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Voces / Para entendernos

Ingredientes perversos de las ‘fake news’

Ricardo M. Jiménez

Ante las noticias falsas (fake news) se puede mostrar desprecio (“una mentira más”), indiferencia (“qué más da”) o sensatez (“importa defender la verdad”). Voy a centrarme en esta última postura.

 

La verdad y la mentira forman parte de la condición humana. Sin embargo, a principios del siglo XXI cuatro ingredientes acompañan a esas dos amigas del ser humano. El primer ingrediente de las noticias falsas es el anonimato. Resulta difícil averiguar la fuente de la que procede la noticia falsa.

 

¿Han recibido en su móvil un mensaje de WhatsApp con un inicio similar a este: “NOTICIA BOMBA. La verdad sobre el 11-M…”, cuyo contenido revela lo que supuestamente sucedió, pero resulta imposible saber quién es el autor del texto? ¿Han leído un tuit en el que se aporta una nueva revelación de cómo Putin influyó en la elección de Trump como presidente de EE.UU. (de nuevo sin ninguna fuente fiable que se atribuya el origen de la noticia)?

 

El segundo de los ingredientes que caracterizan a esta forma de engañar es el impulso emotivo. Un lugar donde las emociones se encuentran cómodas son las redes sociales. Basta leer unos tuits o unos mensajes de Facebook para percatarse. A menudo esos mensajes inquietantes despiertan nuestras emociones con una fuerza inusitada. El 20 de agosto de 2017, con motivo del atentado terrorista que sufrió Barcelona, un partido político español escribió en un tuit: “ Cuando unos pocos golpean con odio…,  millones de personas responden con amor. Así lo ha demostrado Barcelona”. Dos emoticonos claramente emotivos se unían a dos frases con un verbo (“golpear”) y sustantivos de carga valorativa (“amor”, “odio”).

 

El tercer ingrediente consiste en la seducción del mundo digital. Podríamos decir que sumergirse en las redes sociales, encender el teléfono móvil, acceder a internet equivale a darse un chapuzón en una piscina un día caluroso de agosto o a sentarse en un cómodo sillón, después de un día agotador de trabajo, con una cervecita muy cerca. Si al anonimato, a la emotividad y a la seducción les unimos un cuarto ingrediente –la rapidez de difusión– el plato resultante no puede ser más explosivo. Un atentado terrorista cometido en Afganistán a las 16 h de la tarde puede saberse a las 16.30 h en un pequeño pueblo de Huelva. En los años ochenta que una noticia se difundiera con tanta velocidad era impensable.

 

Queda un último ingrediente: la profusión de las noticias. El pasado 13 de junio, la noticia del nuevo entrenador de un conocido equipo de fútbol se solapó con la condena a un miembro de la casa real y con las novedades de los exámenes de selectividad en Cataluña. En situaciones similares, una noticia falsa –ninguna de las mencionadas lo era– puede colarse entre mensajes y tuits y se presenta al ciudadano sin preámbulos. Como la mentira tiene las patas muy cortas, tarde o temprano se acaba sabiendo la verdad. Sin embargo, una mentira causa daño, crea división en las personas y siembra sospecha. La mentira con esa apariencia de plato atractivo no beneficia a nadie.

 

¿Qué postura puede adoptar un ciudadano? Permítanme proponer algunos criterios. Para apostar por la verdad, resulta vital promover el pensamiento crítico en la escuela y la universidad, y también en la familia. Sin aprender a prestar atención a lo que hacemos, es imposible desarrollar el pensamiento crítico. Y en esa línea, la lectura, maestra de humanidad, nos ayuda a reflexionar y a configurar una personalidad rica que busca la verdad como compañera de viaje.

 

Por último, cuidado con los mensajes repletos de emociones porque los carga el diablo, como afirma el lingüista Casado.

 

* Ricardo-María Jiménez-Yáñez es profesor de las Facultades de Humanidades y Derecho (UIC Barcelona). Artículo publicado en el número 5 de +1.

 
 
Miedo al fracaso