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Voces / Para entendernos

Las humanidades no son un adorno intelectual

David Senabre

Todavía resuenan en mi memoria de juventud las opiniones de quienes pensaban que los estudios humanísticos no servían para nada. Es difícil encontrar un argumento más pobre. Ni siquiera es pragmatismo. Pero me preocupa aún más que, en esta sociedad de la acción efímera; de la pereza por pararse a pensar; de la ausencia de memoria (ni siquiera a corto plazo), se siga creyendo en ello. Eso sí, de forma más discreta. Recuerdo algunas colaboraciones mías en planificación urbana. Me llamaban porque, al parecer, ponía la contextualización culta a un análisis municipal o de un territorio pendiente de ser ordenado. Y yo sin percatarme de ello. Era difícil imaginar verse convertido en celofán colorista de un contenido sesudo que otros escribían por ti. Tú eras sólo el edulcorante bonito del documento final; no te dejaban participar del logos. Esto ocurría hace veinte años.

 

El tiempo coloca cada indigencia intelectual donde le corresponde, y las escalas de la estulticia recuperan su justo lugar y grado de permanencia: el olvido y su desaparición. Existe, sin duda, en muchas personas de nuestra sociedad, un miedo atávico al saber asentado de otros. Existen alergias a descubrir que otros saben más y que lo hacen colocando a la persona en el centro de sus reflexiones. Existe también mucha pereza para ponerse a estudiar por puro placer. No es que incomode la verdad, es que descoloca y desconcierta cualquier mínima apreciación que demuestre conceptos y pareceres adquiridos con  tiempo, memoria, reflexión, discusión conceptual, curiosidad ilimitada, rigor, transversalidad de saberes, conocimientos asentados, libertad de pensamiento. Todas estas son condiciones que capacitan a quienes poseen una actitud humanista antes sus vidas y trabajos. Las Humanidades otorgan una forma distinta de vivir y ver la vida. Y una de sus mayores virtudes: la destreza para observar con claridad un hecho y su porqué, y ofrecer soluciones allí donde otros no llegan con la misma eficacia.

 

De igual manera que no es lo mismo la información que el conocimiento, los estudios humanísticos, las Humanidades o los estudios culturales no consisten en acumular datos que luego se vierten a la manera de un juego de sobremesa. Las Humanidades son, sobre todo, fusión reflexiva del pasado y del presente continuo en una red de relaciones internas (es decir, en una estructura), que después se traduce en conocimientos. Por eso resultan imprescindibles en la formación de juristas,  empresarios, economistas,  pedagogos,  médicos,  psicólogos o cualquier activo profesional que deba tratar y trabajar con personas en grupos organizados. La resolución de problemas, la toma de decisiones trascendentes, la articulación de equipos de trabajo, la claridad en la identificación de conflictos, la planificación estratégica, la defensa de los valores esenciales de la persona, son territorios ideales para que la persona forjada en conocimientos humanísticos desarrolle también sus mejores habilidades.

 

Las Humanidades no sólo ayudan a pensar, sino a hacerlo mejor; de forma más ordenada y abierta. Nunca se cierran los horizontes y siempre existen nuevos asuntos sobre los que construir soluciones. Ser humanista debería consistir, también, en mejorar la vida de nuestros semejantes.

 

* David Senabre es geógrafo, profesor de la Facultad de Humanidades.