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A fondo
Las habilidades necesarias ante la robotización

Las habilidades necesarias ante la robotización

El actual modelo económico puede estar entrando en tiempos difíciles. En un estudio del 2016 [1] se señala que “gracias al big data, los robots disponen de una gran base de datos con la que experimentar y aprender qué algoritmos funcionan mejor. Además, pueden compartir sus experiencias y, así, aprender de los errores y aciertos de otros”.

 

Existen numerosos estudios que confirman que en los próximos lustros muchos trabajos van a estar en riesgo de desaparecer. Los expertos entrevistados en el estudio de Pew Research, AI, Robotics, and the Future of Jobs (2014), anticipan que la robótica y la inteligencia artificial penetrarán en amplios segmentos de la vida diaria en 2025 de manera irreversible. Las consecuencias afectarán no solo a los trabajos más mecánicos, sino también a una serie de profesiones y sectores económicos como el de la salud, el transporte, la logística y muchos trabajos de servicio al cliente, como el análisis financiero. Este mismo estudio señala que el mundo del trabajo exigirá una formación nueva: el denominador común de estos empleos serán unas habilidades humanas que la inteligencia artificial y los algoritmos no puedan sustituir.

 

No pensemos en robots que son únicamente máquinas en una cadena de producción de coches cuya labor es realizar cuarenta y cinco puntos de soldadura cada diez segundos. Hablamos de algoritmos que “piensan” y se valen de la información del big data que un humano no puede manejar: el robot Watson de IBM, que diagnostica enfermedades manejando ágilmente muchas fuentes de información; el coche de Google, que desde la geolocalización y otras numerosas fuentes de información, procedentes de sensores muy sutiles, puede sustituir con eficacia a un conductor…

 

Tras los primeros análisis, en esta dirección, existen profesiones que cuentan con un alto riesgo de ser sustituidas y otras con bajo riesgo. Pero nadie está blindado en su trabajo. La futura automatización, según The future of Jobs and Jobs Training, también podría sustituir a los programadores de software, es decir, a los mismos creadores de algoritmos. El futuro presenta promesas e incertidumbre. El crecimiento de este nuevo capitalismo, que podríamos denominar digital, da lugar a más productividad y producción, pero a costa de la pérdida de muchos empleos y la progresiva caída de los salarios.

 

Si hoy ya nos encontramos con desempleo, subempleo o alta precariedad laboral, ¿qué podrá suceder cuando los robots vayan sustituyendo mano de obra a ritmos más acelerados? Los ingresos, las rentas del trabajo, ¿van a seguir disminuyendo? Y las rentas del capital ¿aumentando? Quizá tenga razón Piketty, en su obra El Capital en el Siglo XXI [2]. Según este economista francés, profesor de la École d’Économie de Paris, caminamos en el siglo XXI hacia una concentración de la riqueza que no se traduce en unos proporcionales incrementos en las rentas del trabajo. Este economista ya nos anuncia que es necesario poner en marcha un nuevo tipo de fiscalidad, de impuestos progresivos que palíen esta contradicción del último capitalismo desregulado que puede llegar a ser explosiva. Lo estamos constatando hoy: la tendencia de los últimos años camina hacia una desigualdad creciente, tras la crisis del 2008, entre los ingresos del empleo medio, por un lado, y las ganancias de los trabajos mejor remunerados y los beneficios de las grandes empresas, por otro, se ha abierto una amplia brecha de inequidad. Y la recuperación económica tras la crisis financiera del 2008 no habla precisamente de más equilibrio.

 

Tras la Segunda Guerra Mundial, durante casi treinta años, se dio un pacto social entre capital y trabajo bajo el amparo de la democracia: el estado del bienestar. ¿Somos capaces de repensar de nuevo el capitalismo para recuperar un modelo semejante al estado del bienestar que tras la Segunda Guerra Mundial llevó a Occidente a una época de prosperidad y redistribución equitativa, mejoras en salud, sostenibilidad social, etc.? O, contrariamente, ¿seguiremos anclados en la ceguera de una desregulación financiera, laboral, etc., que se inicia en los 80 y que tras la crisis del 2008 parece incapaz de atender los retos del futuro?

 

Para pensar el futuro robotizado debemos comenzar a repensar cuál es el papel de la educación infantil, primaria, secundaria y superior, y cómo deberán ser las habilidades profesionalizadoras de estos nuevos trabajos. Heckman, Premio Nobel de Economía en 2000 y profesor de la Universidad de Chicago, pensando en el capital humano del presente, demuestra que la clave está en la educación del plano cognitivo a la par que la educación del carácter (pdf). Considera estratégicas las habilidades no cognitivas y, en concreto, recomienda que esta educación se inicie en la primera infancia, dado que la rentabilidad de la inversión será más alta.

