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Voces / Para entendernos

El ciudadano frente a la smart city

Elisabeth Rosselló

La smart city es promesa de futuro y de presente. Bajo un discurso cada vez más dominante en el que la tecnología es la gran solución –incluso para los conflictos democráticos (se habla de tecnologías “democratizadoras” por sí mismas, por ejemplo)– parece que la promesa de una ciudad repleta de sensores y controladores gestionados automáticamente bajo las premisas de programas big data que ofrezcan soluciones instantáneas –el solucionismo del que cada vez se habla más–, es la utopía perfecta.

 

Sin embargo, a tenor de las primeras andaduras de ese modelo de ciudad inteligente, algo no está funcionando. Se amplían o se reproducen desigualdades, y las soluciones que en ocasiones ofrecen muchas de estas tecnologías lo mismo ya no son tan smart.

 

Desde hace unos años han surgido no pocas críticas, y críticos, así como cada vez más propuestas que tratan de mejorar el “hecho urbano”, las ciudades, con las posibilidades tecnológicas. Algo comparten en común: la tecnología tiene un papel, pero no son el centro de las soluciones, ni siquiera la herramienta principal para muchas situaciones.

 

En 2014, Bruce Sterling remarcó en el Fab10 de Barcelona un hecho importante sobre gran parte del modelo smart city: muchas de las tecnologías que gestionan estas ciudades tienen sede de control, o al menos de diseño, en otras ciudades, otros lugares, alejados de éstas y sus realidades, mediante modelos prefabricados que cuando fueron ofrecidos a las ciudades interesadas lo mismo tenían tres, cuatro o cinco diferentes propuestas (no) personalizadas.

 

¿Qué significa una ciudad? ¿Qué significa lo urbano? Son preguntas clave que no se responden con un tuit de 140 caracteres, ni un elevator-speech. Ni siquiera por una sola persona, o un solo tipo de experto. Porque una ciudad es mucho más que muchos individuos viviendo juntos, o un amasijo de cemento, hierro y asfalto. Sin las personas formando grupos sociales como vecindades y comunidades, no hay ciudad.

 

Saskia Sassen decía que una ciudad es un sistema complejo y sobre todo incompleto, que es lo que permite que se perpetúen: el constante cambio (su posibilidad y habilidad) en función de sus necesidades, que cambian a lo largo del tiempo y difieren entre ciudades. No es casualidad pues, que el movimiento Smart Citizen –como se suele llamar a la contrapropuesta o al movimiento de resistencia– base gran parte de sus propuestas en el estudio de las necesidades locales, el trabajo en red y colaboración desde los propios ciudadanos, y en abierto u open source / open data. Un laborioso trabajo hacia la “inteligencia colectiva”.

 

No son movimientos en contra de usar nuevas tecnologías, todo lo contrario. Se sirven de las posibilidades que éstas presentan –como los sitios de redes sociales y los servicios de mensajería instantánea en el móvil–, para organizarse y difundir la información necesaria y útil; generan plataformas propias que se coordinan entre lo físico y lo digital recíprocamente, y se apuesta por otro tipos de nuevas tecnologías, no necesariamente de la información y la comunicación, para acercarse a soluciones, siempre que sea necesario, como por ejemplo para la gestión de jardines y espacios públicos o comunes.

 

Cuando dicen smart, ¿significa inteligente o tecnologización?

 

Las políticas de smart city vienen usualmente empujadas por los intereses de algunas de las corporaciones más eminentes de las TIC. Su visión, o “propuesta de valor” hacia los ayuntamientos e instituciones públicas decisorias, parte de que las ciudades del futuro, y ya del presente, deben ser eficientes y productivas en todas sus esferas. Además, uno de las modos más eficientes debe pasar por recolectar muchos datos desde todos los espacios públicos, pasarlos por uno o pocos centros big data, en los que además existe la posibilidad de presentar softwares que generen propuestas de “soluciones”, tras previo análisis de los datos y pronóstico de eventualidades en virtud a algoritmos previamente introducidos (basados en formulaciones generalistas de lo que ocurren en las ciudades, en un plano social; no del carácter y los patrones sociales propios de cada ciudad). Podemos encontrar soluciones para la seguridad (mediante videovigilancia y softwares de reconocimiento), tráfico, turismo, sanidad, etcétera.

 

Las políticas centralistas, solucionistas y tecnodeterministas tan características de las smart cities han generado tensiones, como ya comentaba. Especialmente a partir de esta década, han aparecido numerosos manifiestos que reclaman una gestión más “glocal” y local, estudios por parte de investigadores y universidades que observan la reducción del ciudadano a un mero prosumidor y, tras los movimientos municipalistas y las movilizaciones de resistencia como 15-M u Occupy, han surgido experimentaciones y nuevas (e incluso viejas) prácticas orientadas hacia la gestión de los espacios urbanos por los propios ciudadanos, y al reclamo de derechos de control y sobre todo decisión para cada uno de los urbanitas.

 

Ello pasa incluso por una política open data o de los datos generados por las smart cities abiertos a cualquier ciudadano (bajo previas sesiones informativas y formativas, que no son accesorias), y no a regalar los datos solamente a las empresas, como algunas ciudades están considerando lo “open”. Pero también pasa por un debate que tiene lugar tanto dentro como fuera de Internet, sobre el significado de lo público, lo privado y lo común.

 

* Elisabet Roselló es consultora e investigadora cultural independiente (elisabetrosello.com)