et Napier, 1963; Tocheri et al. 2008).

 

Las evocaciones líricas de Valéry o las descripciones anatómicas de Bell comparten la admiración ante un órgano cuya ductilidad y versatilidad resultan únicas. Pero habría que remontarse al origen mismo de la Humanidad y al arte paleolítico de las cavernas para reconocer las primeras muestras de un interés especial por esas extremidades que resultan decisivas en nuestro manejo de los instrumentos y en nuestras interacciones cotidianas con el mundo que habitamos. Así, por ejemplo, en las Cuevas de El Castillo en Cantabria o bien en las Cuevas de las Manos en la provincia de Santa Cruz (Argentina), hallamos manos representadas por doquier. La centralidad de las manos en nuestro desarrollo es tan temprano en la historia de la Humanidad, como lo es análogamente en el desarrollo del individuo: según los estudios de Butterworth y Hopkins (1988), los movimientos de la mano hacia la boca constituyen un hito importante en el comportamiento manual prenatal y en recién nacidos. A las catorce semanas de gestación, según el estudio de Castiello y otros (2010) un feto dirige movimientos de la mano hacia la espalda y la cabeza de un gemelo con el que comparte el útero indicando así interacción entre ambos gemelos.

 

Desde la Antigüedad es bien conocido el debate entre Anaxágoras y Aristóteles sobre si los seres humanos somos racionales porque tenemos manos o más bien tenemos manos porque somos racionales. Esa discusión, en los albores del pensamiento filosófico, no se halla demasiado lejos del tema central de una reciente publicación del profesor e investigador croata, Zdravko Radman, titulada The Hand, an Organ of the Mind (2013), donde especialistas de diversas áreas muestran hasta qué punto los movimientos y las actuaciones de las manos resultan decisivas en la configuración de las funciones mentales relativas al conocimiento y a la acción. Sin embargo, más allá de establecer una mera relación causal entre facultades manuales y habilidades manuales, lo que la Antigüedad más remota y las investigaciones más recientes coinciden en subrayar es el mismo hecho antropológicamente relevante: la sorprendente analogía entre las cualidades de la mente y la versatilidad casi ilimitada de su principal proyección en el cuerpo humano. Si la inteligencia aspira a comprenderlo todo, la mano procura dominarlo todo; si la inteligencia puede concebir cualquier artefacto, sólo la mano es capaz de materializarlo (cfr. Barbotin 1970). La liberación de las manos respecto a la locomoción de nuestro cuerpo, las hace aptas para actuar en el mundo circundante y procurar a un animal desnudo y vulnerable la protección necesaria del vestido, el fuego, la vivienda, la herramienta o el símbolo. La mano que atrapa, recibe, da, bendice o promete es el instrumento de instrumentos que hace posible que nosotros, seres racionales de carne y hueso, habitemos en el mundo como si fuera nuestro hogar.

 

El mismo Galeno, el gran médico y anatomista de la Antigüedad, dedica el Libro I de su obra De usu partium al estudio de la mano. En ese tratado, el médico de Pérgamo, siguiendo en esto la estela de sus maestros Hipócrates y Aristóteles, subraya con especial énfasis la mutua referencia y el paralelismo entre la capacidad racional y la habilidad manual: del mismo modo que el ser humano no ha sido dotado con instintos rígidos que dirijan su conducta en un único sentido, tampoco ha sido agraciado con órganos corporales hiperespecializados para un medio natural concreto, pero “a cambio de la desnudez de su cuerpo, recibió las manos y a cambio de la falta de habilidades de su alma recibió la razón (…) De aquí que el hombre, el único ser vivo que tiene en su alma la habilidad más excelente, posea en su cuerpo, conforme a esa lógica, el más excelente de los instrumentos” (Galeno 2010, 94-95).

 

La mano permanece indefinidamente abierta al aprendizaje de todo tipo de habilidad: desde la danza prodigiosa de los dedos del pianista sobre el teclado, hasta la precisión milimétrica en la incisión del bisturí quirúrgico; desde la sofisticada simbología de los gestos manuales en el teatro Kathakali o en la danza Odissi de la India, hasta el frenesí de los signos con dedos y manos en los agentes de la bolsa de Chicago, por ejemplo, tal como han sido estudiados por el coreógrafo e investigador en ciencias cognitivas Ivar Hagendoorn.

Para realizar toda esa serie de prodigios, la mano ante todo tiene que ser libre. La liberación de las manos respecto de funciones locomotoras, a las que en nuestro sistema bípedo se dedican únicamente las extremidades inferiores, permite concentrar las manos en otras tareas, enviarlas –por decirlo así– a explorar el mundo, a jugar con sus materiales o texturas y a transformarlo de mil maneras diferentes. Son las manos del alfarero, del cordelero, del ebanista, del escultor, en contacto íntimo y creativo con la materia. Son las manos de Auguste Rodin, de las que el poeta Rainer Maria Rilke, admirado de la enorme amplitud de su genial producción escultórica, escribía que eran unas manos que “habían vivido como cien manos, como un pueblo de manos levantado antes de la salida del sol con rumbo al amplio camino de esta obra” (Rilke 2009, 11-12).

