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Voces / Para entendernos

Es fácil hablar desde la tribuna

Christian Villavicencio

Hablar u opinar sobre la eutanasia ha sido, y no deja de ser, un tema muy controvertido.

 

Es ampliamente conocida la definición que da la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la define como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”.

 

En esta definición se pone énfasis en el acto médico que de alguna manera provoca la muerte de una persona enferma, por compasión. La eutanasia es un acto que comporta graves consecuencias familiares, sociales, médicas, éticas y políticas.

 

En el transcurso de los años los fines de la medicina han ido adquiriendo nuevas perspectivas y enfoques. Hace ya algunos años el Hasting Center de Nueva York llevó a representantes de catorce países a cuestionar los fines tradicionales de la medicina, con la finalidad de preservar la integridad de la medicina frente a las presiones políticas y sociales. Entre ellos está el de evitar la muerte prematura y buscar una muerte tranquila.

 

Por otro lado, la Asociación Médica Mundial, en su código de ética, hace referencia a que la provocación de la muerte intencionada va contra los principios del médico como sanador, lo que podría llevar a y graves riesgos sociales.

 

Profundizando en estos conceptos, cuando la gente opina acerca de la despenalización de la eutanasia, muchos se basan fundamentalmente en las encuestas de opinión o lo que dice la gente, que a su vez transmiten el discurso de algunos medios de comunicación.

 

Llevo varios años en la atención de pacientes al final de la vida, y la oportunidad de poder realizar entrevistas en profundidad y hablar con todos aquellos que en su momento deseaban “acabar” me ha enseñado, y he podido corroborar, con estudios de investigación posteriores en pacientes con cáncer avanzado, que no todos solicitan la eutanasia.

 

Lo que una persona solicita en momentos importantes de dificultad, cuando percibe una amenaza de vida o frente a un sufrimiento físico, psicoexistencial, es en realidad un grito de ayuda, un “quiero vivir pero no de esta manera”; en otras palabras, lo que el paciente solicita ¡es un escape al sufrimiento! Frases como las siguientes son un ejemplo de ello: “Doctor, duérmame y cuando haya pasado todo me vuelve a despertar” o “yo era uno de los primeros que decía que a una persona que ya no fuera útil le dieran un billete en tren sin retorno, y ahora estoy intentando disfrutar al máximo del tiempo que me toca”. Podría citar infinidad de frases parecidas. Estas son cosas que se aprenden cuando estás “jugando en el campo” y no viendo como pasan las cosas “desde la tribuna”.

 

Por otro lado –y está demostrado por la literatura científica–, los pacientes en las fases avanzadas de la enfermedad desean y necesitan una mayor atención y cuidados, lo que de alguna manera disminuirá o aliviará el sufrimiento que conlleva esta situación y les generará una mayor tranquilidad al final de la vida.

 

Creo, por tanto, que cuando se está bien o no se está pasando por esos momentos es fácil opinar desde la tribuna, es decir, opinar o dar por hecho conceptos vistos desde una perspectiva diferente de aquella que tiene quien lo está viviendo en carne propia.

 

Siempre he pensado que nosotros, los médicos, estamos no para acortar la vida, sino para ayudar a vivir –al menos en mi especialidad– con bienestar al final de la vida.

 
 
 
  • Enric Gracia Jané

    Estoy de acuerdo. Cuando los cuidados paliativos de calidad estén al alcance de toda la población es muy posible que la demanda de eutanasia o de suicidio medicamente asistido sea mínima. Abrir la puerta legal a estas demandas puede suponer la entrada en una pendiente resbaladiza para la cual quizás no estemos preparados y en la cual posiblemente el personal asistencial no sea el ética y deontológicamente indicado para llevarla a cabo (sí técnicamente). De todas formas creo que no se debe dejar desamparada a la parte de la población que formula esta demanda y se deben respetar sus derechos. Cómo hacerlo me plantea más dudas que certezas.