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Voces / Para entendernos

A contracorriente

Javier Junceda

Se conoce por políticamente correcto aquello que todo el mundo hace o dice porque todo el mundo lo dice o lo hace. No importa demasiado si lo que se dice o hace es bueno, malo o regular, porque Vicente va donde va la gente.

 

Ir a contracorriente, en la actualidad, es arriesgarse a quedar fuera de juego. Aunque hacerlo así constituya un grave deber, el cálculo personal siempre vence. Prima hoy, en todos lados, la acogedora paz y tranquilidad del no desentonar, del seguir como correas de transmisión lo que se nos fabrica en no sé dónde y que todos debemos acatar como borregos, dicho sea con los debidos respetos hacia estos entrañables mamíferos (como toca decir en lenguaje políticamente correcto).

 

Existen variedades de este irritante signo de nuestro tiempo. Una muy extendida es la consistente en compartir con alborozo —y exteriorizarlo además— comportamientos que uno no ve bien, pero que están de alguna manera extendidos socialmente. Opinar en contra de ellos, en legítimo ejercicio de la libertad, supone un desafío notable al statu quo establecido, lo que te coloca inmediatamente en riesgo de asumir la condición de “talibán”, un carnet que suelen entregarte tus interlocutores, tan tolerantes y liberales que acostumbran a ser con quienes simplemente no piensan como ellos.

 

Da igual que esa conducta de la que se habla sea acertada o no lo sea: si la siguen unos cuantos, y sale en la tele o en las redes, se convierte de inmediato en algo indiscutible, y quien discrepe se convierte de inmediato en un peligroso disidente al que hay que confinar con rapidez en el gulag.

 

Otra manifestación genuina de lo que hablo se da en la forma de comunicar algo. Circunloquios, palabras huecas, irse por las ramas y nunca llamar al pan, pan y al vino, vino, es lo que preside el discurso actual. Cada año he de asistir a no pocas citas institucionales. Y, salvo contadas excepciones, padezco con estoicismo siempre lo mismo: plúmbeas y engoladas intervenciones sin sustancia, logomaquia inane e inservible. En forma y fondo, todo está invadido hoy por un lenguaje políticamente correcto inaguantable que para lo único que sirve es para trasladar tu mente a cualquier lugar y situación completamente diferentes a aquellos en los que se encuentre tu cuerpo en ese preciso instante. Expresar cosas juiciosas, que nos ayuden a transitar por la vida, está vedado por lo políticamente correcto. Y ya no digamos de hacerlo con gracia, sentido del humor y brevedad, porque quien se atreva a hacerlo caerá en el ostracismo dictado por los pelmas y aburridos gerifaltes de esta generalizada moda consistente en decir todos lo mismo y de la misma manera.

 

Nos hemos de empeñar de una vez en bracear contra las corrientes imperantes, incluso frente a las más recias. Si no lo hacemos, nos iremos pronto hacia la desembocadura, y de ahí, al fondo del mar, donde acabaremos devorados por los tiburones.