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Voces / Para entendernos

La opinión pública libre no existe

Josep Cuní

Soy consciente de que esta es una manera muy provocativa de comenzar un artículo. Pero, si pensamos un poco, veremos que tampoco es un titular tan errado. ¿Por qué? Pues, porque toda opinión pública está influenciada por los medios de comunicación y, por tanto, es la suma de muchas opiniones individuales. De hecho, han sido moduladas por las diferentes informaciones que han transmitido los medios de comunicación. En clave de silogismo, la conclusión directa es que nuestra opinión nunca será libre dada la influencia ajena directa o indirecta. Siempre estaremos influenciados por algo.

 

Entonces, a la hora de posicionarnos, ante cualquier hecho, y si no queremos presentarnos como personas mediatizadas, podríamos optar por la neutralidad como lo que no nos compromete o nos compromete menos, pero también debemos tener en cuenta que ser neutral no siempre es positivo. Y si no, hagámonos una primera pregunta: ¿Es positiva la neutralidad, ante la pena de muerte o el terrorismo? La BBC, por ejemplo, se mantuvo neutral ante los atentados cometidos por el IRA. Su “código deontológico” les llevaba a este distanciamiento ante cualquier circunstancia. Es decir, veían todos los actos terroristas de ese grupo como una derivación –criminal sí, pero derivación al fin–, de una realidad política. Esto significaba que si te posicionabas en contra de los ataques podías estar dando tu punto de vista político: tomabas partido. Sin embargo, un día se dieron cuenta de que legitimando la opción que utilizaba la violencia estaban legitimando que el fin justifica los medios. Y tuvieron que rectificar. Buscando un referente más cercano tenemos que una de las consecuencias directas de aquellos postulados hacía que, cuando la BBC hablaba de los atentados de ETA en España parecía que los comprendía dada la frialdad y la ecuanimidad con la que los presentaba.

 

Hoy sin embargo, nos encontramos en otro estadio –osaría decir que afortunadamente– y mostrarse neutral está peor visto que antes: en casos relevantes ya sólo hay blancos y negros. Ya sé que más de uno puede pensar que gracias a las redes sociales la opinión pública ya no está tan mediatizada y que, por tanto, tiene más elementos para optar por la neutralidad. Sin embargo, esto no siempre es así. La información sigue siendo vertical. De arriba a abajo. No es cierto, pues, que se establezca a partir de reacciones espontáneas que la dibujan en horizontal porque siempre hay algún factor externo a nosotros que nos hace tomar partido haciendo un tuit o un retuit sobre cualquier tema. En este caso cabe preguntarse: ¿quién hace, quien provoca, quien decide que opinemos sobre ese asunto? Es decir, ¿qué nos empuja a opinar, a posicionarnos a través de las redes sociales?

 

Las redes sociales no son medios de comunicación. Por lo menos en su vertiente tradicional: es verdad que nos ayudan a comunicarnos entre nosotros, a mantenernos en contacto, pero eso no quiere decir que sean medios de comunicación en el sentido estricto de asumir la canalización, la transmisión de un conocimiento, a partir de unos datos y aplicando unos métodos.

 

No es por eso que no estoy en Twitter. También puedo decir que no lo necesito. Sin embargo, utilizo la red social como herramienta cada vez más necesaria en mi profesión. Si un tuit me llama la atención, voy a buscar la noticia en su origen. Y es que muchos tweets son noticia en potencia. Trabajando y profundizando en la información que leemos en Twitter se puede componer una noticia muy completa. Las redes sociales son como un diamante en bruto y una herramienta muy útil para el periodista, si hace un buen uso de él. Creer, sin embargo, que con muchos retuits ya creamos opinión porque potencialmente nos lee mucha gente es un error.

 

A esta consideración hay que añadir que las opiniones que podemos leer en Internet pueden responder a mensajes que la mayoría de sus autores han escrito sin pensarlo mucho. Así pues, el hecho citado anteriormente de estar mediatizada debemos añadir una exigua calidad aunque sea por la reacción de inmediatez que conlleva. Una opinión necesita tiempo: no puede ser un acto espontáneo, visceral. Es uno de los peligros de las redes. Y que una parte de los que participan crean que puede estar haciendo periodismo no significa necesariamente que todo lo que se publica sea información relevante.

 

En este contexto, es pertinente destacar que, a menudo, cuando uno tiene una opinión crítica de unos hechos y los expresa en sentido contrario de lo que se expone mayoritariamente en las redes, puede acabar opinando de acuerdo con la mayoría. Es decir, traicionando su ideario auténtico por no querer ser criticado contundentemente. Insultado incluso.  El nivel de autocensura que imponen las redes sociales puede llegar a ser mucho mayor que el que puede haber en el ejercicio profesional del periodismo. Y este condicionante también puede ser debido al ego. Quiero que me aplaudan y, por tanto, abandono mi libertad de opinión. No digo que esto sea general, pero sí es una tendencia que me parece que se está empezando a dar y condiciona esta falsa libertad de opinión.

 

Es probable que haya personas que después de esta reflexión me acusen de retrógrado diciéndome que el periodismo de hoy es tecnológico. Y es cierto. Yo mismo me he visto obligado a “digitalizarme”, pero el periodismo es otra cosa. El periodismo no lo hace la máquina, sino la persona. La máquina es el medio que ayuda al mensajero. La digitalización no es más que la adecuación de la antigua máquina de escribir: con muchas más propiedades y ventajas, claro, pero si detrás no hay un periodista, la función desaparece.

 

Julian Assange, con la transmisión de los documentos que ha descubierto, piensa que el periodista es innecesario porque cualquiera puede acceder a la información directamente. Cualquiera que sea hacker, por supuesto. De alguna manera pues, quiere demostrar que el periodismo está muriendo. Sinceramente, lo veo exagerado. En mi opinión, hoy hay más periodismo que nunca. Y este periodismo deben hacerlo periodistas con espíritu crítico, capaces de contextualizar y contar hasta diez antes de transmitir. Esta revolución tecnológica que estamos viviendo ha hecho cambiar el papel del periodista. Esto es evidente. Hoy, el periodista ya no es quien transmite la noticia, sino que toma los hechos que han sucedido –y que seguramente todo el mundo sabe que han pasado– y les da valor añadido, profundizando sobre todo en el por qué ha pasado.

 

El periodismo, por tanto, ha de volver a los orígenes: calidad, rigor, capacidad…, es decir, profesionalidad. Un periodismo de más veracidad y menos intereses, más realidad y menos imparcialidad; más conciencia y menos conspiración. Un periodismo que, me atrevo a decir, irá creciendo en los próximos años si los periodistas tomamos conciencia de nuestra obligación: dejamos de lado la falseada objetividad a favor de la honestidad que significa relativizar las ideas a la hora de hacer el trabajo. Por lo tanto, hacer periodismo siguiendo un método objetivo que es por lo que hay que velar. Por el método, no por la persona.

 

¿En qué se puede resumir todo? En la necesidad de intelectualizar el periodismo. Es decir, reconvertir todo lo hecho como consecuencia de la aplicación de las nuevas tecnologías a favor del retorno a los orígenes: un derecho de la ciudadanía y una obligación de los gobernantes.

 

* Artículo escrito a partir de la conferencia que impartío el mismo Josep Cuní, en la UIC, el 31 de enero de 2014

 

 
 
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