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Voces / Para entendernos

Gracias

Javier Junceda

Siempre que he utilizado traje académico, he llegado a la sala de togas con el tiempo justo para ponérmelo, colocarme la muceta y cubrirme con el birrete. Al terminar cada ceremonia, el mismo proceso, efectuado con igual rapidez. Invariablemente, en el toguero hay un reducido grupo de personas que nos ayudan. Las vestes están todas las veces impolutas, planchadas, en perfecto estado de revista.   Por razones que no vienen al caso, he tenido que utilizar la toga fuera de la universidad. Uno de estos días en que me la llevé a mi casa, cuando me dispuse a colgarla en la percha, descubrí con sorpresa cómo, al lado del pequeño trozo de tela donde figura la talla, en la parte interna, existía otra bordada con primor con las iniciales de mi nombre y apellido. Me detuve unos instantes a mirar cada detalle de ese bordado y pensé en lo que aquí tengo la dicha de manifestar: ¡cuánta gente buena nos rodea, sin que nos demos cuenta ni les sepamos agradecer lo mucho que hacen por nosotros, sin nada a cambio y sin esperar recibir ni tan siquiera el más mísero agradecimiento!…   Desconozco si ese bordado llevaba ahí cosido años o si se acababa de hacer, porque insisto en que nunca me he ocupado más que de vestirme y desvestirme el traje con rapidez. Tampoco conozco a su autor. Lo que me importa destacar ahora es que para mí ha sido todo un hallazgo, porque desvela que los pequeños detalles son muchas veces reveladores de algo muy profundo. Y porque esos pequeños detalles nos hacen sin duda la vida más feliz y nos ayudan a descubrir lo grande del espíritu humano.   Estas cosas escondidas, que están ahí, que se hacen sin pretender aparentar ni recibir recompensas materiales ni inmediatas, son lo mejor de nuestra existencia. Esa mujer de ochenta años que le hace el nudo de la corbata a un marido de noventa que ya se ha olvidado de cómo se hace por la demencia. Esa otra mujer que espera la llegada de viaje de su marido silbando cariñosamente a su entrada en casa, aunque esté cayéndose del sueño. Ese trabajador de la empresa quebrada que hace horas extraordinarias aunque no cobre desde hace meses, para seguir sirviendo a los clientes y que no noten nada. Ese compañero de facultad que durante años estuvo sufragando de su bolsillo parte del menú del día de otro colega, sin decírselo y con la complicidad del responsable del bar. Esos alegres voluntarios que vuelven a casa entrada la noche tras dar de cenar en un comedor social. Esos titulares de tarjetas opacas de una entidad financiera que no gastaron ni un céntimo de ellas, a diferencia de los demás…   Está repleta nuestra vida de situaciones así, que convierten el paso por este mundo en algo que merece la pena. Y esto conviene decirlo precisamente en tiempos tan aciagos, tan llenos de noticias desalentadoras. En cada uno de nosotros está el reto de saber descubrir a ese ángel oculto que, con discreción, nos hace la existencia más agradable.   Y de agradecérselo de todo corazón.