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Voces / Para entendernos

Apreciado Carlos

Alejandro Salvat

Te escribo para contarte que me acuerdo de ti. Recuerdo todavía con mucho cariño el primer día en que nos diste clase en una de las aulas que hacen esquina del piso superior del edificio Beta del Campus Barcelona de la UIC. Fue a principios de 2012, una época que a posteriori descubrí que fue muy dura para ti, pero eso no se te notaba pues desprendías una gran alegría de vivir mientras mantenías a recaudo tu intimidad. Lo tuyo era más que impartir clase, lo que hacías era transmitir sabiduría mientras querías impregnarnos de curiosidad, hambre por la cultura, sed de conocimientos; con la intención de que acaso nos picara el gusanillo creativo de alguna forma inesperada o que no desistiéramos en el empeño de ir a por nuestros sueños.

 

Obviamente hay que currar, y mucho, para conseguir lo que nos proponemos. No se puede correr sin antes andar, claramente; y sin antes aprender a dar pasos, menos. Y los pasos se dan con convicción: uno después de otro hasta que nos convirtamos en un ser humano andante con caminar y voz propia. Y los caminos vienen a ser una colección de pasos. ¡Y qué alegría es poder disfrutar del camino de la vida! Pues bien, tus clases y los emails que hemos compartido, aunque ambos hayan sido menos de los que hubiera deseado, han sido sinfonías alegres que siempre recordaré.

 

Está claro que me hubiera gustado escribirte antes, pero no ha sido así. No se ha dado el tiempo…¡vil excusa perezosa! Cuánta razón llevabas cuando nos dijiste que las personas no entendemos el tiempo, ni hasta cuando lo extrañamos o nos quedamos sin él. Pero me gustaría que me creyeras al contarte que te tuve en mis pensamientos al ir a un concierto de nuestros admirados Brahms y Elgar dirigido por Itzhak Perlman. Me gustaría volver a incidir en el intercambio de arte y preguntarte si conoces el concierto de flauta de Christopher Rouse, al que también tuve la suerte de descubrir aquí, en Nueva York. Me sorprendió mucho y creo que te gustaría. Por cierto, últimamente he estado leyendo y aprendiendo sobre un poeta británico, ¿qué piensas de Sassoon y su valentía en la Primera Guerra Mundial que se yuxtaponía a su feroz crítica a la misma? La vida está llena de ironías y, muchas veces, éstas son una delicia. Incluso ahora, o quizá ahora más que nunca, me siento tan afortunado.

 

Sé que te lo he dicho alguna que otra vez, pero me gustaría decírtelo de nuevo: gracias por estar lleno de ideas y de pasión, y de transmitirlas y compartirlas con tantísimo ímpetu. Recuerdo cuando decías que darías tu brazo izquierdo (el de escribir) por volver a descubrir a un compositor o escritor y yo pensaba y decía que también daría mi brazo izquierdo (también el mío de escribir) por momentos semejantes. Y ahora veo la vida quizá con algo más de perspectiva (que entonces al menos) y me parece que no tenía ni puñetera idea porque una cosa es pensar sobre la vida y otra vivirla. Que quede claro, seguramente sigo sin tenerla… Ya me lo decías: ¡no pienses tanto! Pero te diré que a veces no puedo evitarlo y en otras soy un auténtico especialista en encontrar las cosas más insignificantes para mantener la mente ocupada, quizá frita en evasión.

 

Las cosas hay que apreciarlas a su debida manera y en su debido momento. Es cierto que la manera de cada uno es diferente y que mejor tarde que nunca, como acordarse de los libros o de los autores o de los artistas. Ya casi se me olvidaba y he ido a mirarlo una y otra vez estos últimos días: la que fue la última vez que te había escrito. Hace tres años y medio. Era para la presentación de una reedición de una novela de tu padre, al que tanto admirabas. Y al final no pude asistir; fue algo de último momento y te escribí para excusarme, pero lo peor es que ahora ni recuerdo qué fue lo que me privó de ir, seguramente algo de ínfima importancia. “And indeed there will be time”… Y poco después me mudé a Nueva York y de vez en cuando, desde la distancia, te recordaba, diciéndome a mí mismo que debería tratar de encontrar un momento para escribirte, con la ilusión de algún día poder volverte a estrechar la mano y escuchar tu voz profunda, llena de energía y sarcasmo, exclamar algo seguramente inconveniente para muchos. Pero no va a poder ser y lo lamento tanto.

 

Hace ya casi dos semanas que llegó la triste noticia y he intentado ir posponiendo esta carta. Me siento culpable de que no haya llegado antes y no quiero decir adiós. Lo que sí que quiero decirte es que me queda muy claro que lo que escribió tu padre es una gran verdad: “Solo existen las cosas que no pueden perderse”. Las ideas, la literatura, la música, las personas como tú. Supongo que ahí reside la importancia de la fe y la bondad, mezcladas con ser alguien de propósitos.

 

Espero que sigas buceando acompañado de tu padre, los dos en paz en el Cielo. Mi más sentido pésame a todos los que te quieren y extrañan.

 

Un fortísimo abrazo,

Alex

 

Nueva York, 13 de abril de 2020

 
 
Nunca lo sabremos