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Voces / Para entendernos

La universidad del futuro

Josep Argemí

¿Qué universidad queremos?

 

Son tiempos de cambios y, cuando los vientos soplan con fuerza, no es momento para huir, sino para reflexionar, hacernos más fuertes y seguir adelante. Así, la universidad, bien presente en los tiempos, también pasa por momentos de cambio. ¿Cómo queremos la universidad del futuro? Josep Argemí, rector de la UIC (2001-2010), profesor de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud y director del Instituto de Estudios Superiores de Bioética; Jaume Armengou, vicerrector de Ordenación Académica y Profesorado; Francesc Homs, presidente del Consejo Asesor Universitario; y Xavier Amat, presidente de Alumni: les hemos planteado esta pregunta, y nos han respondido. Cada uno desde su punto de vista.

 

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No hay duda de que si nos hacen esta pregunta lo primero que nos pasa por la cabeza es ver la UIC en el lugar más destacado de los rankings mundiales de universidades, por ser un exponente de reconocimiento de excelencia a nivel internacional.

 

Si bien esto puede ser un deseo bien legítimo, si repasamos los principios fundacionales de la UIC, desarrollados en el denominado ideario, veremos que estar en los primeros puestos de estas clasificaciones no nos asegura haber alcanzado lo que sus fundadores pretendían. En efecto, en los rankings hay aspectos tan relativos como el número de premios Nobel que ha recibido la institución o el número de laboratorios o de alumnos internacionales.

 

La UIC aspira fundamentalmente a formar buenos ciudadanos en todos los sentidos: profesionales bien preparados para aportar a la sociedad un trabajo creativo eficaz y bien hecho, con competencia y espíritu de servicio; personas solidarias, capaces de dedicar una parte de su tiempo o su patrimonio a los más necesitados, y con una visión trascendente de la vida. Por tanto, todo tendría que girar en torno a estos objetivos. A partir de aquí, podríamos ir configurando lo que los expertos en planes estratégicos llaman visión.

 

Yo quisiera una universidad sostenible, con un número de alumnos que permitiera la reinversión de los recursos en la mejora continua de la docencia y de la formación, con el fin de alimentar un círculo virtuoso en el que el prestigio social fuera creciendo progresivamente.

 

Imagino unos profesores ejemplares en el campo personal y de la docencia y que, al mismo tiempo, hacen buena investigación, con más o menos dedicación según sus circunstancias, pero la hacen; y que en el caso de las titulaciones específicamente profesionalizantes dedican una parte del tiempo al ejercicio de la propia profesión. Sin la creación de conocimiento y sin la presencia en el mundo profesional y laboral de la propia área de conocimiento es difícil hacer una docencia viva.

 

Finalmente, también quisiera que, como consecuencia de todo ello, el prestigio de la UIC y, por qué no, su presencia en los rankings de universidades fueran cada día más notables. Que la internacionalidad no sólo estuviera en el nombre sino también en el número de estudiantes foráneos; y que la transferencia de conocimiento desde la UIC al mundo empresarial y a la sociedad se desarrollara progresivamente.

 

Son estos, sin duda, unos retos ambiciosos; un camino nada fácil pero sí asequible: somos plenamente conscientes de que cualquier pesada caminata empieza por un primer paso, seguido de una constancia en el empeño y con una ilusión que ningún retroceso o contratiempo hacen desfallecer.

 

Josep Argemí. Director del Instituto de Estudios Superiores de Bioética, Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. Rector emérito de la UIC.

 
 
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