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Entrevistas

/ Jesús M. Silva

Jesús M. Silva: Las cifras oficiales de desempleo que manejamos no son reales

"Las cifras oficiales de desempleo que manejamos no son reales"

Jesús-María Silva es uno de los penalistas más reputados del momento. La defensa de la infanta Cristina ha hecho que su imagen sea no sólo prestigiosa sino también popular. Reconoce que prefiere la academia a los flashes y confiesa admiración por el sistema jurídico alemán. Su gran pasión es la investigación… y el latín: su padre era catedrático en esta materia. Es autor de una veintena de libros y de más de ciento cincuenta artículos publicados en revistas jurídicas especializadas.

 

Aprovechando el panorama social actual, era un buen momento para entrevistarle: recorte de gasto público, paro, escasa recaudación fiscal que amenaza con cambios cada vez más duros… Si esto sigue así parece ser que acabarán con la clase media.

 

¿Qué escenarios cabe imaginar o diseñar si no queremos acabar con la clase media?

 

Como penalista este tema me queda lejos. Lo que me corresponde analizar son las respuestas que hay que dar cuando alguien infringe las normas y, además, por una cuantía relevante.

 

Entonces, ¿le preocupa más la situación del empleo en España y de nuestra economía real?

 

Efectivamente, en este punto hay mucho acuerdo entre penalistas y tributaristas: el gran problema de España es la economía sumergida, el hecho de que hay muy poca gente que tributa en relación con el total de la actividad económica.

 

El problema es que en momentos de crisis esto se acentúa, ¿no?

 

Sí. En un país con los niveles teóricos de paro que tiene España la bomba social habría estallado ya. Esto nos confirma que las cifras de desempleo que manejamos a nivel oficial no son reales. Hay muchos que cobran en negro.

 

¿Cómo sería nuestra economía si aflorara en su totalidad la economía sumergida?

 

Pues se podría bajar el impuesto sobre la renta y el de sociedades. Seguramente el IVA también. El tema de los impuestos directos e indirectos así como la progresividad de los mismos comparado con esto es una cuestión menor. Nuestra situación no tiene parangón en Europa.

 

Usted como profesor e investigador aborda cuestiones teóricas, el deber ser. Sin embargo, la realidad es tozuda y, en algunos casos, muy distinta…

 

Efectivamente entre teoría y práctica hay distancia, especialmente en España. En EUA o Alemania no es así.

 

¿Por qué?

 

Allí las universidades tienen un papel más relevante en el desarrollo legislativo y en la actividad de los tribunales.

 

¿Y en España no?

 

No. Aquí lo importante es la personalidad del juez. Este es un tema que estudiaron mucho los ilustrados. Por eso es tan importante la expresión persuasiva del abogado y que exista una buena formación en las facultades de Derecho enfocada a este fin. Estoy convencido de que tan importantes son los argumentos de fondo como la capacidad de empatizar con el juez.

 

Entiendo.

 

En los Estados Unidos trabajan mucho la psicología judicial, los sesgos cognitivos del juez. Aquí esto parecería raro, pero cuando llegas a la práctica judicial te das cuenta de que es más que necesario. Un clásico por lo que respecta a literatura judicial como el marqués de Beccaria decía que las sentencias tienen que ver con la buena o la mala digestión del juez. Por eso defendía que las normas debían codificarse al máximo, de manera que el juez prácticamente sólo tuviera que aplicarlas.

 

¿Y en España no se trabaja nada la psicología judicial?

 

No conozco ninguna facultad española que lo haga. Tenemos grandes psiquiatras forenses pero no expertos en psicología judicial. A los jueces no les gusta que se presente su papel como influenciable, pero es la verdad.

 

Pero si uno hace bien su trabajo, logrará convencer al juez.

 

El argumento no garantiza el éxito, más bien son estas otras cuestiones: las emociones, filias, fobias y las experiencias del juez son lo que van a determinar la “suerte” del veredicto.

