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Voces / Para entendernos

Álvaro del Portillo: recuerdos de un hombre fiel

Salvador Aragonés

VEUS - SALVADOR ARAGONÈS - alvaro del portillo 2

 

Hoy, 11 de marzo, se cumple el centenario del nacimiento de Álvaro del Portillo y Diez de Sollano, prelado del Opus Dei (1975-1994), que será beatificado en Madrid, donde había nacido, el 27 de septiembre próximo. Fue Gran Canciller de la Universidad de Navarra. Su milagro fue reconocido en la misma fecha en que se anunció la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II, dos grandes santos.

 

Desde el punto de vista mediático Álvaro del Portillo no fue un hombre conocido. Sí era conocido en los ambientes eclesiásticos de Roma. Fue una persona que sirvió a la Iglesia, a los papas, y sobre todo, al fundador del Opus Dei sin hacer ruido. Siguió aquí el consejo de san Josemaría: “servir a la Iglesia, como la Iglesia quiere ser servida”.

 

Le conocí un día en que san Josemaría Escrivá hablaba con un centenar o más de personas en Pamplona, y dijo sin levantar la voz: “Álvaro, tendríamos que revisar tal punto de los estatutos”. Álvaro, que se encontraba a unos 25-30 metros hablando con otras personas, respondió: “Sí, padre”. Pensé: “¿Lo habrá oído?” Y lo oyó. Tal era su unión con el Fundador.

 

El día del fallecimiento de san Josemaría, el 26 de junio de 1975, yo era corresponsal de Europa Press en Roma. Fui a la sede central del Opus Dei para recabar más información. Había un periodista en la sala de espera que quería irse porque “aquí nadie nos dará información alguna, ya veréis. El Opus es todo secreto”, comentó.

 

De repente apareció la figura serena de Álvaro del Portillo, que era secretario general de la Obra. Nadie lo esperaba. Informó con todo detalle de cómo transcurrió la jornada del fundador ese 26 de junio hasta el momento de su fallecimiento. Nos sorprendió su gran serenidad. Dijo que San Josemaría había ido por la mañana al centro que las mujeres del Opus Dei tenían en Castelgandolfo, llamado Villa delle Rose, donde dijo que ellas “tenían también alma sacerdotal” como estableció el Concilio. Nos comentó que la Virgen le había escuchado cuando le pedía que le dejara morir “sin dar la lata” a sus hijos, y murió repentinamente de un paro cardíaco. Álvaro del Portillo también destacó una virtud de San Josemaría: “la humildad”: “era muy humilde”. Luego y ante nuestra sorpresa, nos invitó a visitar el cuerpo de San Josemaría en la hoy Basílica Prelaticia de Santa María de la Paz, “para rezar por él”. El santo estaba revestido de ornamentos sacerdotales con una casulla roja y tenía un rostro feliz.

 

Otro momento que recuerdo de Álvaro del Portillo es una reunión que tuvo con un grupo de hombres el 12 de septiembre de 1975 unos días antes de su elección como primer sucesor del Fundador. Duró una hora y media. La gran mayoría éramos casados y de diversos países aunque una buena parte eran italianos. Álvaro del Portillo, con esa capacidad de síntesis que tenía, quiso resumir a grandes trazos la semilla, la doctrina, que Dios, a través de San Josemaría, quiso sembrar en el mundo: santificarse a través del trabajo y en los quehaceres de cada día viviendo la filiación divina. A los casados dijo que “el mejor negocio en este mundo” era la familia. Por lo tanto, había que querer muchísimo a nuestras esposas y a nuestros hijos. Finalmente, nos recordó que siguiéramos el ejemplo del Fundador, que tenía tres amores: Cristo, la Virgen y el Papa. Quería transmitir el espíritu del Opus Dei, “íntegro e inalterado”. Cuando fue elegido sucesor, bajó a la cripta donde reposaba San Josemaría dijo: “El Padre está aquí –señalando la lápida oscura— y donde hay patrón no manda marinero”.

 

* Salvador Aragonés es doctor en Periodismo y profesor emérito de la UIC