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Reportajes
Srebrenica: de generación en generación

Srebrenica: de generación en generación

La Segunda Guerra Mundial, muchos pensaron que había marcado un antes y un después. El mundo había sido testigo de una de las peores barbaries de su historia y pensó que, tras superar lo vivido, algo así no volvería a ocurrir. Al menos no en los próximos cien años. Pero parece que el ser humano tiende a tropezar con la misma piedra una y otra vez. Y esas personas que vaticinaron o, mejor dicho, esperaron no volver a ser testigos de un genocidio acabaron por volverse a encontrar de cara con el terror. Quizá con el objetivo de evitar este temido rencuentro con el desastre, la opinión pública empezó negando la limpieza étnica cometida en Srebrenica en 1995.

 

La guerra de Bosnia había empezado ya años antes, tras la declaración parlamentaria de soberanía en octubre de 1991 y, por consiguiente, la lucha por el control territorial entre los tres grupos mayoritarios de Bosnia: los serbobosnios (de religión cristiana ortodoxa), los bosniacos (musulmanes) y los bosnio-croatas (católicos).

 

El día 11 de julio de 1995 se escribió –una vez más con sangre– el último capítulo de la guerra de Bosnia, cuando 8.000 bosniacos fueron asesinados en Srebrenica por tropas regulares del ejército serbio de la Republika Srpska –lideradas por el general Ratko Mladic– y con la participación también de unidades de paramilitares serbios llamados “los Escorpiones”. Desde entonces, cada 11 de julio se celebra un evento en el que se homenajea a las víctimas de tal matanza. Un día para recordar y para reunir a todos los afectados en el memorial situado en Potocari. Todavía a día de hoy se encuentran en Srebrenica fosas comunes que prueban la sangre fría con la que se llevó a cabo la limpieza étnica. Cada 11 de julio, los últimos cuerpos encontrados en fosas cercanas a Srebrenica durante el año son enterrados junto con las otras víctimas.

 

Una vez más, el contacto personal con la gente sencilla, abierta y espontánea nos ofrece la mejor imagen de lo que se siente después de haber vivido un conflicto de estas características o por el hecho de pertenecer a estas familias afectadas. Las versiones oficiales no nos sirven para nada. La verdad se encuentra en otro lado: en el testimonio de la gente. Es ahí donde me embarqué.

 

La memoria que no muere

 

Casi veinte años después de la tragedia, Pedja y sus amigos viven en Bratunac (Bosnia-Herzegovina), a poco más de diez kilómetros de Srebrenica. Todos nacieron entre 1994 y 1995. Eran muy pequeños entonces: no recuerdan –no pueden– los sucesos de ese ya lejano mes de julio. No obstante, eso no les ha impedido conocer las raíces de la limpieza étnica que se llevó a cabo en su ciudad. No solo conocerlas, sino identificarse con lo ocurrido. Este grupo de chicos forma parte de las nuevas generaciones de jóvenes. Una generación que debería ser renovadora y que debería impulsar un nuevo país al margen de los odios pasados. Pero no es nada sencillo; hacen falta varias generaciones para olvidar y Pedja y sus amigos parecen tener dificultades para hacerlo.

 

El pueblo serbio se siente criminalizado por Europa con lo sucedido en Srebrenica. Sus líderes militares y políticos, Ratko Mladic y Radovan Karazdic, están siendo juzgados desde hace años por el Tribunal Internacional de La Haya, pero reclaman que también se juzgue a los bosnio-musulmanes por matanzas cometidas en la misma zona por tropas bosniacas contra la población serbia. Estas matanzas se produjeron unos dos años antes de la caída de Srebrenica y fueron atribuidas al comandante Naser Oric. A pesar de que se trataba de unos 500 crímenes contra civiles serbios, nunca han sido considerados por la comunidad europea como una limpieza étnica. Naser Oric fue juzgado por estos hechos por el Tribunal Internacional de La Haya pero fue inexplicablemente liberado por falta de pruebas.

 

Precisamente, este doble rasero de la comunidad internacional a la hora de medir y juzgar las responsabilidades es el motivo por el cual cada 12 de julio (un día después de la conmemoración del genocidio de Srebrenica) los serbios se reúnen en Bratunac, homenajean a sus muertos y condenan la inactividad de la comunidad internacional.

 

No es fácil valorar todo lo que aún sigue ocurriendo ahí sino es conociendo a sus gentes y viendo que no todo es blanco o negro. Hay muchos grises.

 

De hecho, al poco de conocerle, Pedja me regala una bufanda de un equipo nacional serbio. Es azul, blanca y roja, como la bandera de su país. En señal de agradecimiento, me la pongo alrededor del cuello. Uno de los amigos de Pedja conduce una furgoneta blanca, a la que se ha subido también todo el grupo de jóvenes. La furgoneta no tiene asientos en la parte de atrás, pero los chicos ya se han encargado de “acondicionar” el vehículo poniendo unas sillas de cocina para que todos podamos estar sentados. Al bajar de la furgoneta, Pedja me pide que me quite la bufanda que me había regalado y me señala una de las casas que tenemos delante. “En esta casa vive una familia de musulmanes. Podría haber problemas”. Pedja me advierte como si fuera algo lógico, natural. Seguramente –al igual que todos sus amigos– llevará haciéndolo desde que tiene uso de razón. Lo último que recuerdo de Pedja es su tatuaje: un enorme escorpión en su brazo derecho. Quizá tenga algo que ver con el grupo paramilitar responsable de la matanza de los musulmanes en Srebrenica. O quizá sea simplemente una casualidad.