 

Por su parte, Frey y Osborne, en su estudio The future of employment (2017) [3], destacan qué entornos son menos susceptibles de computarización. Y en sus cálculos concluyen que en los entornos desordenados, la inteligencia emocional y la inteligencia creativa superan a una máquina, a un robot o a un algoritmo. No son las habilidades puramente técnicas las más relevantes para el futuro, sino las habilidades más relacionales: los médicos de familia, la capacidad de convencer al cliente, tareas de enseñanza muy personalizada…; no son pocas las opciones en este sentido. Frey y Osborne concluyen: “Nuestros hallazgos implican, pues, que a medida que la tecnología se imponga, los trabajadores que prosperen ante el cambio tendrán que adquirir habilidades creativas y sociales”.

 

Cada trabajador en cada entorno deberá saber salir de la zona de riesgo de computarización y acercarse a la zona de equilibrio inalcanzable para la máquina. Los expertos insisten que el quid de la cuestión radica en la inteligencia emocional y social, en la empatía y la capacidad de aunar los esfuerzos de un equipo o resolver conflictos en clave conciliadora, en la toma de decisiones que no excluyen contar con un pensamiento holístico y a la vez cargado de empatía social. El problema estriba en que, en la formación profesional y en los estudios de grado, las habilidades creativas y las habilidades sociales no son puntos centrales. Es más: en general, contamos con unos estudiantes de formación profesional de grado medio y grado superior y con unos universitarios inhábiles en el campo social, con baja empatía, con baja iniciativa y creatividad.

 

En este sentido, nuestros estudiantes, incluso los más brillantes, están muy centrados en alimentar la industria del ocio digital, mientras que Turkle, profesora de psicología del Massachusetts Institute of Technology, lleva años insistiendo en la soledad y la baja empatía social que genera el uso de las redes sociales, de los juegos online, de la vida en la pantalla, como ella señala [4]. En su último libro, En defensa de la conversación [5], afirma que “la conversación cara a cara es el acto más humano, y más humanizador, que podemos realizar. Cuando estamos plenamente presentes ante otro aprendemos a escuchar. Es así como desarrollamos la capacidad de sentir empatía. Este es el modo de experimentar el gozo de ser escuchados, de ser comprendidos. Además, la conversación impulsa la introspección, esa conversación con nosotros mismos que constituye la piedra angular de nuestro desarrollo temprano y que continúa durante toda nuestra vida”.

 

Crucemos pues estas dos perspectivas: por un lado, el mundo, en los próximos años necesitaremos profesionales con habilidades humanas capaces de afrontar y resolver los nuevos retos de la robotización de la sociedad y el trabajo y, por otro, nuestros jóvenes, aquellos que deben asumir y pensar el cambio, en los países desarrollados de Occidente, están, a tenor de lo que vemos en la calle, en las aulas, en las familias, dispersos en la órbita del entretenimiento digital. Algunos dirán que los móviles, las tabletas y los ordenadores, incluso las consolas de videojuegos, son conocimiento y comunicación; es cierto. Sin embargo, este conocimiento, esta comunicación y este entretenimiento están muy mezclados, diluidos, y en ocasiones se interrumpen mutuamente. Y nos describen a unos jóvenes impulsivos y a veces cerrados en el bucle de su imagen en las redes sociales.

 

Entre tanto, los expertos del World Economic Forum señalan (pdf) que “en general, las habilidades sociales —como la persuasión, la inteligencia emocional y la capacidad de enseñar a otros— estarán más demandadas en todas las industrias que las habilidades técnicas”. Describamos aspectos que destaca este informe: coordinación y ajuste en el trabajo con los otros; inteligencia emocional, ser conscientes de las reacciones de los otros y saber por qué reaccionan así; negociación, lograr que el trabajo de todos converja y ser capaz de reconciliar diferencias; capacidad de convencer, persuadir a los otros que deben cambiar percepciones y actitudes; orientación al servicio, buscar activamente la manera de ayudar a los otros; enseñanza, capacidad para enseñar a los otros a hacer algo.

 

Imaginemos que existe la solución. Puede que una solución sea una renta básica universal. En los últimos años, la automatización, la revolución digital, la globalización y la actual crisis económica han llevado a un mayor desempleo, a una mayor inseguridad laboral y a un deterioro de los estándares sociales en muchos países. Se ha ido viendo.

