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Básicos / Lecturas
El orden del día, Éric Vuillard

El orden del día, Éric Vuillard

He leído El Orden del día, de Éric Vuillard, el último premio Goncourt, el máximo galardón de las letras francesas. Y me ha gustado muchísimo, sobre todo por su originalidad. No es exactamente una novela, tal como entendemos este género, más que nada porque no es ficción; pero tampoco es un libro de historia, ya que el tratamiento de la materia narrativa es una joya literaria. Pero da igual. Se lee de un tirón (tiene menos de 140 páginas) y narra hechos y conversaciones reales (el autor se ha documentado profusamente), pero no se queda en las explicaciones de grandes hechos relevantes como haría un libro de historia. A Vuillard, le interesa principalmente el marco en que se producen los hechos, el fondo del cuadro, los detalles humanos.

 

La obra tiene un inicio prodigiosamente descrito que te atrapa: la reunión de veinticuatro grandes industriales alemanes –presidentes de empresas que hoy en día nos visten, dan de comer, aseguran o nos llevan de aquí a allá– que dieron cantidades ingentes de dinero a Hitler para apoyar su ascenso al poder. Y la obra termina, otra vez, fijando la mirada en algunos de estos personajes. Entre ambos puntos, una sucesión de trazos de la vida, de apuntes o pinceladas aparentemente anodinos, tejidos y unidos por un hilo conductor invisible, que es el latido mismo de la vida de todos los días, de entonces y de ahora.

 

El fondo de todo ello viene a ser este: detrás del tapiz de la historia, de los momentos más cruciales de la humanidad (y en este caso, estamos hablando del ascenso de Hitler al poder, lo que dará paso a una de las barbaries más estremecedoras del siglo XX), se esconden unos nudos torpes, una especie de tejido de menudencias, una cadena de hechos aparentemente insustanciales que dan forma y relieve a las más ignominiosas decisiones humanas.

 

Es como si, contemplando un retrato de un encuentro entre líderes mundiales, nos fijáramos en la forma de las sillas, en una mancha de humedad de una pared, o en un botón que falta en el abrigo de un miembro del cortejo. Minucias, sí, pero el libro nos viene a decir que la vida es así, que la historia está sembrada de un día a día insignificante que la rodea y que la hace posible. Que la vida está llena de detalles que la adornan. Que el hombre es hombre, antes que nada, y que siempre lo será. Que detrás de la bestia hitleriana, transcurría una vida como la nuestra, rodeada de pequeños detalles, de miradas y gestos, de un lado invisible a simple vista.

 

Hay que aprender pues la lección. Esta novela, o lo que sea, tiene una lectura moral muy interesante. Queramos o no, la historia se repite, porque el hombre repite como personaje principal de la comedia de la vida. Y no podemos dejar pasar la oportunidad de aprender algo de todo ello.