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Voces / Para entendernos

¿Armonización horaria?

Consuelo León

Ya desde los años 90 diferentes países europeos han ido modificando el modelo horario tradicional, adaptándolo a las necesidades de conciliación de su ciudadanía y a la productividad de sus empresas. La política más emblemática fue la semana de 35 horas en Francia —ahora en entredicho por la reforma de Macron—; o la llamada fórmula “6 + 6”, de Finlandia; así como las diferentes medidas Work Life Balance promovidas por la UE y en las que el Reino Unido fue pionero. El modelo finlandés, por ejemplo, supuso la sustitución de un puesto de trabajo de 8 horas por dos de 6, lo que permitió mejorar los procesos de producción y mejorar las condiciones de trabajo de las personas cuya jornada semanal era como máximo de 30 horas.

 

En Cataluña, por el momento, la cosa sigue por otros derroteros: el estilo de vida es el más acelerado de Europa y, según los datos extraídos de la Encuesta de usos del tiempo de Cataluña realizada por el INE (2009-2010) y la Encuesta del empleo del tiempo (2010-2011), existen grandes diferencias con nuestros países vecinos, tanto en la organización de la vida cotidiana como en las horas de descanso, y también en los horarios laborales, comerciales, escolares y de ocio.

 

De hecho, los análisis comparativos entre el horario europeo y el catalán dan como resultado diferencias muy notables y desde luego mejorables:

 

– El horario catalán se diferencia del europeo por un retraso en todas las actividades cotidianas, fundamentalmente debido a la duración de la pausa del almuerzo y, por tanto, del alargamiento de la jornada laboral hasta tarde.

– Esto último conlleva menos horas de sueño y aumenta el nivel de estrés, lo que redunda en un empobrecimiento de la salud de la población en general.

– Los comercios se adaptan al horario laboral de la población y cierran dos horas más tarde que en el resto de Europa.

– El total de horas lectivas en las escuelas es similar al europeo, pero se diferencia en la distribución de los días festivos dificultando la convivencia de las familias.

– El ocio y el entretenimiento se alargan como media hasta las 11 o las 12 de la noche, también en detrimento de las horas de sueño y del rendimiento laboral y educativo.

– Si se observan los horarios de las principales cadenas de los países europeos, encontramos que la hora de inicio del prime time en Europa son las 20 h. En cambio, aquí son las 21 h y termina dos horas más tarde.

– La mayoría de empresas catalanas reconocen la importancia de incorporar medidas para la flexibilización horaria, pero solo un 12% las aplica.

 

Este panorama pide una reflexión profunda, que acerque de verdad al llamado Objetivo 2025 —cuya finalidad es doble: reducir las horas extraordinarias y acortar o compactar la jornada—, al que quiere llegar el gobierno catalán, a través del Pacto Nacional para la Reforma Horaria suscrito por UIC Barcelona, junto a 110 entidades más que representan el tejido de la sociedad civil catalana.

 

No obstante, no se escapa a nadie de nosotros que el reto no es nada sencillo. Conseguir esta doble finalidad supone crear sistemas de control personal del tiempo que tengan en cuenta los calendarios anuales de la empresa que pretenda implantar sistemas de flexibilidad. Estos temas, además, deberían estar presentes en los convenios colectivos. Otras de las medidas más valoradas y demandadas por los trabajadores son flexibilidad horaria de entrada y salida del trabajo y la obtención de días o horas para asuntos propios. En definitiva, al abordar la distribución irregular de la jornada habrá que tener en cuenta no solo las exigencias productivas, sino también las necesidades de conciliación de la vida personal, familiar, formativa y laboral.

 

El citado pacto para la reforma horaria también pretende estimular el teletrabajo, modalidad laboral que no debería repercutir ni en el nivel retributivo proporcional ni en la carrera profesional de las personas. La negociación colectiva debería prever la regulación de bolsas horarias que permitan a las empresas dar respuesta a las necesidades productivas puntuales y, a la vez, favorecer que las personas trabajadoras puedan utilizarlas en servicio de su vida personal, familiar y formativa. Para ello, lo ideal sería introducir medidas de gestión flexible del tiempo de trabajo en la negociación colectiva y favorecer la jornada continuada siempre que el sector y el puesto de trabajo lo permitan. Este planteamiento supone que, con objeto de reducir los tiempos de desplazamiento al trabajo, se pongan en marcha planes de desplazamientos sostenibles que afectarían indirectamente al nivel de siniestralidad, a la calidad ambiental y a la reducción de costes.

 

Todo ello es un cambio de costumbres que, estoy convencida, repercutirá para bien en la sociedad catalana.

 

* Consuelo León es Directora del Observatorio de Políticas Familiares, Instituto de Estudios Superiores de la Familia (UIC Barcelona).

 
 
Una torpe vía