Utilizamos cookies para ofrecer a nuestras visitas una experiencia transparente y cómoda a la hora de navegar por nuestra web. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su utilización. Puedes cambiar la configuración y obtener más información. Más información
Voces / Para entendernos

El fantasma del populismo

Roger Jiménez

Un fantasma recorre Europa con diferentes nombres e indumentarias, pero impulsado por la corriente social y política del extremismo populista. Desde el Partido de la Independencia del Reino Unido de Nigel Farage al cómico televisivo italiano Beppe Grillo y sus cinco estrellas; desde el Frente Nacional francés de Marine Le Pen al húngaro Fidesz que lidera Viktor Orban; desde el finlandés Timo Soini al irlandés Gerry Adams, el holandés Geert Wilders, el austriaco Andreas Mölzer o el griego Alexis Tsipras, aliado político del español Pablo Iglesias, dirigente indiscutido de Podemos.

 

Estos nombres, aupados con los votos de la crisis y escándalos de corrupción en el caso español, han irrumpido con fuerza en la escena política europea con recetas excluyente de tintes xenófobos y promesas demagógicas y delirantes dirigidas a las masas innominadas y a un electorado de natural inhibido, particularmente castigado por las dificultades y deseoso de que le repitan sin tregua lo que emana de lo más profundo de su interior.

 

Las tendencias populistas siempre han estado presentes y trabajado de forma infatigable. En la Alemania de comienzos del siglo XX, en la Rusia del decenio de 1850, en el Oeste Medio de EEUU de finales del siglo pasado y comienzos del presente, en Brasil, en Argentina, en India a partir de Gandhi… Los neopopulistas de hoy, con sus argumentaciones derivadas, son vástagos de la tradición romántica que sustentaba la creencia en la creatividad y el valor moral superior de la gente común, en la simplicidad y la sabiduría del comportamiento del pueblo llano, señalado por el destino. Su discurso busca sembrar la ira social, la desconfianza hacia los móviles “calculadores y racionales” de la sociedad burguesa (la llamada “casta”), el odio hacia las clases situadas en tanto agentes de la perversa autoridad, y una actitud apocalíptica que aduce que la enseñanza (religiosa o secular) ha falsificado las verdades que obstaculizan el salto a la libertad. El marxismo convirtió esta concepción en una teoría sistemática y “científica”.

 

El ex primer ministro italiano Enrico Letta decía recientemente en Barcelona que “Europa es la única forma de ser influyentes en el mundo”,  y advirtió que “con el populismo, Europa se destruirá”. No menos importante fue su definición de que “el populismo necesita tener enemigos para evitar ser responsable de sus propias decisiones”. Letta sabe de lo que habla. Su país ha sufrido durante muchos años la presencia pública de Silvio Berlusconi, un personaje enfermo del populismo más demagógico que le llevó a ser protagonista de la vida italiana hasta en los últimos rincones. Ahora, Beppe Grillo utiliza el populismo lingüístico para la creación de nuevas formas expresivas que siguen las modas sociales de cada época.

 

Una cosa es vigilar la marcha de los acontecimientos y captar el malestar que una parte de nuestra sociedad experimenta ante la deriva mercantilista de la ciencia, la política, la comunicación, la educación y las instituciones, y otra convertir la sospecha permanente en un mecanismo de paralización completa  y de anclaje en el mal, lo que no deja de ser una forma servil de absolutismo. Y en eso se ha convertido la dinámica del descrédito en manos de nuestros populistas, en una temeraria refutación de las ilusiones posibles y en un ruidoso empeño en negar sistemáticamente. Tal vez en nuestro país nos habíamos alejado del sistema represivo anterior a la democracia sin ser capaces de crear una ética pública y privada de respeto hacia nosotros mismos y a los demás. La experiencia obliga a no desentenderse de la realidad, a no descuidar los valores, a no separar el futuro del presente. Los tiempos de descrédito son una invitación a la parálisis y campo abonado para toda clase de populismo, incluido, como no, el electrónico.

 
 
Querido Millennial