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Voces / Para entendernos

Baja natalidad. ¿Un problema estructural?

David Senabre

A raíz de las últimas noticias en la prensa sobre el envejecimiento de la población en España y la caída del índice de natalidad, han vuelto a suscitarse las mismas controversias que se estudiaban hace veinticinco años. Pero los demógrafos siempre lo habían advertido a los responsables de la gestión política. No debería sorprender.

 

Los factores que producen estos hábitos son enmarañados y están asociados a cómo interpretan las sociedades de corte occidental el denominado “estado del bienestar” y sus singularidades. Por una parte, los avances médicos posibilitan que muchas enfermedades asociadas con la vejez se hagan crónicas, pero no terminales. Los pacientes mejoran sus condiciones y ven alargadas sus vidas con calidad. Por otra, se produce un desplazamiento de más de diez años en la edad media de la mujer que decide ser madre.

 

Cercano a esta circunstancia, el número de hijos también ha ido sufriendo una progresiva disminución. Pero no es exclusiva de España. Ocurre en toda Europa y en países de modelos semejantes. El índice de reemplazo generacional –que la ONU sitúa en 2,1 hijos por mujer para asegurar ese trasvase de población y el sostenimiento de un sistema económico– ya no se alcanza en países como EE.UU. En España llegamos al 1,46 en 2008 y ahora es de 1,32 (sin contar madres extranjeras residentes aquí). Necesitaríamos que nacieran, de forma sostenida, casi un millón de niños al año para alcanzar esa cifra indicada por la ONU. Y sostenerla requeriría décadas.

 

Parece evidente –aun reconociendo la imposibilidad que tiene considerar un conjunto de factores muy diversos en estas pocas líneas– que el modelo social que nos hemos otorgado aquellos países “de corte occidental”, produce esta aterradora curva descendente. Y no hallamos solución. De hecho no sabemos si los modelos alternativos de algunos países, por ejemplo la subvención de los nacimientos, tendrán una continuidad demográfica real (en demografía, cualquier tendencia que se produzca durante menos de treinta años es irrelevante para la pirámide de edades).

 

Algunos políticos  propugnaban como solución posible la entrada masiva de inmigrantes. Así pareció ser en tiempos de bonanza y burbuja, pero la crisis económica los repatrió voluntariamente. Era lógico. La inmigración llega buscando expectativas de trabajo con las que fundamentar una vida nueva. Si éstas no existen, todo lo demás, tampoco. El problema es estructural y, como apunto, de una extraordinaria complejidad factorial. Pero las tendencias son las que son. Es la persona quien crea un imaginario de familia, muy particular, en un mundo competitivo, materialista, de un consumismo atroz, donde todo se mide por el dinero que cuesta mantenerlo.

 

Los debates abandonan el seno de la persona –porque las sociedades deciden actuar así– y se enfrascan en averiguar si será factible desde el punto de vista económico el sostenimiento de esta estructura; y si la jubilación debe colocarse aquí o más allá. Siguen enfrascados en pensar si cambiando el modelo de contratación llegaremos.

 

La pregunta introspectiva, podría ser: ¿qué razones llevan a escoger unos modelos de familia muy reducidos; incluso monoparentales? ¿Cuánta responsabilidad debemos atribuirle a un mercado de ofertas laborales de bajo coste, fagocitador, competitivo, que obliga a las personas a revisar viejos conceptos como realizarse, felicidad, éxito, generosidad, superación, desvistiéndolos de humanidad y adaptándolos con practicidad para hacer frente a un mercado laboral que les permitirá vivir al día…?

 

* David Senabre es geógrafo, profesor de la Facultad de Humanidades.