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Voces / Para entendernos

A 25 años de la caída del muro: la única revolución pacífica

Salvador Aragonés

De las grandes revoluciones de la Edad Contemporánea, la única revolución pacífica que no generó odio, ni venganzas, ni violencia, fue la que tumbó el poder totalitario comunista. Esta revolución se llevó a cabo sin el jacobinismo francés que derivó en “el Terror de Robespierre” (1793-94), durante la Revolución Francesa, y sin el asalto al Palacio de Invierno de Rusia en la Revolución de Octubre de 1917, que derivó en el terror de Stalin, con sus purgas y la esclavización de pueblos como Ucrania, Checoslovaquia y Hungría, entre otros. Ahora vivimos la revolución islámica –del Estado Islámico–, que llena de cadáveres allá donde pisa.

 

El pacifismo de la revolución se demuestra por el hecho de que todos los jefes de estado de los países comunistas, salvo Rumanía, murieron de muerte natural. Así, el presidente de la República Democrática Alemana, Erich Honnecker, se exilió y murió en Chile de muerte natural; el dictador general Wojciech Jaruszelsky, polaco,  ha fallecido en su país este año, a los 90, y nunca fue condenado por lo que hizo; lo mismo ocurrió en Hungría con Janos Kadar; en Albania con Ramiz Alia, que sufrió una condena de solo tres años; en Bulgaria, con Todor Zhivkov, que murió en su casa de Sofía a causa de una neumonía; el gran perseguidor de los católicos, Gustav Husak de Checoslovaquia, sucesor de Alexander Dubcek, que murió en Praga en 1991, a los 78 años, convertido al catolicismo al final de su vida por mediación de su hermana; y un largo etcétera. El propio Mijaíl Gorbachov, vive hoy en Rusia, fue el que quiso abrir una puerta a la democracia y esta terminó por engullirlo.

 

En la Europa del Este hay dos salvedades a la revolución pacífica: la de Rumanía, que no fue una revolución sino una especie de golpe de estado montado por los propios comunistas contra el todopoderoso Nicolae Ceausescu (ejecutado junto a su esposa el día de Navidad de 1989), y la de Yugoslavia, un “país” artificial compuesto por numerosas etnias, lenguas y religiones, creado por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial y que tras la dictadura comunista de Josip Broz Tito (1980) sus sucesores no supieron o no pudieron mantener la compleja unidad y el país quedó troceado: todavía hoy subsisten las heridas de las guerras entre los territorios de la antigua Yugoslavia.

 

Son varios los historiadores que han analizado, desde distintos ángulos, la caída del comunismo. Walesa dijo que un 50 por ciento se debe al desafío moral y religioso lanzado por el papa Juan Pablo II; otro 25 por ciento al presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan; y otro 25 por ciento repartido entre Mijaíl Gorbachov y las luchas obreras de Solidarnosc. El mismo Gorbachov atribuya una parte “esencial” a Juan Pablo II la caída del comunismo (M. Gorbachov, Memorias, 1985, y S. Aragonés. Los papas, Italia, el comunismo, 2012).

 

Al Papa, hoy santo, lo quisieron asesinar en plena plaza de san Pedro de Roma, el día 13 de mayo de 1981, fiesta de la Virgen de Fátima. Se salvó de milagro y su convalecencia duró meses. El Papa perdonó desde el primer momento a quien atentó contra su vida, el terrorista turco Mehmet Ali Agca –véase L’Osservatore Romano del 14 de mayo de 1981–, a quien visitó en la cárcel. Fue la Virgen de Fátima, según la tradición, la que predijo que, si el mundo rezaba, antes de acabar el siglo XX caería el ateísmo de Rusia. El año de las apariciones de Fátima, 1917, tuvo lugar la Revolución de Octubre en Rusia. Vaclav Havel, un no creyente que lideró la revolución en Checoslovaquia, afirmó que la caída del comunismo fue “un milagro”. De hecho nadie creía ni esperaba la caída del imperio más fuerte del mundo junto al de los Estados Unidos. Solo Juan Pablo II sabía, o al menos así lo cuenta su biógrafo George Weigel, que el imperio soviético tenía los pies de barro: lo conocía desde dentro. Juan Pablo II contó, en Memoria e Identidad (2005), que su mayor preocupación durante el proceso liberador de los pueblos europeos bajo régimen comunista fue que no estallara otra guerra mundial. Varios analistas de la época afirman que la Unión Soviética no quiso, ni podía, hacer frente a la crisis polaca, por el desgaste moral, económico y militar que le produjo la invasión de Afganistán.

 

Una anécdota personal para terminar. Siendo corresponsal en Roma el 16 de octubre de 1978, y mientras los cardenales estaban reunidos en Cónclave (que eligió al papa Wojtyla), me encontraba en la plaza de san Pedro con Mons. Bogumil Lewandowski y un grupo de cinco personas, mientras esperábamos la “fumata”. Hablábamos del futuro Papa aún desconocido y Mons. Lewandowski dijo: “En Polonia hemos rezado mucho para que antes del año 2000 caiga la dictadura comunista”. Lo tomamos a broma pues pensábamos –todo el mundo lo pensaba– que el comunismo duraría muchos, muchísimos años. Al poco rato salió elegido el nuevo Papa. Fue un papa polaco: Karol Wojtyla.

 
 
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