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Voces / Para entendernos

Las tres íes: imborrable, indeleble, irreparable

José R. Agustina

Apenas somos conscientes de que vivimos en un mundo volcado cada vez más a una red global, Internet, que es de dominio público, y que, al ir conectando parcelas de nuestra vida a distintas redes interconectadas entre sí, nos hacemos francamente vulnerables. Nuestra vida e intimidad pueden expresarse y/o reducirse a datos, susceptibles de tratamiento y revelación a terceros. Y mediante el rastreo y recolección de toda esa historia virtual y de navegación, se puede obtener una imagen fidedigna de quiénes somos, qué nos gusta y cómo pensamos en lo más hondo de nuestra conciencia.

 

Tras una apariencia de anonimato, cuando paseamos por espacios virtuales vamos dejando, en efecto, miles de huellas que nos identifican. Utilizando un símil, nos parece que navegar por la red sería como deambular con sensación de anonimato ante una enorme cristalera translúcida o ahumada (de fuera hacia adentro), sin caer en la cuenta que desde fuera sí nos pueden identificar. Más aún, nos pueden estar observando curiosos, transeúntes o personas malintencionadas.

 

Muchos piensan que ese discurso solo conduce a actitudes paranoides, a convertirse en un misántropo o un amish. Ciertamente puede uno moverse con mayor cautela por la red, pero no todo rastro es evitable. Y no es menos cierto que de un modo frenético, cada vez nos vamos viendo más empujados a “enchufarnos a las redes”, a estar más interconectados, sin pretenderlo, ni siquiera imaginarlo. Nuestros gustos y sentimientos, nuestras compras, nuestras preferencias e impulsos, nuestras relaciones… todo queda registrado a pesar nuestro. Con solo monitorizar las rutinas de navegación de una persona sale al descubierto la persona casi en su integridad, pues cada vez es más difícil separar el mundo físico del mundo virtual.

 

Algunos gurús alertan del fin de la privacidad, por mucho que ahora tratemos de regular las condiciones de un pretencioso derecho al olvido. Pero ¿hay realmente para tanto? En el diccionario, en la voz indeleble se recogen definiciones como “que no puede ser borrado” o “que es inolvidable”. Yo desde hace tiempo suelo hablar de las tres íes. Imborrable: pues aunque trituremos un documento (o una huella) y lo arrojemos a la papelera, con nuevas técnicas y con paciencia todo puede acabar siendo recuperado, reconstruido y/o descifrado. Indeleble: en tanto que olvidarse de algo es una acción inconsciente, nada puede caer en el olvido si lo que se busca precisamente es hurgar en el pasado (es solo cuestión de ir haciendo copias de seguridad en ese disco duro universal). E irreparable: sin duda, la consecuencia más perniciosa. En esa plaza pública incontrolable que es Internet, una vez se ha hecho pública una imagen o una información sensible —verdadera o falsa— los efectos reputacionales son inevitables y eso sí que no se puede recomponer: tras una difamación es difícil asegurar que se pueda restaurar del todo su imagen.

 

Así las cosas, en esta sociedad de la transparencia nuestros pasos y lo que se dice de uno se han convertido en algo escrito con tinta permanente. Nuestro yo digital, siguiendo a Marc Goodman, al estar más interconectados que nunca ha pasado a ser algo tremendamente vulnerable. Todos nuestros datos son rastreables y nos conducen al yo real. Y si a todo lo anterior se añade que por el ciberespacio merodean (bastantes) personas desaprensivas, tenemos una tarea ingente por delante. Como decía P.T. Barnum “cada minuto nace un tonto nuevo” e Internet los conecta entre sí y con quienes pueden convertirlos en víctimas. Con todo, seguimos teniendo en nuestras manos escoger los jardines en los que nos metemos. Hace falta, eso sí, una mayor cultura botánica y mucha prudencia.

 

* José R. Agustina es director del Máter en Ciberdelincuencia de UIC Barcelona. Abogado en Molins & Silva