 

En un intento de hacer frente al aumento de la desigualdad, la precarización laboral y la pobreza, la propuesta de una renta básica universal (incondicional) ha atraído la atención en la política y en la opinión pública, tanto en Europa como en muchos otros países [6]. Sería como restaurar un estado del bienestar para todos ahora que esta conquista de la posguerra parece menguar. En Barcelona se está proponiendo una red de renta básica incondicional, universal y necesaria, entre otras razones, ante la desaparición progresiva de muchos puestos de trabajo, que se agravará con la progresiva robotización del empleo.

 

Daniel Raventós, director de esta iniciativa, profesor de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, considera que “la renta básica sería un ingreso pagado por el Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente en la sociedad, incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras fuentes de renta que pueda tener, y sin importar con quien conviva”. En cualquier caso, no sabemos si el capitalismo maduro y la democracia sabrán repensarse en esta dirección. Algunos defensores de esta alternativa afirman: “O redistribución o enfrentamiento social”.

 

No está claro que tengan razón ni que esta sea la solución. Lo que sí está claro es que las máquinas no deben tomar las decisiones, como muchas distopías apocalípticas, procedentes del mundo de la ficción, nos anuncian desde hace décadas. Y para evitarlo, eso sí parece que está claro, tenemos que alcanzar las mejores competencias: coraje, creatividad, determinación, prudencia, perseverancia y sentido de la justicia [7].

 

Un ejemplo es la competencia digital [8]. Para la Unión Europea: “La competencia digital es el conjunto de conocimientos, habilidades, actitudes —incluidas las capacidades, las estrategias, los valores y la conciencia— que se requieren cuando se utilizan las TIC y los medios digitales para realizar tareas, resolver problemas, comunicar, gestionar la información, colaborar, crear y compartir contenido; y construir conocimiento de manera efectiva, eficiente, apropiada, crítica, creativa, autónoma, flexible, ética, reflexiva para el trabajo, el ocio, la participación, el aprendizaje, la socialización, el consumo y el empoderamiento”.

 

Esta es la conclusión para pensar un futuro en el que la Cuarta Revolución Industrial (podríamos añadir también digital) no nos pille jugando, necesitamos que nuestros jóvenes sean capaces de incorporar los aspectos más éticos y críticos de la competencia digital con vistas a asumir los retos que la robotización y el nuevo mundo del trabajo nos tiene planteados. Necesitamos un pensamiento crítico y humano. No podemos permitirnos unos jóvenes sumergidos en la digitalización. Deben pensar el futuro de lo digital, no solo jugar con lo digital. Y deben contar para ello no solo con las mejores habilidades cognitivas, sino también con las más afinadas habilidades éticas y de carácter, que son la base de la competencia social y cívica que también propone la Unión Europea para el aprendizaje permanente [9]. Entonces haremos lo que no puede hacer una máquina: cuidarnos; a los niños, a los ancianos, a los menesterosos. Vivir la familia con sosiego, la amistad y la camaradería en el otium cum dignitate del que hablaba Cicerón (Pro Sestio, XLV, 98). Ahí la máquina no puede competir con el hombre. Quizá sea una utopía, pero también plantea una habilidad cada vez más necesaria: el cuidado del otro.

 

Metrópolis, de Fritz Lang (1927).

 

* Ignasi de Bofarull es profesor de la Facultad de Educación (UIC Barcelona).

 

__________

 

  • [1] Morrón-Salmeron, A. (2016). ¿Llegará la Cuarta Revolución Industrial a España? Departamento de Macroeconomía, Área de Planificación Estratégica y Estudios, CaixaBank. Barcelona.
  • [2] Piketty, T. (2014). El Capital en el Siglo XXI. Mexico: Fondo de Cultura Económica.
  • [3] Frey, C. B. y Osborne, M. A. (2017). The future of employment: how susceptible are jobs to computerisation? Technological Forecasting and Social Change, 114, 254-280.
  • [4] Turkle, S. (1997). La vida en la pantalla. La construcción de la identidad en la era de Internet. Barcelona: Paidós. Turkle, S. (2011). Turkle, S. (2012). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other. New York: Basic books.
  • [5] Turkle, S. (2017). En defensa de la conversación. Barcelona: Ático de los libros.
  • [6] Mencinger, J. (2015). The revenue side of a universal basic income in the EU and Euro area, Danube: Law and Economics Review 6 (3):159-174
  • [7] Duckworth, A. (2016). Grit: The power of passion and perseverance. New York: Simon and Schuster.
  • [8] Ferrari, A. (2012). Digital Competence in practice: An analysis of frameworks. Seville: JRC IPTS.
  • [9] Parlamento Europeo y Consejo de la Unión Europea (2006). Recomendación del Parlamento Europeo y del Consejo de 18 de diciembre de 2006 sobre las competencias clave para el aprendizaje permanente. Diario Oficial de la Unión Europea. L 394/10-18. 30.12.2006.