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Voces / Para entendernos

Atajos

Javier Junceda

Los atajos son cosa de la infancia. Todos los hemos utilizado en nuestros veraneos para llegar antes a los sitios de nuestras correrías. Algunos entrañaban riesgo, pero era siempre calculado: apenas unos rasguños ocasionados por las zarzas, unos picores de ortiga o alguna pisada en pequeñas ciénagas que la mente del niño convierte en aguas movedizas repletas de carnívoros cocodrilos. Estos atajos eran y son entrañables, emocionantes, formativos.

 

A medida que avanzamos en edad, vamos descubriendo atajos diferentes, desde luego menos gratos y edificantes. Algunos los padecemos en época escolar. Otros, en la etapa universitaria o laboral. Se caracterizan por el intento de llegar antes a un lugar, posición, cargo, empleo, función, premio, honor o lo que sea, sin recorrer el itinerario que todo el mundo transita para lograrlo –con esfuerzo, dedicación y méritos objetivos–, sino a través de subterfugios, artificios, trampas y otras trapacerías y maquinaciones. Para el “atajista”, el fin justifica los medios, y para lograrlo no acostumbra a escatimar en medios, propios o ajenos (de esta última versión conozco casos muy cercanos, por cierto).

 

El problema del atajo no es el ardor de sus practicantes. Lo es principalmente de quien no lo ataja, valga el juego de palabras. Quien debe velar porque se mantengan los cauces generales y objetivos para llegar a una meta concreta es el responsable directo de evitar que se acceda por vías diferentes y quien ha de responder si lo tolera o lo facilita. Siempre ha existido y existirán estas intenciones en determinadas personas, pero siempre han existido también controles de calidad para impedir que lograran sus propósitos. Hoy, no estoy muy seguro de que sigan funcionando con demasiada eficacia.

 

Lo que en el fondo gravita en el atajo es el desafío a la justicia. Conseguir algo sin merecerlo objetivamente, sin ganárselo como todo quisque lo gana mediando perseverancia o talento, es una muestra colosal de injusticia, con perniciosos efectos sociales. Y esto se aplica también a una singular especie de “atajistas” caraduras que este pasado verano he vuelto a detectar: aquellos que descansan en agosto como lo hace quien se pasa el año trabajando a destajo pero sin haber dado un palo al agua durante ese tiempo. Me refiero al vividor que disfruta la temporada estival sin merecer descanso alguno, entre otras cosas porque su trabajo consiste precisamente en descansar a tiempo entero de enero a diciembre. Como es natural, estos ciudadanos están en su completo derecho de hacer lo que estimen más conveniente, de igual modo que a mí me asiste el derecho de considerar que lo que hacen constituye un solemne atajo, en este caso por tratar de conseguir algo (un descanso anual), sin pasar antes por el requisito previo (la fatiga laboral).

 

Cerremos el paso a los atajos, en sus diversas variantes, o al menos denunciemos su existencia, para que el botín resulte amargo a sus peculiares usuarios.

 

* Javier Junceda es el decano de la Facultad de Derecho de la UIC