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Voces / Para entendernos

¿De verdad no protegemos a personas, cuando sí protegemos animales?

Javier Junceda

El derecho ambiental ha sido y es una de mis principales líneas de trabajo. Siempre me cautivó esta rama jurídica por el alto contenido ético que encierra, el de la protección de los indefensos bienes naturales que, durante largos siglos, las leyes consideraban res nullius, o cosas de nadie. Venturosamente, los ordenamientos de medio mundo han acogido con el tiempo un generoso catálogo de disposiciones que blindan a la flora y fauna y que castigan de forma justa los atentados a esa biodiversidad, ya sea desde su concepción misma y ya se trate de plantas o animales de propiedad privada. Es decir, cualquier dueño de un robledal no puede acabar con él a su antojo, ya que si así lo hace el derecho le reservará una sanción, incluso penal. Igual desenlace esperará a quien, siendo propietario de animales, les maltrate, les mate o les impida nacer o vivir. Insisto, además, que la tutela jurídica alcanza en estos casos a la vida animal o vegetal desde su concepción misma o incluso antes, preservando áreas para que no se alteren los hábitats en los que han de desarrollarse o recuperarse estas especies.

 

Me parece de toda lógica que toda esta estrategia de defensa de la vida natural debiera extenderse a la vida humana, tanto a la que ha sido concebida y no nacida como a la que ya ha nacido, pero con problemas físicos o psíquicos. No comprendo el motivo por el que el amparo que la ley brinda a un cachorro de un setter irlandés que haya nacido con una alteración no se puede extender a un niño nacido con malformaciones, y digo esto al hilo de la abracadabrante ley belga que permite eliminar la vida de estas pobres criaturas.

 

Concepciones morales al margen (en el bien entendido que tal cosa pueda ocurrir en este asunto tan grave y delicado), el propio sentido común ha de conducir a trasladar la tutela ecológica a todo género de vida, humana, animal y vegetal, y atajar con ello cualesquiera menoscabos o amenazas que padezca incluso antes de su concepción y hasta que los procesos espontáneos vitales cursen hacia su final natural, el llamado ciclo de vida. Escribir esto tan elemental me resulta extraño, pero es que el contexto social actual de banalización de la vida, creo que lo aconseja.

 

Defender la vida no admite excepciones. Y si defendemos a las ballenas, al lince o al tejo, con igual o mayor razón lo habremos de hacer con quién se llama o se llamará Alicia, Pepe o Paco, haya nacido cojo, tuerto o mudo. ¿No lo haríamos con el cachorro de Bobby, nuestro pastor alemán?…

 

 

* Javier Junceda es el decano de la Facultad de Derecho de la UIC