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Voces / Para entendernos

Desmontando al caradura

Javier Junceda

En un contexto como el actual, presidido por la ausencia de criterio y la compresión ciudadana hacia todo (sea bueno, malo o regular), el caradura campa a sus anchas. Hubo un tiempo en el que estos sujetos eran cuidadosamente ubicados entre los indeseables, lo que impedía sus maquinaciones. Hoy –cuando todo se admite, se tolera y se aplaude (aunque se trate de disparates, de atentados al buen gusto o de gruesas actitudes contrarias a la moral, a la ética y hasta la estética)–, el cara lo tiene a huevo para hacer de las suyas.

 

No respetar la cola de la pescadería o del avión encuentra ahora como reacción un ligero refunfuño de los afectados o a lo sumo pequeños comentarios molestos al de al lado. Pero sin pasar de ahí. Nada de advertir al sinvergüenza de sus prácticas, porque ello es meterse en camisas de once varas y es además conducta propia de radicales, algo de lo que se debe huir en aras de una sociedad guay del Paraguay. Y, mientras eso ocurre, el caradura se acaba de hacer con el último salmonete que queda y con el mejor sitio en el maletero del Airbus.

 

Como sucede con quien usa y abusa del atajo para conseguir las cosas, al carota le guía idéntico objetivo: desafiar a la justicia y reírse del prójimo en su propia jeta. Queda claro que en ambos casos el propósito es llegar como sea a lo que se ansía, pero sin pasar antes por las reglas elementales que desde tiempos de los neandertales imperan aquí y en Pernambuco.

 

Esta desfachatez admite múltiples variantes, imposibles de resumir aquí. El vividor, por ejemplo, acostumbra a organizar su tinglado a costa del semejante, en especial del tonto útil con mayores o menores medios y que encuentra disponible en un preciso momento. Nada de buscarse las lentejas por sus propios recursos. Y nada de acomodar su nivel de vida al que es capaz de lograr por sus propias fuerzas: vivir del cuento hasta que aguante la maquinaria o se despierte la ballena y se desembarace por fin de la rémora que le parasita en su bajo vientre. El binomio caradura-bobo solemne alcanza ya cotas históricas. Como el precio del percebe.

 

No es tampoco infrecuente el caradura que envuelve su morro en buenismo o en victimismo. Esta especie es sin duda la más antipática, porque a su ímpetu desvergonzado se une su convencimiento íntimo de que quienes le rodean somos unos imbéciles redomados. Este caradura, tan bien parodiado en las películas españolas de la transición, continúa haciendo de las suyas, colocando a sus hijos con familiares para irse de fiesta o aprovechándose de lo ajeno en beneficio propio, pero todo ello siempre en plan love and peace, amigos para siempre y todos contra el fuego.

 

Con decisión, hemos de unirnos para atajar esta plaga. Mirar para otro lado, contemporizar, nunca ha ayudado en ese propósito (diría que en ningún otro): el caradura debe saber que lo es, con todas sus letras, y eso debe servirle de acicate para dejar de serlo. Pero si insiste, deberemos enfrentarlo como al mosquito tigre: avisando de su presencia y utilizando pesticida.