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Voces / Para entendernos

La espiral venezolana

Joaquín Luna

La revolución bolivariana sin Chávez no es una utopía: es una pesadilla para Venezuela, un país cada vez más fracturado y donde lo que más concilia a los ciudadanos es el pesimismo (un 72 % de encuestados por el diario caraqueño El Universal cree que “la situación es negativa”).

 

La endeble victoria electoral, indiscutible en las formas, del presidente Nicolás Maduro, y su limitado carisma en comparación con Hugo Chávez hacían presagiar una contestación popular por razones diversas. Los problemas de abastecimiento de productos básicos –en buena parte por el acaparamiento, resultado a su vez de la incertidumbre, la desconfianza y una inflación desbocada–, la inseguridad y los modos autoritarios de Maduro sirven en bandeja argumentos para las protestas callejeras. Y el Gobierno, a su vez, tiene en los grupos violentos que se manifiestan la excusa perfecta para adoptar medidas excepcionales. Dos bandos que se retroalimentan ante la mirada internacional, pasiva y perpleja con ciertas detenciones de líderes opositores.

 

La comunidad internacional ha aprendido a no tratar a Venezuela como una república bananera donde se puede quitar o poner reyes. Las maniobras exteriores sólo hicieron que reforzar la autoridad de Chávez, como bien aprendió su sucesor, el presidente Maduro, que explota al máximo el factor patriótico. La dinámica del enfrentamiento está garantizada, aunque nada hace pensar que el presidente Maduro tenga los días contados.