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Voces / Para entendernos

Envejecimiento y soledad en un mundo urbano

David Senabre

Una de las emociones más intensas que se pueden experimentar es el trato con los mayores. Y la conmoción se transforma en experiencia indeleble. Primero con los propios y tal vez después con otros, bien por medio del voluntariado, de la proximidad vecinal o de las circunstancias profesionales de cada uno. El envejecimiento forma parte de la vida y es necesario pensar en él, en sus condiciones especiales, sus afectos específicos. Y reflexionar también acerca  de nosotros mismos, cuando lleguemos, de  la fragilidad de la vida y la necesidad de recibir ayuda cuando sea preciso.

 

Desde 2007 más de la mitad de la sociedad mundial ha decidido que vivir modelos y territorios urbanos es la mejor de las opciones, frente a otro tipo de espacios. El envejecimiento de la población adquiere allí, en la ciudad, rasgos específicos que afectan al planteamiento general de las mismas, a su gestión, a sus inversiones. Pensar la ciudad contemporánea debería recoger, como una meta más, pensar en las personas mayores que la habitan y preocuparse por conocer sus necesidades específicas. La planificación urbana no parece hacerlo. ¿Por qué?

 

Muchas de las grandes ciudades son ya territorios sociales de los mayores. Por poner un ejemplo extraído del Censo 2011: en el municipio de Barcelona hay 240.701 personas entre 70 y 89 años, y 18.523, entre 90 y más de 100 años (de estos últimos, 14.212 son mujeres). Hablamos de una población de mayores que representa un tamaño mayor que ciudades como Gijón, La Coruña, Vitoria o Granada.

 

Reconocemos, con alegría y desenfado, que ahora existe una tercera edad activa, configurada por personas jubiladas jóvenes, entre los 55 y 75 años. Consumen, compran, viajan, se encargan de sus familias, apoyan económicamente y son bastones educativos. Ideal para la economía de consumo. Y está muy bien. De hecho la publicidad se encarga de ellos como un sector para tener muy en cuenta por su renta. ¿Esa idílica jubilación es la de todos? ¿Cuál es la situación personal de los más de dos millones de viudas que viven en España con pensiones medias de 600 euros?

 

De ellas, aproximadamente un millón y medio están en ciudades. ¿Cómo funciona el sistema asistencial de salud respecto de su proximidad y eficacia? ¿Y los servicios de urgencias? ¿Están pensadas nuestras ciudades grandes para comprender y atender a los mayores que malviven insertos en la vorágine diaria? ¿Cuántas de esas personas viven solas? ¿Cuántas hay que apenas ven a sus familias? ¿Cuántas no disponen de un régimen asistencial directo? ¿De cuántas sabemos si pasan hambre y necesidades? ¿De cuántas ni siquiera conocemos de su existencia porque no pueden bajar a la calle ni apenas valerse por sí mismas? ¿Cuántas reciben ayuda de las asociaciones de barrio o de Cáritas, porque la asistencia social pública no alcanza?

 

¿No deberíamos pararnos a pensar que otro mundo puede ser posible? Un espacio donde la presencia de los mayores represente el justo equilibrio de fuerzas entre la perturbada idea del éxito y el equilibrado sentido que ellos poseen del tiempo y el valor. Un mundo de relaciones donde no estorbe ni incomode la vejez. Donde los ciclos de la vida convivan en armonía y ninguno arrumbe a otros. Donde la soledad de la vejez reciba el óstrakon. Algunos lo llamarán “utopía ingenua” y querrán desvestirlo de rigor científico. Yo prefiero dejarlos en su opinión e imaginar –“soñemos, alma, soñemos”– espacios urbanos así.

 
 
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