 

Lleva más de treinta años dando clase y más de veinte como catedrático. ¿Cómo ve las facultades de Derecho de hoy en día? ¿Qué evolución generacional ha observado en sus alumnos a lo largo de estos años?

 

Hay un cambio clarísimo en los intereses. Antes tenía una importancia primordial la cultura jurídica, la dimensión humanística, crítica y filosófica de la profesión. Ahora se ha perdido de vista este horizonte y los alumnos, quizá obcecados por las salidas profesionales, ya sólo atienden a ámbitos más concretos y técnicos.

 

¿Y es así en todo el mundo?

 

Bueno, en Latinoamérica el alumnado es muy diferente. Allí se ganan muy bien la vida y el abogado tiene un gran prestigio social. Pertenecen a una cierta élite y quizá se pueden permitir el lujo de mantener este contexto humanístico.

 

Las leyes también han perdido vigor, belleza y claridad en su redacción. No sé si Miguel Delibes, que afirmaba que aprendió a escribir leyendo el Código de Derecho Mercantil, podría decir lo mismo ahora.

 

Las sociedades se han hecho muy complejas. Antes la sociedad solo tenía el código civil, el penal, el de comercio, las leyes de procedimiento –que eran cuatro o cinco muy bien redactadas– y ahora hemos pasado a un sistema de motorización legislativa muy grande. Hay países que van legislando continuamente por leyes especiales y hay momentos en los que no se sabe ni lo que está vigente. España en este sentido no es de los peores.

 

En algo no estamos en la cola.

 

Italia es peor en este sentido, es el caso paradigmático.

 

Por lo tanto, no es lo mismo estudiar Derecho hace tres décadas que ahora.

 

Por supuesto. Esto va a condicionar la formación académica del jurista porque si tiene mucho texto que leer es difícil abstraer. En vez de manejar conceptos, el abogado se convierte en un arquitecto de leyes difíciles de conciliar. Queda lejos el jurista clásico que creaba, daba opiniones y se preocupaba por cuestiones más de fondo, fundamentales, de contexto.

 

Abogacía y medios de comunicación

 

Ser abogado se ha convertido en una profesión de moda, como hace unos años lo fueron los ejecutivos o los brokers. Los medios de comunicación pueden ser grandes aliados o, por el contrario, enemigos de la buena práctica judicial; ¿de qué depende esto?

 

Los medios de comunicación tienen un poder evidente a nivel social; no podemos vivir al margen de ellos y no sólo eso: influyen en las sentencias porque el juez no es un superhombre.

 

¿Qué es lo que habría que pedir en este punto?

 

Pues una autorregulación –otra cosa sería muy difícil– en lo que respecta a la información que se proporciona de los tribunales y de los juicios. De este modo condicionamos al juez lo menos posible. Y es que una cosa es la información y otra el juicio paralelo, algo que sucede en casos cuyos protagonistas son más populares o relevantes socialmente, pero también en casos que parecían sin interés, pero que, de repente, adquieren una relevancia enorme porque los medios deciden dársela.

 

Entonces, no estaría mal –además de añadir conocimientos de psicología judicial– impartir alguna asignatura sobre cómo el abogado y el juez deben hablar ante los medios de comunicación.

 

Sin duda, nuestros currículos deberían añadir ambas asignaturas. Pero no sólo eso, yo pienso que también el periodista especializado en tribunales debe saber más sobre tribunales. Mi experiencia es que se conoce poco y se lanzan opiniones e informaciones inexactas.

 

¿Qué se debe decir y qué se debe ocultar?

 

La ley de enjuiciamiento criminal española –que es muy antigua– no trata este tema. Sí que parte de un principio: el secreto. El juicio por esencia es público: puede ir el que quiera; pero eso no significa que se pueda filmar o grabar, eso no.

 

Pero sigue habiendo filtraciones. Incluso antes del juicio.

