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Voces / Editorial

Las alas de ángel no hacen ruido

Jaume Figa i Vaello

A ritmo de tres frases quería hacer una pequeña reflexión para encarar la última semana antes de Semana Santa. La primera, la decía un viejo amigo: “Las alas de ángel no hacen ruido”. Hay gente que, tan pronto como consigue unas “alas” –un triunfo– lo cacarea, como si hubiera sido sólo fruto de su magnificencia o de un no-se-sabe-qué-don-autoadquirido que le hace decir –y creérselo–: “yo soy así; gracias”.

 

La segunda es muy conocida por todos; de una película: “Lo que hacemos en esta vida tiene su eco en la eternidad”. Y es así. Es necesario, pues, pensarlo mucho antes de hacer o dejar de hacer nada.

 

Y finalmente, la que me dijo un profesor que tuve en la universidad; un buen filósofo y teólogo irlandés que te hacía pensar, aunque no tuvieras ganas de ello: “Lo que ha perdido la modernidad no es tanto el conocimiento, sino el reconocimiento”.

 

Parezca verdad o no, todo esto tenía en mente el sábado, viendo la performance que hizo un grupo de teatro, en el Campus Sant Cugat de la UIC, en el marco del taller de reanimación cardiopulmonar y primeros auxilios “¿Qué pasa cuando te pasas” y al que asistieron unas cuatrocientas personas –chicos y chicas de bachillerato, fundamentalmente–. Se representaba una situación extrema –y triste, porque, desgraciadamente es muy real–, de unos chicos pasados ​​“de rosca” –entiéndase alcohol y drogas– que se encuentran perdidos ante el shock de sobredosis que sufre una del grupo y que se queda como muerta. Dos huyen –entre ellos, el chico, el que se suponía el líder–; una se queda allí, histérica perdida. Llega la ambulancia.

 

No es que normalmente me ponga a filosofar en cualquier situación, pero me mosquea que, en momentos como este, el comentario que salta muchas veces es el de “¡ay, esta juventud!; ¿dónde iremos a parar!”, mientras uno se lava las manos. Somos nosotros –cada uno–, la modernidad que no se reconoce y va dando golpes al aire porque no sabe hacia dónde va. Pero no sabe hacia dónde va porque no sabe quién, ni cómo es. La Europa que no se quiere, decía Ratzinger, casi profetizando.

 

El viejo continente quiere hacerse un lugar en el mundo. Escarmentado por la cruda historia del siglo XX, quiere tener, ahora, su eco en la eternidad. Pero no nos queremos reconocer, y a menudo –ya no hablo sólo de Europa–, con aires de autosuficiencia queremos hacer gala de que somos el centro del mundo y del universo, mientras que, en realidad, las alas que tenemos nos vienen dadas y son, precisamente, lo que nos hace de verdad misteriosos –el misterio de lo divino– y no queremos aceptar.