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Voces / Para entendernos

Algoritmos que nos rigen

Santiago Justel

Están detrás de las noticias que ven millones de personas cada día al abrir Facebook, de las predicciones meteorológicas que detallan el tiempo que hará hora a hora y la probabilidad de lluvia a una semana vista, de las recomendaciones personalizadas de películas, vídeos o libros que ofrecen numerosos portales online, de la planificación de soluciones de movilidad y seguridad de las denominadas ciudades inteligentes… Son los algoritmos, un concepto que ha ido introduciéndose más y más en la vida de la gente.

 

No se trata de un concepto nuevo, sino de una noción matemática —un conjunto ordenado y finito de operaciones que conduce a una solución— que se remonta mucho tiempo atrás.

 

El gran cambio llegó en las últimas décadas con la creación de superordenadores que pueden realizar cientos de cálculos en fracciones de segundo. Con este avance tecnológico las posibilidades de los algoritmos implementados en ordenadores devinieron más espectaculares. Han transformado multitud de sectores y sacado valor a los datos, desde el comercio —ayudando a fijar precios de venta o a elegir la mejor localización para abrir una tienda— hasta la agricultura─ —haciendo realidad cultivos inteligentes que anticipan posibles problemas en una cosecha.

 

Desde hace tiempo, el sector de la publicidad saca gran partido a los algoritmos, con anuncios personalizados a partir del historial de búsqueda y de compras de cada usuario, pero también con soluciones más sorprendentes. Así, es posible encontrar, en las abarrotadas estaciones de Tokio, máquinas expendedoras que sugieren un determinado producto en función de los rasgos de cada persona. Por eso, no sugerirá la misma bebida a una joven deportista que a un señor que supere los cincuenta.

 

Hace más de una década, el profesor norteamericano Cass R. Sunstein reflexionaba en su libro República.com sobre los riesgos de una personalización llevada al extremo, en la que un sistema inteligente permita al usuario recibir una dieta informativa basada totalmente en sus preferencias. Sunstein sostenía que, si esta tiene lugar, los ciudadanos solo reciben contenidos que refuerzan su visión del mundo y no informaciones que desafíen sus modos de pensar. Así, otras muchas realidades quedarían fuera de su alcance, dificultando la existencia de experiencias compartidas por toda la comunidad, necesarias para el funcionamiento de una sociedad democrática.

 

El activista de Internet Eli Pariser incide sobre estos riesgos en su libro The filter bubble. En 2009 Google introdujo la búsqueda personalizada: resultados diferentes para cada persona en función de diferentes variables, entre ellas su historial de navegación. Fue el inicio de “una revolución invisible en la forma en que consumimos información —dice Pariser—, una revolución que modela la manera en que aprendemos, lo que sabemos e incluso cómo funciona nuestra democracia”. Al recibir resultados personalizados a medida, cada usuario se iría aislando más y más en su propia burbuja.

 

Hoy, quienes declaran que su principal vía de acceso a las noticias es Facebook dejan su dieta informativa en manos de los criterios establecidos por los algoritmos de la red social. Si, según Pariser, la personalización puede socavar el propósito original de Internet como plataforma abierta para la propagación de ideas encerrándonos en nuestra propia burbuja, la solución pasaría por abrazar los beneficios de la tecnología sin obviar sus consecuencias negativas.

 

De los coches inteligentes a los motores de búsqueda de Internet, pasando por los diferentes proyectos de smart cities, detrás de cualquier proceso donde se recopilen y se procesen datos para obtener un resultado hay un algoritmo. Los expertos coinciden en que los beneficios o, por el contrario, los efectos negativos del uso de algoritmos dependerán de las intenciones con que se quieran explotar.

 

* Santiago Justel es profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UIC Barcelona).

 

(Adaptación del reportaje Algoritmos, la fórmula que rige nuestra vida, publicado en el “Magazine” de La Vanguardia, el 25 de diciembre del 2016.)