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Voces / Editorial

Inocente

Jaume Figa i Vaello

Hoy quiero escribir sobre los más pequeños. Es que hacía tiempo que no iba a la cabalgata de los Reyes Magos, y me hizo mucha ilusión estar allí, en la de Girona, con mis sobrinos. A Miquel, de dos años y medio, lo tenía encima, y coreaba a sus Majestades que daba gusto; aunque no hubieran llegado aún. Y así, hasta Baltasar, el preferido para muchos (al menos, siempre lo ha sido para mí). Al final, estaba como fuera de juego, impresionado por lo que había visto, con caramelos reales en el bolsillo, la carta depositada en el buzón real, el chupete entregado a un paje, también real…

 

¿Es posible no estar así después de haber visto lo que vio Miquel?

 

Alguien me dirá que, claro, no saben, todavía, lo que significa ganarse el sustento del día a día. Y sí, no les quito razón; pero, mirando alrededor, viendo pasar a aquella gente que, claramente, están disfrazados, te fijas que no sólo los más pequeños están contentos: de todas las edades. “-Claro: hacen el paripé para que los niños lo pasen bien”. Y sí, cierto. Pero, ¿no es verdad, también, que uno se siente más feliz así, haciéndose niño…, con la mirada inocente del niño? Mirad, sino, esta fantástica fotografía de mi amigo y colega Antonio:

 

 

Me gusta cómo titula en su blog este conjunto de fotografías, que los protagonistas no es la cabalgata, sino las miradas. Mirar con ojos de niño no es -no creo que deba serlo- una ilusión quimérica, sino una realidad que nos lleva a ser más felices: un enamorarse cada día, descubrir cada día la grandeza de la vida:

 

 

¿Acaso no era consciente, el padre de @MadeInMartinez, de los problemas que conlleva la vida? ¡Por supuesto que sí! Pero sabía descubrir cada día la belleza de lo que le rodeaba. Y es precisamente esta mirada lo que le ha hecho feliz, no la “triste felicidad” pasajera de sus compañeros.

 

Hace un par de años, fui a rezar un rato ante la tumba de mi hermana pequeña. Estábamos padres, hermanos y sobrinos, que era un nuevo aniversario de cuando se fue al Cielo, como siempre hemos dicho, porque lo creemos. Al final, me quedé un momento, solo, con la pequeña que entonces tenía poco más de 4 años. Y me dijo, así, sin más: “-¿Sabes qué haré? -¿Qué? -Cogeré una escalera muy larga, muy larga, hasta el cielo, y diré a la tía que baje conmigo…”. Como comprenderéis, me quedé con un nudo en la garganta, que pude desatar para preguntar: “-¿Me dejarás subir contigo?”. Se lo pensó un momento y me respondió: “Vale. Sí”.

 

Después nos fuimos, tan contentos. Yo, con el deseo de ser tan sabio como mi sobrina; consciente, también, de que no es coser y cantar.

 

Y ahora, supongo, con el deseo de que en el nuevo año que ya hemos arrancado, sepamos tener esta mirada inocente.

 
 
Silenciosa noche