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Voces / Para entendernos

A vueltas de nuevo con la eutanasia

Josep Argemí

La muerte por suicidio asistido vuelve a poner a la palestra el tantas veces reiterado debate sobre la eutanasia.  Estamos entrando en un in crescendo de discusiones al respecto en los medios, y pienso sería bueno poner el foco en dos tipos de consideraciones distintas pero complementarias.

 

En primer lugar es necesario ponerse de acuerdo en los aspectos conceptuales y lexicográficos. Los argumentos a favor y en contra de una ley reguladora de la eutanasia (o “muerte digna”) son a menudo confusos porque las bases conceptuales no son claras y porque la motivación ideológica o emocional que hay detrás de esta no permite un debate racional y sereno.

 

Por otro lado, si llegamos a la conclusión de que hay que regular de alguna forma el “derecho a una muerte digna” sería bueno que revisáramos la experiencia de otros países de nuestro entorno que nos llevan unos años de adelanto en experiencia legislativa y jurídica.

 

Empezando por el primer aspecto, hay que tener en cuenta que a menudo lo que fundamenta el desacuerdo entre partidarios y contrarios a la eutanasia no son tanto los argumentos racionales como las emociones y las subjetividades. En efecto, muy pocos serían capaces de apoyar como deseable o admisible que alguien, un ser querido, tuviera una muerte precedida de dolor y sufrimiento. De ahí que, si “eutanasia” significa etimológicamente tanatos –muerte– y eu –del griego “buena”, “adecuada”, “equilibrada”, “serena”–, a priori, todos estaríamos de acuerdo en defenderla. Esto es, al fin y al cabo, lo que pretende la medicina paliativa, cuyo desarrollo en nuestro país ha alcanzado altas cotas de prestigio internacional por su excelencia. De hecho, tanto en los casos recientes, como en los anteriores, lo que se destaca es este aspecto de la eutanasia y del suicidio asistido.

 

Sin embargo, el núcleo de las discrepancias con los partidarios de la eutanasia está en el cómo se consigue el objetivo de una “muerte digna”: provocando la muerte del paciente; no estamos hablando, por lo tanto, de si la gente debe o no morir dignamente y sin dolor, sino de qué método proponemos, para aliviar este trance: terapia paliativa –supresión del dolor y apoyo psicológico y moral– o, simplemente, provocarle la muerte o facilitarle el suicidio.

 

Si somos capaces de centrar el debate en este punto y lo despojamos de accesorios interesados –como el encarnizamiento terapéutico y extremas posturas ideológicas– es posible que lleguemos a alguna conclusión que favorezca realmente el bien común, objetivo final de la política correctamente entendida. Podremos hacernos preguntas tan substanciales como: “¿Es propio de la medicina provocar la muerte de un paciente?”; o: “Cuando un paciente dice que quiere morir, ¿está pidiendo realmente la muerte o, en cambio, pide que le ayuden? ¿Cómo evitar que se practiquen eutanasias en contra de la voluntad del paciente? ¿Cómo hacer prevalecer el bien del paciente por encima de intereses foráneos, ya sean de una familia cansada de cuidarle, de una administración pública apurada por las deudas o del colectivo médico?”.

 

Por lo que respecta a la segunda consideración –el camino recorrido por otros países que ya legalizaron la eutanasia hace años– el ejemplo más paradigmático es Holanda. De hecho, hay muy pocos ejemplos más, porque la inmensa mayoría de los países avanzados han renunciado a regularla, a tenor precisamente de la experiencia holandesa.

 

En efecto, si uno analiza el contenido de la ley holandesa –o la belga o la de Luxemburgo–, independientemente de si se está de acuerdo o no en los fundamentos éticos de la misma, observará la preocupación del legislador por evitar abusos en la práctica de la eutanasia: delimitación de los casos en que puede ser aplicada, necesidad de la reiterada solicitud por parte del paciente, informes previos y requerimiento de un informe médico a posteriori… La realidad, reflejada en diversos informes y recogida en el libro Seducidos por la Muerte (Planeta), de Herbert Hendin, o en el más reciente Cita con la muerte, de Etienne Montero, es bien distinta.

 

En los últimos años, la práctica de la eutanasia se ha visto progresivamente confinada al arbitrio casi exclusivo del colectivo médico, llegándose de nuevo a un “paternalismo médico” del que creíamos haber salido con el desarrollo de la moderna bioética y el reconocimiento de la autonomía del paciente: el médico es, en muchas ocasiones, quien decide a qué paciente y cuándo se le debe practicar la eutanasia, sin que se den, ni antes ni después, los requisitos previstos por ley y mencionados anteriormente. Es más, al profesional que discrepa de estas prácticas se le silencia o se le margina.

 

¿Es esto lo que queremos para nuestro país?

 

* Josep Argemí Renom es catedrático de Pediatría. Director del Instituto de Estudios Superiores de Bioética, Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. Rector emérito de la UIC.