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Entrevistas

/ Alfonso Méndiz

Alfonso Méndiz: Nuestra profesión puede cambiar el mundo, llenarlo de esperanza

"Nuestra profesión puede cambiar el mundo, llenarlo de esperanza"

A Alfonso Méndiz le gusta hablar. No en vano es el decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de nuestra universidad, desde hace dos años y medio. Y charlamos –una conversación de discípulo a maestro– de este periodo al frente de la Facultad: de la gestión diaria para mejorar la docencia e impulsar la internacionalización, de generar investigación y establecer redes con otras facultades; del comunicador de hoy, abierto al mundo, y de la ética que debería imperar, si buscamos hacer un mundo mejor: al menos, a eso queremos tender los que hemos decidido emprender el aprendizaje de esta profesión. Y también hablamos de historias, pues así comenzó a ‘hacerse’ este decano: pasando del cine a la publicidad –es catedrático en esta disciplina–, empezando, aunque pueda parecer extraño, por la Filología.

 

¿Cómo es eso que empezó por la Filología?

 

Sí. Así es, en cierto modo… Desde siempre me ha gustado mucho leer y escribir. A los 17 años había escrito varios cuentos y una obra de teatro: me encantaba contar historias y me parecía que la Filología era el camino para aprender a contarlas. Pero con el tiempo descubrí que donde de verdad se aprendía a contarlas era en la comunicación. Lo tuve claro y decidí enfocar mi futuro hacia ahí.

 

De Navarra, a Málaga, acabando de nuevo en su ciudad natal, con escala en Los Ángeles…

 

Con escala, concretamente, en la Universidad de California, UCLA. Quería hacer un postgrado relacionado con el cine y me pareció que lo mejor era cursarlo cerca de Hollywood, ¿no? Ahí hice un diploma en guion y producción cinematográfica, pero lo mejor de todo fue que pude hacer prácticas en la productora de Jerry Ziesmer, ayudante de producción de Francis Ford Coppola. Aprendí cómo se hace una película, de principio a fin.

 

Hablando de cine, ¿le gusta el de hoy?

 

Me gusta el cine que cuenta historias, tanto el actual como el clásico. El cine clásico tiene la ventaja de haber decantado las películas y haberse quedado solo con las que nos dicen algo, independientemente de que entonces la escenografía y los efectos especiales estuvieran aún en pañales; lo importante son las historias que cuentan esos filmes y la evolución de los personajes en cada una de ellas. Pero esto también se encuentra en el cine actual, tanto en películas innovadoras como Dunkerque o El gran showman, como en las que siguen teniendo un sabor clásico: como el musical La la land o la cinta muda que triunfó también en los Oscar, The Artist.

 

Habiendo tocado todos los campos de la comunicación –cine, periodismo y publicidad–, ¿qué cree que los une?

 

Pienso que confluyen en el deseo de comunicar algo relevante a través de una historia. Un comunicador es un contador de historias interesantes y humanas: la gran historia periodística de lo que hoy ha sucedido en Siria o la pequeña de cómo vive una castañera de Olot, a la que todos cuentan sus problemas; la historia de una serie ficticia y alejada en el tiempo, que nos habla sin embargo de temas muy cercanos (la familia, la amistad, el dolor, la solidaridad); o la de una marca que nos involucra y nos promete un cambio relevante en nuestras vidas. Todas ellas son comunicación.

 

Historias que, a veces, no son verdaderas: a los fake news me remito, tan en boga, últimamente… ¿Está en crisis la comunicación?

 

Yo diría que está en crisis la comunicación que no respeta al público. Ya no interesan las noticias que destilan acidez y visión negativa. La gente no acude a los medios para llenarse de amargura. La gente espera de los medios información objetiva y enriquecimiento personal: leo para saber, para despertar nuevas ideas, para buscar optimismo; para ser mejor persona, en definitiva. ¿Por qué se habla tanto de fake news? Porque muchos se han desentendido de la verdad y destilan escepticismo, ironía, desencanto. El periodismo debe recuperar la ilusión y la misión de servicio.

 

“Esta no es una profesión para cínicos”: lo citó recientemente en un discurso…

 

En efecto, quise recordarlo a los estudiantes que terminaban el año pasado: es el título de la obra más conocida de Kapuscinski. Lo decía después de una larga experiencia en lugares variados y a veces inhóspitos (fue también corresponsal de guerra). Sin duda, Kapuscinski ha sido uno de los grandes periodistas del siglo XX y al final de sus días no apostaba por la crítica ni por la ironía. Apostaba por la ilusión y por considerar al informador como un servidor de sus conciudadanos. Esta es una gran profesión que puede cambiar el mundo, llenarlo de esperanza, hacerlo mejor… ¿Fake news? El problema, quizás, es que hay un exceso de vanidad, de confianza en el propio juicio (que lleva a no contrastar las fuentes) y una falta de rigor y de valores éticos.