 

La anécdota de la bufanda con Pedja volvió a ocurrir a solamente unos metros de distancia, pero en un contexto completamente contrario. Esta vez fue un matrimonio musulmán –Nurif y Vahid– quienes aconsejaron a una compañera que se quitara la gorra con la bandera de Bosnia-Herzegovina poco después de habérsela regalado. “Sobre todo si cruzas la frontera hasta Serbia”, recalcaron.

 

Una convivencia discutible

 

La región en la que vive esta familia se ubica dentro de la Republika Srpska de Bosnia que juntamente con la Federación Croata-Musulmana son las dos entidades surgidas a raíz de los Acuerdos de Paz de Dayton (1995). La Republika Srpska ocupa el 49 % del territorio de Bosnia y está habitada en un 80 % por ciudadanos serbios de religión ortodoxa; el 20 % restante son bosniacos musulmanes. A pesar de esta aplastante mayoría serbia, dentro de la misma zona conviven tanto ortodoxos como musulmanes.

 

Como si fuera un enclave, hay líneas de casas donde viven bosniacos en medio de un pueblo habitado por serbobosnios. Los habitantes saben perfectamente los lugares en los que puede haber conflicto y donde pueden llevar bufandas o gorras con su bandera. Pero son solo pocos metros: los que separan estas grandes distancias. Como si se vigilaran entre ellos.

 

Otro caso es el del matrimonio Sopotnik, con un hijo de 22 años, Jasmin. El joven acabó de estudiar hace tres años, pero sigue viviendo en casa con sus padres y ayudándolos en la economía familiar por falta de trabajo. Padres e hijos llevan en paro más de tres años. Su casa se encuentra justo a orillas del río Drina, que separa la frontera entre Bosnia y Serbia. La pesca en el río y la venta de miel es lo que les hace salir a flote. Durante la guerra, su casa fue quemada y destruida. Allí fue donde nació Jasmin. Tuvieron la suerte de poder construir una nueva casa, situada justo al lado de su antigua residencia: nada más salir por la puerta, ven el que había sido su hogar destrozado. Todos los días. Una manera singular de superar el pasado.

 

Pero las cortas distancias se hacen aún más grandes para los que sí vivieron la masacre de julio de 1995. Milica –casi sesenta años, entonces– vive hoy con su hijo y su nieto; entre los tres se encargan de llevar el hogar adelante. El motor principal de esta familia es la agricultura y la ganadería, como en la mayoría de hogares de la región. El nieto es el responsable de un pequeño cerdo que tienen en el establo.

 

Así, entre ganadería y agricultura –muy pobre–, y también un ordenador con conexión a Internet, Milica transmite paz. Es su mirada: cálida y tranquila, como si hubiera olvidado el genocidio ocurrido tan solo veinte años antes. Una mirada que quizá no podamos observar en todos los cristiano-ortodoxos de la región. El conflicto entre los bosniacos y los serbobosnios sigue vivo en muchos sentidos.

 

srebrenica 11b

 

Una paz muy oscura

 

Oficialmente, el conflicto que llevó a la guerra de los Balcanes desapareció con los acuerdos de paz. Pero, ¿realmente se puede hablar del fin de los odios? Los problemas de convivencia social continúan vivos y no será fácil eliminarlos en su totalidad. Desde el punto de vista más humano, el conflicto persiste y sigue influyendo en la personalidad de este pueblo.

 

El problema radica en la dificultad de zanjar este problema. ¿Pueden pueblos enfrentados perdonarse los unos a los otros veinte años después? Las nuevas generaciones son las responsables de pasar página y eliminar los odios. Es un proceso que ocurre prácticamente sin que ellos sean conscientes: simplemente, el tiempo pasa y los problemas se desvanecen. A pesar de ello, la influencia que reciban de la educación y la familia puede hacer este proceso más largo y la reconciliación más tardía. Y la pregunta es si realmente están siendo educados para el entendimiento o para seguir arrastrando el conflicto que llevó a una de las masacres más grandes de la historia.

 

Un hecho significativo: un niño o joven seguramente mantenga una relación de amistad con una persona de otro grupo mayoritario en Bosnia. Pero si le preguntan si se casaría o tendría una relación más estrecha con esta persona responde: “Imposible. Ellos mataron a mi padre”.

 

 

Texto: Mónica Redondo (Per’14)

 

Fotografía: Mónica Redondo y Elisa Bernal Arellano (Las fotografías se han realizado dentro del curso de fotoperiodismo de Reporter Academy, en Bosnia-Herzegovina).