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Voces / Para entendernos

¿Cuánto vale una vida?

Enrique Banús

7 de junio de 2014: tres experimentados espeleólogos, bien preparados y bien equipados, se adentran en la cueva Riesending, en los Alpes alemanes, que tiene una profundidad de 1.148 metros y más de 19 kilómetros de longitud. En buena parte la descubrió uno de ellos, Johann Westhauser, que lleva más de diez años investigándola en su tiempo libre: trabaja como técnico en la universidad. Al día siguiente se desprenden rocas en la cueva que lesionan gravemente a Westhauser en la cabeza y el tronco. Uno de sus compañeros tarda doce horas para salir a la superficie y pedir ayuda.

 

El 9 de junio llegan cuatro rescatadores al lugar del accidente y comprueban que está seriamente lesionado. Van llegando equipos internacionales. Al final habrá personas de Alemania, Austria, Suiza, Italia, Croacia… Dos médicos llegan hasta él, lo atienden y comprueban que lo pueden mover.

 

Y comienza una odisea: tiene que ser transportado, en una camilla muy especial, a través de pasos estrechos, pasillos enfangados, y haciendo ascensos en vertical de cientos de metros. Los equipos se van turnando: quince personas van cada vez con él, siempre algún médico. Instalan cables, guías, apoyos. Para que la camilla suba las paredes verticales ellos mismos se cuelgan arriba y hacen contrapeso. Todos son expertos muy experimentados; todos se conocen. Han pedido permiso en su trabajo, se han tomado vacaciones.

 

Cinco días tardaron en ponerse en marcha, otros seis días duró el camino de vuelta. Fuera esperaba un equipo médico, un hospital de campaña y un neurocirujano preparado para bajar a la cueva si hiciera falta. Un total de 728 personas estuvieron involucradas, 202 entraron en la cueva.

 

El 19 de junio a las 11.44 h salen por fin de la cueva, llevando al herido, que de inmediato es trasladado a un hospital.

 

Mientras esto sucede, en otros países —Perú, por ejemplo— casi todos los días desayunamos con un periódico que nos cuenta, no en portada, sino en un sitio perdido en páginas interiores, que se han producido dos o tres muertes violentas: ajustes de cuentas casi siempre, probados o probables. Dicen que por cien o dos cientos soles —o sea, treinta o sesenta euros— hay sicarios que se ocupan; dicen que están formando incluso a menores de edad en ello. Otros mueren en un atraco o en una pelea o defendiendo a alguien. Y nadie sale a la calle a protestar, nadie se altera: la vida de la inmensa mayoría no se ve afectada, sigue as usual, mejorando poco a poco. Acaba de tomar posesión el quinto o sexto ministro del Interior en tres años. Éste, al menos, ha reconocido que hay un problema de seguridad. Uno de los anteriores todavía dijo que era una cuestión de percepción.

 

¿Cuánto vale, en verdad, una vida humana?

 
 
Rápido, rápido…