 

¿Por qué esa preocupación suya por las cuestiones ético-jurídicas de la comunicación?

 

Porque nuestra profesión afronta, en todos sus ámbitos, muchos dilemas éticos cada día. Está claro que todas las profesiones influyen de un modo u otro, pero esta nos afecta a los 7.500 millones de personas que vivimos en el planeta. Todos nos comunicamos con muchas personas cada día: enviamos mensajes por las redes sociales, recibimos y aportamos ideas en Internet, leemos noticias en la prensa y vemos películas y series de televisión, etc. Los profesionales que están detrás de cada uno de esos medios pueden aportar optimismo o desencanto, esperanza o desilusión, solidaridad o egoísmo. Por ello, me ha parecido siempre que hay que enfocar el aprendizaje y la formación de los futuros comunicadores desde la responsabilidad ética, mucho antes que desde el conocimiento técnico. Lo que debe tener muy claro un comunicador es que su actitud y visión acerca de las personas influye poderosamente en el público y que el mundo será mejor o peor según cómo sea él, como persona y como comunicador.

 

Es un reto para los estudiantes de estos grados, ¿no le parece?

 

¡Sí, claro! Para ello, necesitan formarse bien, forjar un criterio propio basado en convicciones y en un aprendizaje reflexivo, y no en las modas o en lo políticamente correcto; buscar siempre la verdad; respetar a las personas por encima de la propia libertad de expresión; y concebir la tarea de la comunicación como un servicio a sus iguales, muy por encima del éxito profesional.

 

¿Va hacia ahí la comunicación en general?

 

Sería lo deseable. La realidad es que la comunicación está cada vez más tecnologizada y fiscalizada. Los buscadores y las redes sociales lo saben todo sobre nosotros y nos ofrecen comunicaciones a medida, ofertas comerciales ajustadas a nuestro perfil. Precisamente por eso, la comunicación necesita ser cada vez más humana. Porque, o sirve para que seamos mejores personas, más solidarias y abiertas a los demás, o no será comunicación sino incomunicación.

 

En realidad, estamos hablando de retos que valdrían más allá de nuestra facultad. Después de tantos años en la docencia, ¿cómo ve al estudiante de universidad?

 

¡Por supuesto que son retos para todos! En este sentido, yo diría que el universitario –cualquiera–, además de formarse un criterio propio, debe tener un afán grande por saber: primero, acrecentando la ilusión de conocer a fondo la propia especialidad, y luego, abriendo su mente para dialogar con profesores y estudiantes de otras áreas. Y todo esto, en un clima de convivencia y de servicio a la sociedad. Es compatible ese deseo de servir con el de destacar, de dejar huella en los demás. Porque la ciencia que uno adquiere solo alcanza su plenitud cuando sirve para crear y consolidar un mundo mejor. En definitiva, lo veo como alguien que se esfuerza por saber, por convivir y por servir.

 

¿Cuál cree que es el reto de un decano y, concretamente, de un decano de Comunicación?

 

Yo diría que, en mi caso, es un reto triple: primero, colocar a cada persona –desde el profesorado, hasta el alumno, pasando por el personal de administración y servicios– en el lugar donde pueda ser más útil y más feliz (y para eso es importante saber escuchar); segundo, anticipar los cambios académicos y profesionales para mantener actualizada la formación que los estudiantes requieren; y tercero, impulsar una mejora constante en la docencia y la investigación. Esto exige comprender que lo urgente es la docencia, que mira siempre al presente y es fuente de nuevos estudiantes; pero el futuro está en la investigación: ella es la que permite el avance del conocimiento, y también la que posiciona las universidades en los rankings. Pero ambas son importantes y deben compenetrarse. Un decano debe impulsar ambas dimensiones, sin dejar que ninguna de las dos se quede atrás.

 

Más de veinte años en la Universidad de Málaga, a punto de conseguir la cátedra y con un grupo de investigación consolidado y un buen equipo de doctorandos: ¿por qué aceptó el puesto de decano de Comunicación en UIC Barcelona?

 

Si te digo la verdad, me sedujo la idea de impulsar un proyecto de facultad apasionante que estaba en un momento clave: a punto de romper el cascarón. Pensé que podía aportar mi experiencia y todos mis contactos con los decanos y los catedráticos de Comunicación (algunos de los cuales ya han venido por aquí). Quería también internacionalizar la Facultad, estableciendo acuerdos con universidades extranjeras de prestigio y fomentando la movilidad de los estudiantes. Y, finalmente, impulsar la investigación, creando un doctorado sólido, con líneas de trabajo bien definidas, y posibilitando que el profesorado se acreditase y consiguiera sexenios. Y en ello estamos.