 

Hasta que llega el juicio hay secreto y este alcanza a las partes –acusación y defensa–, que no deberían vulnerar ese deber y filtrar a los medios de comunicación información reservada al juicio. Pero la realidad es que filtran las partes, pero también los funcionarios.

 

¿Y no hay remedio para evitarlo?

 

Existen sanciones, pero en este tema es simbólica. A mí me llega antes la notificación de una resolución judicial por los medios de comunicación que por el procurador. Hay un punto de perversión en el sistema y por ello deberíamos empeñarnos en que esta relación se ciñera a las notas de prensa que difunden los departamentos de prensa de los órganos judiciales.

 

No olvidemos que en el secreto hay tres niveles: hablar de lo que es secreto, comunicar textualmente aquello que es secreto para las partes y, lo tercero, entregar el escrito a los medios. Esto debe cambiar, quizá con una nueva ley de enjuiciamiento criminal, cosa que no parece muy probable en esta legislatura.

 

En el caso de la infanta Cristina hay mucho de este tema… Este caso ¿ha sido el gran reto de su vida?

 

Es el más complejo que he tenido. Tiene una dimensión mediática, pero, sobre todo, institucional y también política. En bastantes momentos me he sentido desbordado. Los costes personales han sido importantes, dejando aparte injurias y desencuentros.

 

Quien diría que acabaría llevando estos casos cuando empezó la carrera…

 

Bueno, la verdad es que a mí me hubiera gustado ser filólogo. Mi padre era catedrático de latín y me apasiona esta lengua; aunque también las modernas. Me hubiera encantado poder dedicarme a la lingüística.

 

Pero acabó estudiando Derecho. ¿Tenía claro a qué se quería dedicar?

 

Entré en la Facultad de Derecho pensando en ser notario, pero en segundo de carrera me encontré con un catedrático de Derecho Penal –Santiago Mir, mi maestro–, y me abrió un mundo que no podía imaginar: el Derecho Penal académico. Mi verdadera vocación es ésa: la investigación jurídica. La docencia me gusta, sobre todo si es de postgrado, que es la que tengo ahora y en la que el alumno es muy vocacional. Lo cierto es que a la práctica jurídica he llegado por distintos azares de la vida.

 

Por otra parte, yo me he formado en Alemania, y allí hay catedráticos que me han influido muchísimo, así como también lo han hecho la cultura y los valores germanos: el orden, la disciplina, la capacidad de hacer cosas juntos, la mentalidad cooperativa que tanta falta hace en España. Siempre me hubiera gustado tirar de aquí hacia allá.

 

Esta mentalidad cooperativa de la que habla tampoco parece existir entre contribuyente y ciudadano. La realidad es que resulta más barato sancionar que asesorar. ¿Qué podemos hacer?

 

Así es, la Administración Pública y el ciudadano no deberían verse como enemigos, aunque pueda haber una cierta contraposición de intereses en un determinado momento. Es bueno articular los mecanismos que faciliten esa cooperación, de manera que deje de pensarse que el ciudadano es per se un defraudador o un infractor y que si le das la mano te cogerá el brazo.

 

Suena demasiado bonito esto.

 

Se trata de establecer mecanismos de vinculación y asesoramiento de manera que reine más la confianza que la desconfianza. Es cierto que algo está cambiando, especialmente en lo que se refiere a la responsabilidad de las empresas que, como personas jurídicas, tienen responsabilidad y deben orquestar sus mecanismos de autorregulación. La empresa así no sólo evita sanciones sino que gana activos y compromete a sus empleados. Fuera, al hablar de nosotros, se dice que somos una sociedad anómica, que no hemos sido educados en el respecto a las normas y que, por lo tanto, éstas no nos dicen nada. En este aspecto tiene un papel muy importante nuestra responsabilidad de prestigiarnos ante el ciudadano y no sólo confiar en que la legislación mejore.