 

La mano es sin duda el símbolo de la creación. Incurriendo en un bello antropomorfismo, los pintores románicos representaban la mano creadora de Dios (dextera Dei) dando origen al universo entero. Para nosotros, sin embargo, la liberación de las manos y su poder creador no están siempre asegurados. La paradoja reside en el hecho de que la mano humana, liberada para crear y trabajar, puede quedar aprisionada por su propia actividad, instrumentalizada por sus propios instrumentos, en el frenesí y el activismo de una productividad hipertrofiada. Esa es la mano alienada y automatizada que no puede dejar de manosear la naturaleza, de modificarla a su arbitrio y de convertirla finalmente en artículo de consumo. Podemos evocar aquí los inmortales fotogramas de Tiempos Modernos en los que el gracioso personaje de Charlot ha perdido el control de sus propias manos, cuyo movimiento espasmódico y automatizado parece poseído por el ritmo que impera en los engranajes inconscientes de la máquina.

 

La mano no es solo humana en la acción y en la transformación de la realidad circundante. También lo es en el momento en que libremente se sustrae a la interacción con las cosas, cuando se detiene, reposa, se recoge en meditativa espera, como en El Pensador de Rodin y aguarda el momento oportuno o la idea reveladora que dará sentido a su actividad. Mediante ese recogimiento reflexivo, las manos facilitan la concentración y la contemplación, pero también pueden ser ellas mismas el objeto privilegiado de una contemplación artística, filosófica o espiritual. Así, por ejemplo, en el reciente trabajo del performer y artista multimedia Nico Baixas, Handbook/*Chiromorphose (2010), se lleva a cabo una exploración exhaustiva de las capacidades escultóricas de las manos, en “un intento –según sus propias palabras– de archivar y catalogar todas las formas que podemos llegar a crear con las dos manos”. Del trabajo final del artista resulta un universo entero de formas posibles, en una sucesión ilimitada que tiende sin más al infinito.

 

Simbólicas, expresivas, instrumentales, exploradoras, comunicativas, sociales, afectivas, creativas… esas manos que parecen poder hacerlo todo, expresarlo todo, serlo todo, resultan a la vez un trasunto material del espíritu y un microcosmos de lo humano, en el que es posible contemplar las múltiples dimensiones de nuestra existencia vibrando en un solo gesto, emergiendo de un sencillo ademán. Las manos son una de aquellas maravillas de las que somos portadores sin apenas advertirlo. La creación artística, la exploración científica, la reflexión filosófica nos ayudan a redescubrir el prodigio de un órgano que es a la vez eficaz y versátil, expresivo y personal. Esa admiración es la fuente de la que nace siempre el más profundo afán de saber y el motor de futuras investigaciones.

 

* Ilustraciones de Pau Morales

 

Referencias

 

Baixas, N. (2010). Handbook/*Quiromorphose. Barcelona: The Private Space Books

Barbotin, M. (1970). L’Humanité de l’Home. Paris: Aubier.

Bell, Sir C., ([1833] 1979). The Hand: Its Mechanism and Vital Endowments as Evincing Design. Cleveland: Pilgrim Press.

Butterworth, G., and Hopkins (1988). “Hand-mouth coordination in the new-born baby”. British Journal of Developmental Psychology 6: 303-314.

Castiello et al. (2010). Wired to be social: The ontogeny of human interaction.

Day, M. H., & Napier, J. (1963). “The functional significance of the deep head of flexor pollicis brevis in primates”. Folia Primatologica, 1(2), 122-134.

Galeno (2010). Del uso de las partes. Madrid: Ed. Gredos.

Radman, Z. (2013). The Hand, an Organ of the Mind. Massachusetts: MIT.

Rilke, R. M. (2009) Auguste Rodin. 1907. Barcelona: Ed. Nortesur.

Tocheri, M. W., Orr, C. M., Jacofsky, M. C., & Marzke, M. W. (2008). “The evolutionary history of the hominin hand since the last common ancestor of Pan and Homo”. Journal of anatomy, 212(4), 544-562.

Valéry, P. ([1938] 1993). “Discurso a los cirujanos”, en: Estudios filosóficos. Madrid: Ed. Visor.

 


[1] «The human hand is so beautifully formed, it has so fine a sensitivity, the sensibility governs its motions so correctly, every effort of the will is answered so instantly, as if the hand itself were the seat of that will (…) We use the limbs without being conscious, or at least, without any conception of the thousand parts wich must conform to a single act.» (Bell [1833] 1979, 13-14).