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Voces / Para entendernos

Cartas de hijos a padres

David Senabre

Cada diez años todos los padres deberían recibir una carta de sus hijos. Cada diez años dicen que cambiamos –para mejor. Que subimos un escalón más en la altura moral. Que vamos situando el mundo, y a nosotros en él, de otra forma, posiblemente más equilibrada. Que nuestro “ser” y sus circunstancias adquieren más profundidad. Que sabemos con más claridad qué queremos, y aquello que no. Dicen que cada diez años hacemos balance de nuestras vidas de forma inconsciente. Si esto es así, nuestros padres no deben perderse los cambios. Debería nacer en nosotros la necesidad de contárselo. Porque cada escalón que subimos es, también, un agradecimiento a ellos.

 

Pasamos gran parte de nuestra vida escuchando decir, con tono peyorativo, que hay hijos enmadrados, aferrados a las faldas del gineceo matriarcal. Que hay hijas que no son capaces de emanciparse mentalmente de su familia. Que eso no puede ser bueno. Que hay que romper lazos, barreras y fronteras, y salir a la vida que nos corresponde. Que lo otro forma parte de generaciones ya caducadas. Que la maduración se forja también con la distancia de los padres, de sus juicios y opiniones, muchas fuera de la órbita actual. Que somos libres de tomar decisiones y ninguna tiene por qué consultarse a los padres. Que abandonar el nido es ser adulto. Que hacerlos partícipes sólo puede significar una incapacidad para tomar decisiones por nosotros mismos y, en consecuencia, sólo denota que somos inmaduros. Incluso nos infantilizamos. Lo peor.

 

Esas percepciones asumen como algo negativo que, en medio de nuestra etapa de la independencia o de nuestras vidas asentadas, puedan seguir estando las figuras de los padres presentes y partícipes. Se han ideado miles de chistes y bromas sobre suegras y yernos. En el genoma del humor no faltan nunca estas cuestiones. Tienen que ver con la chanza respecto a las relaciones y parentescos, pero también con esa cuestionable percepción de que es mejor la distancia, a partir de cierta edad.

 

Cada diez años todos los padres deberían recibir una carta de sus hijos en la que pudieran leer, por lo que allí les contemos, que todo esto no es cierto. Que perdonen si en algún momento pudieron llegar a pensarlo. Que gracias a cómo fueron y son hemos forjado nuestra propia identidad. Que no lo olvidamos ni nos olvidamos de ellos. El triunfo en la vida también debería medirse por la capacidad de amar a los padres, con obras y razones. Esa carta tendría que servir para hacer balance. Con esa misiva deberíamos aprovechar para purgar actitudes egoístas.

 

Esas líneas escritas deberían parar nuestro tiempo para  ver con claridad si las metas trazadas tenían de verdad sentido. La carta sería un monólogo que se convertiría en diálogo, porque casi al exponerles nuestros avances podríamos oír su voz, al leerlos, respondiendo y opinando sobre ellos. Quizá esta sea la clave. Que los padres siempre tienen una respuesta cabal. Y que admitir que es cabal cuesta mucho. Que sus opiniones filtran y matizan siempre las acciones de los hijos, pero muchas veces, por prudencia, no lo manifiestan, ni lo escriben. Pero elucubran.

 

Porque los padres nos piensan, siempre, y con la claridad que corresponde a su “ser” silencioso sintiéndose padres. En ellos el silencio no es una reprobación sino una forma de benevolencia respetuosa hacia nuestras decisiones. Si escribimos esas cartas, obtendremos respuestas. De muchos tipos. La experiencia les permite sustituir la urgencia de opinar por una muestra de amor calmada. Esperan nuestras cartas.