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Voces / Para entendernos

La mujer, agente de cambio

Esther Jiménez

La aportación específica de la mujer a la empresa, su papel como agente de cambio, los estilos de dirección femenina y masculina, así como la conciliación de la vida laboral y familiar son temas cada vez más presentes en los medios de comunicación, en la gestión de las compañías y en las agendas de los gobiernos.

 

La mujer del siglo XXI quiere ser madre, esposa, profesional y ciudadana. Las mujeres quieren que se respete su feminidad, además de tener la oportunidad de demostrar que su aportación específica puede ser cauce para transformar las empresas y la sociedad, haciéndolas más humanas y sin dejar de ser productivas. Todo ello sin tener que renunciar a su libertad de elegir dónde centrar sus esfuerzos en cada momento. Y también el hombre quiere ser padre, y marido, y profesional, y ciudadano; y, por supuesto, sin renunciar a ninguno de los ámbitos que le son propios.

 

Algo está cambiando en la visión del trabajo profesional y el papel de la mujer y del hombre hoy. Las generaciones jóvenes son las que más valoran acceder a unos derechos de los que sus padres no han podido disfrutar, porque han vivido las consecuencias que la falta de tiempo y el estrés conllevan.

 

Pero la realidad es que el trabajo es fuente de realización personal y socialización para todos. Trabajar es servir y equivale a vivir. Sin embargo, en las últimas décadas, se ha vivido una exaltación del empleo remunerado como principal indicador de la valía de una persona: vales por lo que el mercado te paga, no por lo que has conseguido ser. De este modo, lo que prima es vivir para trabajar en lugar de trabajar para vivir, desarrollarse y servir a los demás.

 

Esta visión economicista, para la que solo vale lo que se puede cuantificar y pagar, ha influido en la progresiva devaluación de las labores del hogar. Con independencia de que una mujer pueda dedicarse más o menos a ellas, estas tareas merecen un enorme reconocimiento social y personal. El tiempo dedicado a la familia es, para Gary Becker —premio Nobel de Economía—, tan productivo como el dedicado al mercado laboral, ya que supone una inversión en capital humano. Asimismo, afirma que la familia es el mejor Ministerio de Asuntos Sociales, ya que sostiene a las personas en paro o que atraviesan dificultades de cualquier índole.

 

Pero, además, es también el mejor Ministerio de Igualdad de Oportunidades, porque respeta a cada uno de sus miembros tal como es y atiende a cada una de sus necesidades para que alcance su pleno desarrollo; el mejor Ministerio de Sanidad, porque cuida de la salud de sus miembros; y el mejor Ministerio de Educación, pues forja la identidad y genera confianza.

 

Entonces, ¿por qué no se da el valor que debería tener este trabajo doméstico, en ocasiones tan desprestigiado a favor del realizado en el mercado laboral? Según un estudio del Institut Català de les Dones (ICD), si se pagase a precio de mercado, incrementaría en más de un 20 % el PIB de Cataluña. Porque es un trabajo que cumple un papel esencial, no solo por su valor invisible pero real en el PIB y por el ahorro que supone para los servicios sociales públicos, sino porque, por su misma naturaleza, desarrolla en la persona habilidades y competencias relacionadas con el servicio y la convivencia. Aunque la participación de los hombres está lejos de equipararse a la de las mujeres, el estudio de Eustat también destaca que la participación masculina en el trabajo doméstico ha aumentado casi trece puntos en los últimos veinte años. Se trata de una implicación que, sin duda, beneficia al propio varón y también a la familia, los hijos, las empresas y el conjunto de la sociedad.

 

Urge que los gobiernos, las organizaciones, las familias, los medios de comunicación y el mundo académico trabajen conjuntamente para paliar uno de los problemas sociales más acuciantes. Las diversas tendencias que impactan en las familias, junto con jornadas laborales eternas y la rigidez empresarial, generan en las personas un verdadero conflicto entre el trabajo y la vida personal y familiar.

 

Se ha avanzado mucho desde que en las décadas de los sesenta y setenta surgieran en Estados Unidos medidas legales para contrarrestar la discriminación por razones de sexo, raza o religión. Sin embargo, con demasiada frecuencia, las mujeres se ven obligadas a tener que elegir entre proyectar una carrera o formar una familia.

 

* Esther Jiménez es decana de la Facultad de Educación (UIC Barcelona). Profesora del Departamento de Dirección de Personas del IESE.

 
 
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