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Voces / Editorial

A las madres

Jaume Figa i Vaello

Él es médico de cabecera. Ese día, ya terminanda la jornada de trabajo, entró la última paciente.

 

—Doctor —comenzó, poco a poco, como con miedo—; estoy embarazada y ya no puedo más…

 

Era el quinto embarazo y, por supuesto, en un pequeño pueblo de un país latinoamericano, es un problema. No por el país en concreto, sino porque era una familia muy pobre: ya no se podía permitir tener que alimentar otra boca. Así que había decidido abortar.

 

Entre sollozos, todo esto lo explicaba la paciente al doctor, mientras él –buen profesional– escuchaba. Hasta que terminó. ¿Qué le podía decir? Tenía ganas de cerrar ese día, que fue especialmente duro, y de despacharla con prisa. Pero lo que le decía aquella mujer era algo muy exigente. La Providencia –así lo explicaba– le inspiró.

 

—De acuerdo. ¿Cuántos años tiene su hijo mayor?

 

—Once.

 

—Pues tráigame a este y yo mismo lo mato…

 

— ¿Pero qué me dice! A mi Juanito, ¡cómo le voy a matar? —lo dijo con horror, pensando que el doctor se había vuelto loco.

 

—¡Hombre! ¡Este sí come! El niño que le nacerá, en cambio, no come nada. Será mucho más barato de alimentar, ¿no le parece?

 

Al final, la mujer no le llevó a su Juanito. Y también decidió seguir adelante con el embarazo. Ahora, su Juanito ya tiene veintidós dos años; y su Santiaguito, once. Un chico alto y en plena forma, orgulloso, además, de su madre…

 

Ayer celebrábamos el Día de la Madre: ya sabemos que es una cuestión muy comercial, pero es bueno que al menos una vez al año recordemos a quien nos ha llevado dentro nueve meses; ha sufrido dándonos a luz; ha dormido poco; se ha agachado y levantado más veces que un atleta, sin importarle demasiado si le dolía la espalda y si tenía que llevar los quince kilos que pesábamos, y a la vez debía llevar la bolsa de la compra del súper en la otra mano, mientras contestaba el teléfono e intentaba abrir la puerta del coche, mirando que los dos hermanos mayores no se pelearan, que se habían levantado con mal café… Ser madre es un trabajo de veinticuatro horas al día, siete días a la semana, trescientos sesenta y cinco días al año (sesenta y seis, si es bisiesto). Y ya. ¿Y ya?

 

Ser madre es mucho más que un simple sentimiento. Por eso, me saca de quicio –me da pena– que una empresa de fertilización de Barcelona se promocione diciendo que “trabajamos para hacerles sentir la emoción de ser padres”. Recientemente lo he visto y lo he sentido en los ojos y en la voz de mi hermano: ser padre es emocionante, sí. Pero ser padre –y, concretamente, ser madre, que es la que siempre está, aquella a la que siempre le gusta el ala del pollo–, implica serlo todos los días. Uno tras otro. Y tienen que saber un poco de medicina –ese beso que más de una lágrima ha hecho desaparecer–, y un poco de economía, y un poco de artes culinarias…

 

Por ello, es muy triste ver a algunos que hacen un flaco favor a la gran profesión de médico engañando a tantas mujeres –porque eso es lo que hacen: son los principales culpables de los millones de no-nacidos al año en el mundo entero–, diciéndoles que lo que tienen dentro no es más que un tejido aún no desarrollado. Y ya está.

 

La profesión de madre no tiene vacaciones. Y, por si fuera poco, en Navidad y durante el verano, aún hay más trabajo. Y nadie les paga. Pero no es verdad. Lo que reciben las madres –las grandes madres, las que se pueden llamar “Madre”, en mayúscula–, sí reciben mucho. Y si no, ved esta simpática campaña de publicidad dedicada a todas las madres. A ellas: ¡gracias!