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Voces / Para entendernos

Docentes valientes

Meritxell Balcells

Tras la guerra civil que vivió nuestro país el siglo pasado, las escuelas, en general, se convirtieron en evidentes y eficientes plataformas de adoctrinamiento para unos alumnos que, lejos de ser individuos que formasen un todo, debían convertirse en ejemplares de un “producto” prediseñado para no llegar nunca a “molestar”. Las notas disonantes, las ideas diferentes o las inquietudes incómodas resultaban altamente desaconsejadas y toda muestra o señal de “desviación” debía ser rápidamente corregida o, incluso, eliminada.

 

Dentro de este marco, sin embargo, una serie de docentes, que se agruparían luego en escuelas, y a pesar de las trabas y de los peligros que el libre-pensar entrañaba, desempolvaron el modelo de los institutos-escuela que en Cataluña se implementó en los años veinte. Y lo hicieron no como un acto de rebeldía o alzamiento contra el régimen, sino por la convicción de que en todo individuo y, en concreto, en su singularidad, se pueden potenciar y descubrir aptitudes que puedan aportar mucho a la sociedad, y al mismo individuo al que, simplemente, se deja ser como es. Se enfocó la escuela como el lugar donde se potencia la realización de la persona, su crecimiento personal basado en sus características específicas, y no como un lugar donde se la edita y se la “poda” para que encaje mejor en un paisaje artificial.

 

Estos maestros, convencidos de su verdadera vocación, eran librepensadores de espíritu crítico, de mente abierta… Esos docentes de la postguerra que quisieron educar personas desde la libertad, desde el respeto y con responsabilidad fueron capaces de enfrentarse a la burocracia más rígida y a las normas más estrictas con la única intencionalidad de mantener mentes despiertas, pensadoras, críticas y respetuosas.

 

Hoy la situación es otra y, por tanto, los desafíos y trabas a que los educadores y docentes nos enfrentamos son otras. Pero la tendencia general parece no haber cambiado: quien decide sobre la educación no solo desconoce cuáles son las necesidades educativas reales, como antes, sino que, además, ahora ya ni siquiera le importa. Solo así se explica que, desde 1970, hayamos tenido la nada despreciable cantidad de nueve sistemas educativos diferentes “discontinuistas” y, para qué engañarnos, lo único a lo que parecen servir es a los caprichos electorales de los políticos y no al interés del ciudadano, y ni siquiera al general. Desde los centros educativos sufrimos los cambios de normativa y tampoco hacemos nada: el hecho de que haya generaciones que hayan pasado por tres sistemas diferentes ya ni siquiera nos escandaliza y nos quedamos callados. No escarmentamos.

 

Seguimos teniendo un puñado de teóricos que deciden por nosotros sobre una ciencia práctica. Regulan para controlar, para fiscalizar, y no para mejorar. Y nosotros (educadores y educadoras, padres y madres, ciudadanos y ciudadanas…) no hacemos nada para evitarlo.

 

La razón por la cual algunos centros consiguieron sobrevivir como escuela catalana y laica en aquellos primeros años fue la transparencia: pasaron desapercibidos, nadie reparó en ellos. Debemos seguir siendo transparentes, pasar de puntillas por los terremotos de intereses que sacuden nuestras escuelas. Porque en las escuelas hacemos pedagogía cuando nos lo permiten. Desde la etapa de Educación Infantil, el diálogo forma parte de la cotidianeidad. Hablamos mucho. Desde fuera hay quien puede interpretarlo como una pérdida de tiempo… Nosotros preferimos pensar en una inversión de tiempo.

 

Así, dentro de 75 años, algún docente alzará la voz por la necesidad de respetar los colegios, de separarlos del poder político y de mantener vivo aquel espíritu del 39.

 
 
Chistorra o fuet