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Voces / Para entendernos

El pensamiento líquido actual

David Senabre

Ni siquiera sé con exactitud si hará de esto veinte años, pero cerca estará. Quienes entonces teníamos veinticinco veranos a nuestras espaldas e incorporamos en nosotros el uso de las tecnologías —entonces muy primitivas— poseemos ahora la ventaja de notar mejor cuál ha sido la influencia de estas herramientas en nuestras vidas, pero también en la manera en que se nos ha ofrecido una forma alternativa para ensanchar —en apariencia— nuestro conocimiento, que es pensamiento. Un sistema distinto.

 

Cuando Zygmunt Bauman reflexionó en 1999 sobre el concepto de modernidad líquida y la idea de fragilidad transitoria de las relaciones humanas, volátiles (sí, ya sé que todo el mundo habla de él, porque se puso de moda hacerlo, pero pocos lo han leído; eso seguro…); cuando lo hizo y lo estudiamos, allí también estaba depositado un mensaje discreto sobre la forma en que esta sociedad, carnalmente tecnológica, era adicta a una manera muy concreta de relacionarse, informarse y saber (la sociedad TIC, con sus “tics”…). Él nos dejó que rumiáramos, con absoluta libertad, las consecuencias. Han pasado lustros y aquí estamos. No sé si pensando, pero sí en una vorágine…

 

Es este un mundo apasionante de observar, analíticamente, y con una mirada esperanzada, aunque nos cueste mucho mantenerla. Es un espacio de relaciones humanas donde se confunden y emplean mal conceptos como información, conocimiento o pensamiento, entre decenas de otros. Donde ese uso superficial, por urgente, de todo, construye una manera caótica y efímera de pensar —lo llamaremos ahora pensamiento líquido, perdón por el atrevimiento— y una forma de usar el resto de las ideas que se nos ocurren y que nos permiten sobrevivir a diario. Es esta una sociedad previsible, domeñada; muy alterada; sin continuidad; improvisadora; llena de estereotipos; frágil, como consecuencia de elevar, a una categoría moral, la apariencia como concepto social. Una sociedad ayuna de tiempo para pensar. Parece triste.

 

Hemos acelerado el tiempo, borrando su relación con el espacio geográfico; viviendo simultaneidades múltiples hasta en los asuntos más cotidianos. Esa forma de actuar y de vivir con urgencia por “hacer, haciendo que pienso y hago” se proyecta en los trabajos, en la educación de los jóvenes, en el ocio, en la relación con la familia, los amigos o el tiempo libre. Está presente en todo, aunque no es tangible. Y destila cierto caos; un tipo de estrés que deviene en sentimiento de abandono y soledad. Podemos sentirnos desasistidos, y podríamos llegar a ser dependientes emocionales. Porque las emociones también sufren de esa programación, formalmente perfecta, de una sociedad en acción, cada día. Un conjunto gregario de operaria.

 

El pensamiento líquido es aquel que diluye, en apenas unas horas o unos días, las metas trazadas y las sustituye por otras, más convenientes para el momento, que es cada momento nuevo. El pensamiento licuado no permite profundizar. Para qué, si hacerlo entra en contradicción con darse el tiempo necesario. No podemos permitirnos una vida distinta, al margen del hacer constante, donde sepamos emplear el tiempo necesario para saber y conocer. Aprehender ni siquiera se transforma en aprender. Recibimos mucha información que creemos que no precisa acto reflexivo, pero ese hecho de negar razones y racionalidad afecta a nuestras conductas, porque altera los criterios personales y adocena a la población. O tal vez todo sea un sueño.

 
 
Docentes valientes