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Básicos / Lecturas
El vendedor de dulces. R. K. Narayan

El vendedor de dulces. R. K. Narayan

Editorial Bambú. Barcelona. 240 páginas.

 

Rasipuram Krishnaswami Iyer Narayanaswami tiene una trayectoria más que consolidada en el mundo de la ficción, con varios premios internacionales sobre sus hombros. Más conocido en el mundo anglosajón que en el hispano, este autor tiene mucho de García Márquez: crea un mundo literario muy concreto (aunque variopinto) ubicado en la inventada ciudad de Malgudi, en la India.

 

A pesar de su aire claramente local, El vendedor de dulces discute temas con los que cualquier lector se puede relacionar con facilidad: se trata de los universos enfrentados de un padre y de un hijo, universos ambos teñidos de “incoherencia, incomunicación y falta de autenticidad”, en palabras del Dr. Enric Vidal, decano de la Facultad de Educación. En algunos momentos, uno podría llegar a creer que está leyendo una farsa, una función de marionetas en la que la inconsistencia de los personajes consigo mismos provoca la risa.

 

No se puede dejar de lado que este libro contiene una gran dosis de ironía: es una especie de espejo en el que se reflejan el Oriente y el Occidente con sus rasgos más negativos. El comerciante hindú seguidor de Gandhi, observante acérrimo de reglas vacías y que hace una moral del hecho de comer, es el padre de un joven que se occidentaliza hasta el punto de querer impulsar un negocio de máquinas automáticas de escribir historias. Gandhi sin fondo y Occidente tecnificando hasta la creatividad: espejo que no perdona a ninguna de las partes.

 

El Dr. Vidal observa con mucho acierto que “El vendedor de dulces es una novela de relaciones humanas que presenta, a través de la relación turbulenta entre un padre y un hijo, el choque cultural entre Oriente y Occidente. El autor no toma partido por ninguna de las dos culturas, sino que presenta equilibradamente las insuficiencias; el mensaje del libro parece convencernos de que nuestras vidas sólo tienen sentido si apostamos por la comprensión, la comunicación interpersonal y la investigación de la propia identidad”.

 

Para acabar, habría que decir que quizás uno de los rasgos más destacables de El vendedor de dulces sea su sensualidad. Es ésta una novela que se dirige a todos los sentidos: al del gusto, en primer lugar gusto, por la tienda de dulces, que es escenario principal de la acción; a la vista, por las descripciones de una pequeña ciudad india, un lugar común para el lector occidental en cuanto a ciudades indias, un sitio creado por el mismo autor; también al oído, en algunos fragmentos, como el de la pedida de mano del protagonista a su futura mujer; y el tacto, que no podría estar más solicitado que en la elaboración de dulces. Pero es el olfato el que tiene un lugar privilegiado para el lector –por lo menos para el lector de esta novela–, pues uno no podría imaginarse una tienda de dulces sin recurrir a tantos olores almacenados dentro, olores que recuerdan la infancia, el sol y el calor en verano.