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Voces / Para entendernos

A vueltas con el viaje a ninguna parte

Montserrat Nebrera

El suicidio ha sido desde antiguo un gran misterio. Como conocemos ejemplos extremos de supervivencia (que incluyen el canibalismo sobre cadáveres o la automutilación liberadora de obstáculos) resulta en general difícil entender que los mortales quieran consumar esa condición antes de que la muerte los alcance. Además es un tema tabú.

 

Se habla poco de él, aunque se dice que es la primera causa de muerte entre los adolescentes, porque la psicología parece haber comprobado que genera un efecto mimético entre las personas potencialmente tendentes a acabar con su vida y en la etapa más traumática el desconcierto y la depresión pueden conducir tristemente a ese prematuro final. Valorado como una muestra de valentía por unos, condenado a las penas del infierno por otros, percibido en ocasiones como una falta de coraje para afrontar el infortunio en situaciones que otros han convertido en retos a superar, el suicidio se soslaya.

 

En cambio, la eutanasia tiene parroquia adepta, asociaciones que la promueven y un discurso supuestamente basado en la libertad y la autodeterminación corporal que finalmente ha llegado en España hasta sus cámaras legislativas. Al menos en lo que concierne a alguno de sus aspectos.

 

En efecto, el objetivo de la propuesta surgida del Parlament catalán de reforma del Código Penal es eliminar la (rebajada) pena con la que en la vigente formulación se sanciona a quien ayuda, coopera o directamente ejecuta el suicidio de otro (homicidio-suicidio), siempre y cuando la petición la haga quien padece “enfermedad grave que conduciría necesariamente a su muerte, o que produjera graves padecimientos permanentes y difíciles de soportar”. Como ya ocurre con el hecho de que no se castigue al que intenta suicidarse (¡bastante tiene con lo suyo!), también en este caso razones de política criminal acabarán tarde o temprano por abrir esta primera puerta a la eutanasia, que sin duda en el futuro y por contagio de lo que ya se produce en Suiza u Holanda, formará parte del negocio de la muerte a demanda, ese en el que sin tener que justificar nada, se contratará la inyección letal que conduzca indoloramente al cliente al lugar del que no se regresa. En su consideración, sencillamente, a ninguna parte.

 

La falta de trascendencia de la existencia humana (más allá del hecho de poner calles a la gente y quitarlas según las oleadas ideológicas —¡qué bien lo hacen los americanos con sus calles con números y avenidas de parques con las que nadie se pierde!—) es la característica habitual del ateísmo, y me atrevería a aventurar que también de las posiciones agnósticas. Eso no significa que deban suicidarse quienes no creen en Dios, o que no haya habido suicidas entre los creyentes, pero convendremos que la consideración actual de nuestros cuerpos, no como templo de un espíritu inmortal, sino como vehículo estricto de emociones y pensamientos temporales, hace más factible pensar en él como instrumento de una engañosa idea de libertad: igual que ya se ha identificado interrumpir un embarazo a voluntad con un derecho a decidir, también cuando la máquina falla de forma estrepitosa (enfermedad grave, padecimiento insoportable) no se piensa solo en la cura paliativa como medida para morir sin sufrir, sino en un paso más, en dejar de sufrir matándose uno mismo o haciendo a otro el actor sustitutivo de ese final.

 

Se trata, en suma, de ser guionista de nuestra propia muerte, más que de la vida, en un sentido de la libertad que conduce a la autoeliminación cuando, como dice el maestro Serrat, “se los aparta, después de habernos servido bien”. Un sentido utilitario de la vida al que nos ha conducido la perversión del estado social, que nos hace cuantificables en el gasto que suponemos para el erario público, la carga que acumulamos sobre las espaldas de quienes nos quieren, la pena que infligimos en quienes nos ven dolientes y nuestra propia necesidad de dejar de sufrir por todo ello y por las condiciones materiales de la postración.

 

Es lo más fácil y por eso crece en esta sociedad abotargada y soberbia de su progreso que inventó todo lo necesario para evitar el dolor sin saber el precio que acabará pagando por la ataraxia.

 

* Montserrat Nebrera es profesora de la Facultad de Derecho (UIC Barcelona). Artículo publicado en El Nacional.

 
 
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