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Voces / Para entendernos

Escaparate preocupante

Javier Junceda

Siempre me ha parecido el verano la estación más propicia para la observación social. Hacemos la vida fuera de casa, frecuentamos terrazas, playas y lugares de ocio, o acudimos a citas a las que durante el resto del año no acostumbramos a ir. Todo esto facilita el conocimiento de los comportamientos de la gente con la que uno se tropieza, y permite, al mismo tiempo, hacerse una idea de por dónde marchan las cosas importantes de la vida.

 

Pongamos que veraneo en un pueblo bañado por el Cantábrico. Y pongamos que este año he vivido en él tres situaciones que paso a retratar, añadiendo ciertas anotaciones al margen que el atento lector me permitirá.

 

1.- En la playa

 

Salvo los días de lluvia, que no han sido demasiados, he disfrutado bajo la sombrilla de muchas jornadas con mi familia. Los socorristas me han confesado que no han tenido que salvar a nadie en el mar, afortunadamente, pero que una de sus principales ocupaciones ha sido la de intervenir ante conductas inapropiadas de parejas en el arenal, con niños de por medio. Es decir, un servicio destinado a la protección civil, como es el salvamento, se tiene que aplicar en el presente a tareas de orden público, en particular a evitar espectáculos poco edificantes en espacios reservados para el solaz y la convivencia de los ciudadanos.

 

2.- En las fiestas

 

El pretexto formal es festejar a la Virgen patrona de la localidad. Pero la realidad material es una semana de botellón infernal con decibelios infinitos en medio de la merienda, con personas de todas las edades sin poder pegar ojo, incluidos los enfermos. Mingitorio y “vomitorio” en el centro del pueblo, impulsados, tolerados o auspiciados por los entes públicos. Fumar no se puede hacer en ningún lado, y no me parece mal. Pero extender el modelo sanferminero por todo el país, basado en el alcohol y las drogas sin tasa, en el ruido ilegal y ensordecedor, vaya si se puede: se potencia. Y quien se oponga a estas cosas es un amargado o un aguafiestas. Continuamos con el modelo de festejos populares de hace medio siglo, y obligamos a quien no quiere festejar, a largarse lejos, porque, si no, durante los días del tormento sus tímpanos y nervios sucumbirán ante el estrépito con completa seguridad. Y ni se valora trasladar la fiesta allí donde nadie reside, en la playa, por ejemplo, porque tal cosa contradice el espíritu de la fiesta, según declaran sin rubor quienes viven en lugares nunca afectados por este espanto anual.

 

3.- En el bar

 

Las comidillas locales advierten que este y aquella y el de más allá mantienen relaciones afectivas, como se suele decir hoy en lenguaje políticamente correcto. La novedad es que ahora las combinaciones posibles se alejan cada vez más del “cada oveja con su pareja” y se aproximan peligrosamente a las reglas del reino animal. Hoy es un lío descomunal. Acaso por la acusada sensación de futilidad y banalidad de estas relaciones, o por la falta clamorosa de información o formación sobre su esencia y finalidad –que no es otra que seleccionar cuidadosamente a quien a uno le va a acompañar en la aventura de la vida–, adviertes con estupor e incredulidad cómo los emparejamientos se producen cada vez más a menudo entre personas radicalmente –repito: radicalmente– opuestas, en edad, preparación, educación, valores… Incluso entre personas casadas o divorciadas con quienes no lo son, o de estos con aquellos, y aquellos con los de más allá, con hijos de por medio o sin ellos, todas las combinaciones posibles a la vez y dando exactamente igual si media adulterio, incluso en familias de corte tradicional y religioso.

 

Todo da lo mismo. Quienes así actúan se conoce que buscan con ello aplacar sus instintos (conocidos ahora eufemísticamente como sentimientos), porque sus pensamientos son harina de otro costal, cosas superadas y propias de otras épocas… E incluso a algunos los veo frecuentar hasta la misa dominical, acaso para evitar el qué dirán o atenuar complejos interiores de culpa moral. Constato, en fin, una brecha generacional en la que a los que vienen detrás poco les importa desagradar a su familia, porque se impone en esto y en todo lo demás el “yo hago lo que me da la gana, y me da lo mismo lo que me sugieren quienes me quieren de verdad”. Inmadurez en la madurez y fracaso en la construcción moral. Y ausencia notable de principios en lo más elemental como es la formación familiar. Por descontado que hablo con carácter general, porque existen legiones de parejas con la cabeza encima de los hombros y que piensan, además de sentir; pero pregúntense si llevo o no llevo razón en lo que digo.

 

A modo de conclusión.

 

A.- Estas situaciones que describo se pueden y deben resolver fortaleciendo el pensamiento en favor de los demás. Si se pensara en el otro, en el prójimo, estas cosas no sucederían: ni en la playa, ni en las fiestas, ni en las relaciones humanas. Pero cada uno piensa en lo suyo, vive en lo suyo, come lo suyo; y al otro, que le parta un rayo.

 

B.- Es apremiante un rearme ético de la sociedad que permita indicar las consecuencias de los actos humanos. Una señal de stop puede ser infringida, pero trae consecuencias, sancionadoras y de riesgo vital. De igual modo, un mandato moral puede ser transgredido por un cristiano, pero supone para quien lo haga un reproche en dicho terreno que es necesario purgar.

 

C.- Escribo todo esto, en fin, porque lo encuentro una grave responsabilidad mía como ciudadano, como esposo y como padre de familia. Los escenarios que de este verano he relatado certifican un estado de cosas que corre el riesgo de trastocar o comprometer el modelo de sociedad en el que creo y que defiendo frente a otros modelos que ni aportan nada mejor ni contribuyen a progreso alguno sino a un neto retroceso. Hablo de un entorno social que respete al prójimo, en el que la persona se ponga en el lugar de otra cuando decida hacer algo, en el que la persona retorne a los valores y virtudes que han funcionado desde que el mundo es mundo y que funcionan extraordinariamente bien aún, en el que no se deje embaucar por la nada y el todo vale, en el que encuentre en la creación de un hogar sólido y con futuro su principal reto, y en el que responda con rigor y severidad ante quien transgrede las normas mínimas de la convivencia social.

Si esto sucede así, seguro que nuestros hijos podrán disfrutar en el mañana de mejores veraneos.

 

* Javier Junceda es el decano de la Facultad de Derecho de la UIC