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Voces / Para entendernos

Esto es un auténtico lío

Enrique Banús

moldavia

 

Al fin uno consigue llegar a la República de Moldova y se da cuenta de que esto de Europa es un lío tremendo. Le dicen que a sólo diecisiete kilómetros de Chisinau, la capital, está la frontera de Transnistria, que con su medio millón de habitantes se ha declarado independiente, ha puesto allí sus controles y sólo está reconocida por Rusia. Y también que a comienzos de febrero los 200.000 habitantes de Gagauzia (o algo así) hicieron otro referéndum y una amplia mayoría optó por la independencia. Es una población de origen turco, cristianos ortodoxos. Y pro rusos, nada amigos de la deriva europeísta del actual gobierno de Moldova.

 

Dicen que es Putin quien anda detrás de estos movimientos. Es el “divide y vencerás” de los romanos que Putin ha aprendido bien. Pero también dicen que en todos esos países hay mucho personaje pro ruso o que intenta nadar entre dos aguas. En realidad, Moldova, con sus escasos cuatro millones de habitantes (y varios otros millones en la emigración) y su PIB per cápita próximo al de Filipinas, es un ejemplo de lo que supone haber sido una parte muy poco considerada dentro de la Unión Soviética. En el momento de la independencia, la dependencia no sólo energética era muy fuerte. Y solo poco a poco se va haciendo un estado con su propia infraestructura.

 

La gente es hospitalaria, bastante optimista y sufrida. Les preocupa intensamente lo que está sucediendo en Ucrania y saben que su situación es frágil. Explican algunos que en realidad sólo ahora aquellos países que fueron parte de la Unión Soviética están viviendo su “caída del Muro”, debatiéndose entre un pasado que garantizaba unos mínimos pero no una libertad y un posible futuro que garantiza una libertad pero no siempre unos mínimos.

 

Todo eso si los sátrapas lo permiten; en Bielorrusia, por ejemplo, no lo permite uno de los últimos dictadores siniestros en Europa. En Ucrania no lo permitía otro personaje siniestro y ahora nadie sabe allí qué sucederá. En Moldova hay una relativa quietud. Pero todos saben que Putin sigue sufriendo por lo que, para él, es la mayor tragedia del siglo XX: el desmoronamiento de la URSS. Y está dispuesto a evitar que desaparezcan los últimos vínculos, mientras a los países occidentales se les ocurren muchas fórmulas de condena, pero ninguna acción eficaz que “convenza” de que los medios democráticos son más interesantes que los tanques y el encarcelamiento de los disidentes.

 

Lo de Putin, ¿es sólo esa vivencia de la gran tragedia o también el temor de que, si no hay contundencia ahora, también en Rusia algún día podría estallar el descontento de algunos y chocar con la nostalgia de otros y los intereses de las nuevas cordadas (mafiosas algunas) que se han  formado en torno al poder?

 

Perplejidad: es la sensación dominante. Y algo así como un sordo enfado. Porque uno consigue llegar finalmente a la República de Moldova y allí se entera de que esto de Europa es un gran lío.