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Voces / Para entendernos

A 25 años de la caída del muro (1)

Salvador Aragonés

El acontecimiento histórico más importante e impresionante de la segunda mitad del Siglo XX fue la caída del Muro de Berlín, de manos de los propios habitantes de la Alemania Oriental comunista llamada también República Democrática Alemana. La caída del Muro de Berlín es un hito histórico que simboliza la caída de los regímenes comunistas del Este de Europa y la recuperación de la libertad, ahogada por el totalitarismo comunista, de países como Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia, Rumanía, Estonia, Letonia, Lituania, Rusia, Ucrania, Albania y los países asiáticos ex soviéticos.

 

Como dice Luigi Geninazzi (La Atlántida Roja, 2014), corresponsal en los países comunistas en aquellos momentos, el Muro no cayó, sino que “lo derribaron” los defensores de la libertad. La caída del muro es un hecho simbólico que marca en realidad la caída de los regímenes totalitarios comunistas del centro y este de Europa. El Muro de Berlín cayó porque la revolución sindicalista en Polonia había vencido al Estado que –paradojas de la historia— llevaba el apellido de “Obrero” y construido para los “obreros”, es decir al comunismo. El líder de este movimiento, un luchador obrero, un electricista de los astilleros de Danzig, Lech Walesa, fundador y líder del sindicato Solidarnosk, quien hizo de la solidaridad obrera su bandera, sin rencores, ni odios para nadie, ni siquiera para sus propios carceleros y torturadores, y sin violencia. Él venció al régimen totalitario de la mentira y del odio, pacíficamente, simplemente con la defensa de los derechos humanos y sindicales de los trabajadores.

 

Si Walesa fue el brazo ejecutor, el que impulsó y alentó la rebelión pacífica frente al comunismo fue el papa Juan Pablo II, autor espiritual e intelectual de la misma, quien al inicio del pontificado dijo. “¡No tengáis miedo, no tengáis miedo de seguir a Cristo!”. Walesa –que llegó a presidente de Polonia– propone, en un reciente artículo la solidaridad entre los estados que es la vía pacífica para eliminar los desequilibrios económicos. El ingreso de Ucrania a Europa –dice Walesa– comportará sacrificios a la agricultura en Italia y Polonia (y yo añadiría en España y Francia). ¿Cómo puede ser un mundo sin solidaridad entre los estados? “Sobre las ruinas del comunismo –añade el expresidente polaco– ha nacido un capitalismo de nuevo cuño, totalizante y agresivo: ¿es posible una economía de libre mercado que no sea sinónimo de egoísmo e injusticia social?”. ¿Cuáles son los pilares de la nueva democracia?, son preguntas sin respuesta todavía hoy.

 

Un vacío histórico

 

Los españoles tenemos un vacío histórico: no haber vivido el nazismo, ni la Segunda Guerra Mundial, ni la post guerra. Este vacío es más profundo en quienes no han vivido en algún país europeo en los últimos 60 años. A un joven español si le preguntas por “la guerra” entiende la guerra civil española, cuando la Segunda Guerra Mundial fue muchísimo más importante y llenó campos y llanuras europeas de cadáveres. No ignoran el nazismo, ni los campos de concentración nazis, ni el holocausto, ni la partición de Europa en los acuerdos de Yalta (1945) donde el astuto Stalin, el dictador soviético, supo sacar la mejor parte, anexionándose los territorios que luego sería “liberados” por los defensores de la libertad. No lo ignoran, porque lo han leído y lo han visto en películas, y por eso les parece que hay algo de ficción. No haber vivido este pedazo de historia coloca a muchos españoles, portugueses y latinoamericanos en off-side ante la segunda mitad del siglo XX y principios del siglo XXI, en Europa.

 

Este vacío histórico hace que estos países sean poco críticos con el comunismo, pues fueron los comunistas los principales artífices de la oposición al régimen de Franco, y a las dictaduras portuguesa y latinoamericanas. Por eso ignoramos lo que pasó detrás del telón de acero y lo que sabemos está dulcificado por el tamiz de una izquierda marxistizante. Todavía hoy en esos países se cree que el comunismo europeo no fue tan cruel como lo pintan quienes lo vivieron.

 

La causa comunista tuvo muchos adeptos, incluso entre católicos.  Al respecto recuerdo un concierto en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en 1988, poco después de ser proclamada esta ciudad sede Olímpica para 1992, de la Orquesta Sinfónica de Berlín-Este (comunista) que interpretó el “Himno de la Alegría” de Beethoven: hizo llorar a los asistentes, entre los que estaba Juan Antonio Samaranch, porque era más bien “Himno de la tristeza”. La orquesta ya vivía el preludio de la caída del Muro de Berlín y fue contratada por el ayuntamiento socialista de Pasqual Maragall, ignorando el cercano final del imperio soviético. Para la izquierda de estos países el “socialismo real” practicado por los comunistas en Europa, tuvo errores pero no se ha condenado el sistema totalitario globalmente. Hoy vivimos las consecuencias.

 

* Salvador Aragonés es doctor en Periodismo y profesor emérito de la UIC. Fue corresponsal en Roma de Europa Press.

 
 
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