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Voces / Editorial

El progresismo que hace historia

Jaume Figa i Vaello

Me gustó mucho el póster que nos diseñaron para dar a conocer el +1: sobre un mar de signos “+” y “1” me parece que quedaban muy gráfico lo que decía hace una semana: que muchos pocos hacen mucho.

 

Hoy, quería fijarme en lo que realmente suma: la vida de aquellas personas que se levantan en un día como hoy con ganas de enfrentarse a la semana, y no como hacía Garfield, que odiaba los lunes. Es normal que a menudo dejar atrás el domingo se nos haga cuesta arriba, pero realmente ¿queremos construir nuestro futuro –y el de todos y todo lo que nos rodea– con caras largas? La historia está por hacer, por eso hay que usar buenamente nuestra libertad para construirla, con inventiva, con más o menos originalidad y con empeño. Porque la historia es nuestra y la debemos hacer nuestra. Así, avanzamos. Así, progresamos.

 

Contrariamente, es triste ver cómo, bajo el estandarte del “progreso”, esta semana el gobierno de Bélgica ha aprobado una ley que permite “eutanasiar” –¡qué falsos suenan los eufemismos!…– a los niños, cuando el médico decida que la situación del niño o niña no es digno de ser vivida, y los padres no se vean con el valor de vivir una situación así. Aparte de que me parece muy osado y peligroso decidir cuándo una vida es digna o no de ser vivida (¿bajo qué parámetros?), digo “contrariamente” porque lejos de lo que significa progreso –etimológicamente viene de “ir-gradior hacia adelante-pro”–, esto no avanza, retrocede: aquí no sumamos historias, sino que restamos.

 

Por cosas de la vida, pocos días antes de esta aprobación, la Academia de Cine Español premiaba con el Goya al mejor cortometraje de animación a Cuerdas, una historia muy bonita sobre un niño con parálisis –ni se mueve, ni habla– al que acaban de llevar a un orfanato. Allí, María, una niña de la misma edad, dejando de lado completamente lo que dicen los otros niños, se hace cargo y lo ayuda a “caminar”.

 

Me parece que la magia de esta historia –basada en hechos reales: la del hijo del director y guionista– radica precisamente en lo que quieren obviar los que deciden hacer estas leyes que no llevan vida: lo que de verdad necesita una persona enferma –y más aún, un niño que lo ha sido desde su nacimiento y que apenas ha tenido tiempo de conocer el mal– es que la quieran y que le dediquen tiempo. Que se sienta querida. Es entonces cuando quien se da descubre una felicidad mucho mayor. Lo dice la hermana que lleva años cuidando al padre, a la otra, en La habitación de Marvin (1996): le habla de la inmensa suerte que ha tenido de poder amar tanto a alguien.

 

Hace poco hablaba con un amigo que tiene varios hijos. Uno de ellos –ella– tiene el síndrome de Down. Mientras la esperaban, cuando se lo diagnosticaron, comenzaron a rezar para que naciera bien, pero no. Hablando con él, me decía: “Jaume, si ahora me volviera a pasar lo mismo, no rezaría para que fuera una niña normal”. ¿El motivo? El mismo de La habitación de Marvin. Es difícil, sí, claro; pero –mutatis mutandi– como difícil es hacer amigos y mantenerlos, pero la única manera de hacer historia –en todos los sentidos.