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Moscú, Rusia
Sergio Andrés Pérez - Humanidades, 2003
“La realidad ha superado la ficción. He visto cosas que jamás hubiese imaginado”

“La realidad ha superado la ficción. He visto cosas que jamás hubiese imaginado”

Sergio Andrés Pérez, antes de empezar a dar vueltas por el mundo, estudió Humanidades en UIC Barcelona. Tras graduarse, en 2003, estudiando a la vez filosofía y ruso y pasando los veranos en Ucrania en proyectos de cooperación, hizo de todo: “Nada más licenciarme me marché a hacer frenos en una cadena de montaje. También estuve en el aeropuerto de El Prat descargando un avión a las seis de la mañana, pero la educación me atraía, y cuando me surgió la posibilidad de dar clases en San Petersburgo me fui allí con lo puesto”. También ha escrito un libro, Vladímir Putin. El seductor de la nueva Rusia, “una obra con mucho humor e información verídica”.

 

Mi madre dice que un día en clase, cuando me preguntaron qué quería ser de mayor, respondí que fantasma. Pero, a pesar de que cada año aparecen grados y másteres de lo más extraño, el de fantasma aún no existe. Decidí, pues, tirar por las letras: me apasionaba leer y era un desastre con los números. No me veía cuatro años estudiando historia, literatura o lengua. Me atraían diversas disciplinas, así que me decidí por Humanidades: aprendes poco de muchas cosas.

 

Quise estudiar en UIC Barcelona porque era un proyecto nuevo y me atraía: no hay tantos alumnos como en la pública y eso permite un trato más personal con los profesores. Tuve especial trato con Carlos Pujol. Estudiar literatura con él me cambió la manera de ver las cosas. Fue un amigo, además del mejor profesor que he tenido jamás: disfrutábamos hablando de literatura como niños con un balón y veíamos el mundo universitario con el mismo desencanto.

 

Actualmente, mi vida profesional depende bastante de factores ajenos a mí. Enseñar me gusta, tanto a pequeños como a adolescentes o universitarios. Nos lo pasamos bien, ellos aprenden y yo también. Incluso también me gustaría ser maestro en circos ambulantes, dentro de un programa que impulsa la propia Administración. Valoro la posibilidad de irme a Tailandia como docente con el Ministerio de Exteriores o a Rusia con la Generalitat. Pero nada más licenciarme, me marché a hacer frenos a una cadena de montaje.

 

No tengo muy claro dónde he llegado o dónde estoy, pero sí sé que si hace nueve años me hubiesen dicho todo lo que me iba a pasar en el extranjero, no me lo hubiese creído. La realidad, en mi caso, ha superado la ficción. He visto cosas que jamás hubiese imaginado. De lo mejorcito fue en mi segundo día en San Petersburgo, cuando tomaba una cerveza con un amigo en un parque y vi a un grupo de personas que discutían. De repente, uno sacó una pistola y apuntó a la cabeza de uno de los otros. Recuerdo que todo el parque se giró, miró y se volvió a girar pasando de todo. Guardó la pistola, rieron y siguieron brindando juntos.

 

Soy un trotamundos. No solo he estado en San Petersburgo. Tal vez me deje algún país, pero he estado en Georgia, Armenia, Holanda, Alemania, Italia, Suecia —allí entré en coma unas horas tras caerme en casa de un amigo—, Francia, República Checa, Macedonia, Letonia, Lituania, Cuba, Polonia y Ucrania. Visité la capital de este último país en marzo del 2014. La plaza central estaba reventada, no quedaba ni una baldosa. Todo era tierra oscura, apestaba a neumático quemado. La gente, abrigada, charlaba, cantaba y pasaba el rato jugando a ping-pong. Me sentí muy bien allí. Me pareció que aquello era la vida, sin el atrezzo que normalmente cubre los lugares. Aquel caos me pareció mucho más real que el orden aparente de otros lugares. De todos los sitios en los que he estado es el que más me ha gustado ¡La gente estaba extraordinariamente contenta! Supongo que ya han arreglado la plaza y la ilusión se ha ido apagando.

 

He viajado mucho. Creo que salir de tu país es necesario por estabilidad mental. En todo caso, salir para trabajar, pero, en el fondo, da lo mismo, todo se reduce a si estás a gusto o no en tu empleo. A todos aquellos que estáis a punto de graduaros, os diría que lo más práctico es aprovechar la ilusión postuniversitaria para embarcarse en proyectos cuanto más locos mejor: suelen ser de los que más se aprende. Pero también os diría que no os toméis muy en serio mi consejo.