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Básicos / Lecturas
El taller del orfebre. Karol Wojtyła

El taller del orfebre. Karol Wojtyła

Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid. 100 págs.

 

Títulos como Mi visión del hombre, Amor y responsabilidad, Razón y Fe o Don y misterio encienden en casi todos la luz de “Sí, san Juan Pablo II”. El taller del orfebre, sin embargo, no goza de ningún modo del mismo reconocimiento, a pesar de haber salido de la misma pluma.

 

Seguramente, ello se debe en gran medida a que se trata de una obra de teatro de pequeño formato escrita por Karol Wojtyła antes de que éste se convirtiera en el santo al que todos conocemos. Y es una pena que esta reflexión sobre el amor con forma dramática no tenga más reconocimiento: tiene las cualidades necesarias para estar arriba, entre los grandes éxitos. Prefigura muchos de los temas centrales del pensamiento de Juan Pablo II, como el hombre en su totalidad o el yo que no puede existir sin un tú en el que reflejarse.

 

El taller del orfebre está plagado de símbolos –la alianza, la montaña, el puente– y de personajes casi arquetípicos: el amor se escribe y se describe a través de las relaciones de tres parejas que dan cuenta de la realidad de la vida matrimonial con sus más y sus menos. Concebido como una respuesta a las dudas de sus feligreses, el joven Wojtyła crea una obra de trazo muy delicado, tierno en ocasiones, y siempre muy profundo, y que deja en el lector esa sensación de saciedad, de provecho intelectual y del alma que no muchos textos alcanzan.

 

La obra lleva este subtítulo, que equivale a un mensaje: “Meditación sobre el sacramento del matrimonio, expresada a veces en forma de drama”. Nos llega este mensaje a través de una acción situada en un espacio y un tiempo en los que la realidad cotidiana se conjuga admirablemente con el símbolo, del que son portadores los personajes, entre los cuales destaca el viejo y sabio orfebre, figura central que invade totalmente la vida de los protagonistas. El cristal del escaparate de su tienda es un extraño espejo en el que se refleja el futuro de la pareja humana hasta la frontera misma del misterio, y su balanza no pesa el metal, sino toda la existencia del hombre y de su destino. De ahí la siguiente frase:

 

El peso de estas alianzas de oro –dijo– no es el peso del metal, sino el peso específico del hombre, de cada uno de vosotros por separado y de los dos juntos. ¡Ah, el peso específico del hombre, el peso particular de cada hombre! ¿Hay algo más abrumador y al mismo tiempo más inaprehensible?