 

JESUS M SILVA - ENTREVISTA 3w

 

En su día a día como abogado, ¿qué puede suceder cuando se da cuenta de que, conforme avanza un juicio, su cliente es culpable?

 

La visión de que un abogado sabe o no si su cliente es o no culpable no es real.

 

¿Perdone?

 

La mayoría de las veces no lo sabes y tampoco quieres saberlo. Es sano no saberlo porque te permite articular la defensa de una forma mucho más fría, mucho más profesional. A mí me gusta mucho el recurso de casación, que es el último, ante el Tribunal Supremo: en él no tengo ni que ver al cliente y si le veo es un día en el que yo me encuentro con una sentencia y argumento jurídicamente contra esa sentencia de la audiencia provincial ante el Tribunal Supremo.

 

Pero en los casos en que sabe que su cliente es culpable, ¿qué debe hacer?

 

Pues conseguir –o al menos intentar– que la pena que se le imponga sea la mínima con respecto a las reglas jurídicas que se tienen. Y, si fuera posible, que no se le condene, pero por razones procesales, es decir, si se han realizado vulneraciones procesales, tienes derecho a utilizarlas como mecanismo.

 

¿Y recurre a la mentira alguna vez?

 

Ahí está el límite. Lo que no puedes hacer es mentir. Y con esto incluyo tergiversar la realidad o hacer que alguien mienta, participar en maniobras que lleve a cabo el cliente, como, por ejemplo, influir en algún testigo o producir documentos falsos. En el mundo económico nos podemos encontrar que se antedaten documentos que realmente se están haciendo ahora. El abogado nunca debe sugerirlo ni aprobarlo y mucho menos aportarlo.

 

Tiene experiencia en casos económicos tras lo del Palau de la Música.

 

En cuanto a Félix Millet, el caso del cual llevamos en un inicio en este despacho, no sólo sabíamos que era culpable sino que le hicimos confesar. Esa es una buena manera de defender a un culpable. La confesión es una atenuante importante. Si además le haces reparar los daños en la medida de lo posible tienes otra atenuante. Finalmente puedes defender que en lugar de ser una malversación de caudales públicos sea una apropiación indebida, que es un problema muy técnico, y ahí sí que cabe la defensa de un culpable. Cosa muy distinta a urdir todo un escenario que nada tenga que ver con la realidad, apoyado en testigos y documentos falsos.

 

Se juega con las palabras.

 

En un delito fiscal la culpabilidad depende de la interpretación de un montón de normas. Y eso no es tan fácil de dirimir, especialmente en derecho de sociedades o en temas patrimoniales.

 

Pues sí que es complicado.

 

Sí. Además, defender a un culpable no es agradable. Yo no he tenido esa sensación quizá porque los temas que llevo son muy técnicos, porque me dedico al derecho penal económico. Puede ocurrir que, ante un cliente que reconoce que es culpable y con el que planteas llevar una defensa muy técnica, en un momento determinado le debes decir: no, esto no… y el cliente se te va. También puede haber casos en los que la defensa de uno implicaría imputar responsabilidad a otro; eso ya es el colmo pero más grave aún es acusar a alguien que te consta que no es responsable.

 

Debe ser un quebradero de cabeza.

 

Así es. Te entran dudas. El ejercicio de un penalista está lleno de dilemas éticos todos los días. No es nada sencillo. Estás siempre en el filo de la navaja. Partiendo además de que tú como profesional desempeñas tu papel, defender a tu cliente, y si el fiscal se ha equivocado en una cuestión procedimental –como, por ejemplo, que en la entrada de registro se vulneró una norma–, pues eso es nulo y yo debo dar relieve a esa nulidad aunque como consecuencia provoque la absolución de mi cliente, que sé que es culpable.

 

Entonces falla el sistema.

 

El sistema está preparado para que a los culpables se les pueda absolver por razones formales, es decir porque la Administración de Justicia no ha actuado correctamente. Esto forma parte de las reglas de todos los países: a veces se absuelve a ciencia cierta a culpables.