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Voces / Editorial

Francisco: es la hora de la revolución

Jaume Figa i Vaello

Buona domenica e buon Pranzo. Así termina, en más de una ocasión, el papa Francisco, el Angelus del domingo. La primera vez fue una sorpresa muy simpática, y la segunda, y la tercera. Aunque ya no sorprende, todo el mundo espera este deseo del papa Bergoglio, que le sale de lo más interior del corazón. Como aquel “rezad por mí” que dirigió a los miles de personas que le esperaban ver por primera vez, desde la plaza San Pedro, en la loggia vaticana y a los millones de todo el mundo que estábamos encarados ante los diferentes tipos de pantalla, de un extremo a otro de la tierra…

 

Desde entonces han pasado doce meses –este jueves 13 comienza el año II–, y son muchos los que piensan y dicen que el papa párroco ha cambiado –y cambiará– la historia del Vaticano y, por tanto, de la Iglesia universal. Y es verdad. Y es mentira. Hay que mirar las cosas con perspectiva para darnos cuenta de que, más que un cambio, es una revolución, la que está realizando Francisco y empezado hace más tiempo. Podríamos decir que se trata de la “revolución del optimismo”, que se arraiga con más fuerza en el mensaje cristiano de siempre, fundamentado sobre el pilar del amor, es decir: ser como Dios…, en amar.

 

En 1978, la Iglesia llevaba casi quinientos años siendo dirigida por pontífices italianos, y la sorpresa de entonces, al oír aquel nombre tan raro –Wojtyła–, podría muy bien ser como la del pasado 13 de marzo. Entonces, dicen que al papa venido “de un paese lontano”, le plantearon si quería cambiar la curia o prefería cambiar el mundo, y decidió trabajar por lo segundo. Y lo hizo. Cayeron telones de acero y, para una institución bimilenaria, no creo que sea atrevido decir que Juan Pablo II fue el precursor de la globalización de hoy, ya que fue el primero en unir pueblos de norte a sur y de este a oeste, gracias a sus viajes por todo el mundo –en kilómetros, más de tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Ha sido el segundo papado más largo de la historia –sin contar el de San Pedro, claro– y, mucho gracias al doctor honoris causa de esta universidad, Joaquín Navarro-Valls, el Papa polaco hizo que la Iglesia volviera a interesar a todo el mundo y, especialmente, a los medios de comunicación. La revolución, pues, comenzó con él. Se trataba tan solo de la primera parte.

 

Benedicto XVI, el maestro, il professore, tomó el relevo con fuerza, aunque –con 78 años– no la deportiva, sino la intelectual. Ratzinger siguió limpiando lo que ya había comenzado antes –el papa Francisco lo afirma, nuevamente, en una entrevista de reciente publicación– y, con la cabeza, y ganándose el respeto de todos los oyentes con espíritu realmente universitario –los que viven por la búsqueda de la verdad–, atacó lo que llevaba años denominando como “la dictadura del relativismo”, un precipicio al que se han evocado tantos, ya “que no reconoce nada como absoluto y que deja únicamente al ‘yo’ y sus caprichos como última medida”.

 

Esta dictadura también la ha recordado el papa Francisco, pero parece que algunos la quieren obviar. Existe, es un hecho. Y Bergoglio la ve con preocupación. Pero con optimismo. Porque el optimismo –lo ha recordado, también, varias veces– es lo más propio de un cristiano. Y este optimismo –que también tenían sus predecesores, pero tuvieron que lidiar con otras batallas– es con el que se ha ganado el mundo.

 

¿Un gran cambio? La doctrina sigue igual: la escrita en el Catecismo de la Iglesia Católica, en la que tuvieron parte muy importante –sino principal– tanto Wojtyła como Ratzinger. ¿Cambios en la curia? Sí, es lo que le toca a este papa. Y lo está haciendo. No me parece que por sorpresa: es lo que pedían los cardenales en el debate anterior al cónclave. Con una “peculiaridad”, quizás –todo pontífice, persona de carne y hueso, no un “súper héroe”, que no quiere Francisco, tiene alguna–, que es la nota de la misericordia.

 

Tres pontificados para la historia. Juan Pablo II, el Papa que ha llevado la Iglesia al mundo, y el mundo a la Iglesia; Benedicto XVI, el que ha llamado a las mentes para que pensáramos qué mundo realmente queremos; Francisco, el Santo Padre que tiene el gran reto de ayudar a levantar la familia, como institución fundamental de la sociedad, empezando con el próximo sínodo extraordinario de obispos. De fuera hacia adentro, y de dentro hacia fuera.

 

Sé que quizás soy un poco reduccionista –los grandes pontificados como los que hemos vivido no se pueden resumir en cuatro líneas–, pero también me doy cuenta de que un pontificado no se entiende sin el otro y que, realmente –parece innecesario decirlo–, es el espíritu Santo quien gobierna –¡y qué bien lo hace!

 

Ahora, sólo nos queda agradecer al papa actual su labor. Su alegría, su optimismo, llena de alegría y optimismo un mundo que los necesita; por ello desde +1 nos queremos unir a esta simpática iniciativa de agradecimiento, por su primer aniversario: www.graziefrancesco.com/es. ¡Gracias!

 
 
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