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Voces / Para entendernos

¿Listo o trabajador?

Pedro García del Barrio

Año 1980. Un grupo de colegiales de 10 años escuchábamos absortos la reflexión del profesor; al final nos planteó la pregunta: ¿preferís ser listos o trabajadores? No tengo claro cuántos de mi generación contestaríamos ahora como lo hicimos entonces: deseábamos ser laboriosos, lo cual denota esfuerzo y mérito, antes que poseer una gran inteligencia. Sería un error minusvalorar las dotes naturales, pero precisamente para potenciar esas capacidades se requiere voluntad de mejora. El aprecio por la cultura del esfuerzo y la verdadera libertad llevan a reconocer la primacía del ser sobre el tener y al afán de superación. Esta anécdota enmarca las siguientes reflexiones, que versan sobre la supervivencia del sistema económico de mercado.

 

En las últimas décadas ha existido un amplio consenso de que el capitalismo y el libre mercado eran elementos esenciales para procurar mayor crecimiento económico. Al mismo tiempo, ha prevalecido una visión crítica con la falta de equidad asociada a una distribución desigual de los ingresos. Una dispersión de rentas excesiva disminuye el gasto privado (la demanda agregada) y por consiguiente el nivel de empleo, pues los niveles de consumo más altos están generalmente asociados a los hogares de ingresos medios. Además, la disparidad retributiva no incentiva el esfuerzo si viene acompañada de pobres e inciertas oportunidades, desalentando a la población. Es alarmante la pérdida de estabilidad en la demanda y de dinamismo empresarial que puede producirse cuando se da una situación así, que parece estar perpetuándose a lo largo de las últimas crisis económicas.

 

Recientemente parece claro que el proceso de globalización es asimétrico –pues, por ejemplo, la libre y masiva circulación de capital no está acompañada de una perfecta movilidad de la mano de obra–, lo cual podría socavar los fundamentos del modelo capitalista de libre mercado. Como consecuencia, se debilita el apoyo que tradicionalmente se otorgaba al libre mercado, y que ahora estaría cuestionado con argumentos más decisivos que la falta de equidad. Concretamente, parece abrirse paso la idea de que la desigualdad creciente entorpece el funcionamiento de la economía en su conjunto. En ese escenario, el libre mercado y el capitalismo –al menos tal como los conocemos– no deberían seguir siendo considerados como garantes de las mayores tasas de crecimiento económico. En definitiva, la actual gran recesión no se percibe ya como una mera crisis cíclica más, y parece auspiciar un cambio del paradigma en materia de organización económica.

 

La deriva equivocada que parece estar tomando el sistema de libre mercado –como resultado de las disfunciones de una globalización defectuosa– reclama importantes correcciones; sin ellas, nos veremos abocados a caer presos de un sistema económico que ofrece pocas oportunidades. Concretamente, en relación con el diseño de incentivos y las prácticas retributivas, debería fomentarse el premio al trabajo por encima de la fortuna (riqueza heredada, sea en forma de talento o de recursos económicos).

 

Confío en que con lo dicho nadie concluya que estamos ante el fin de la libertad de mercado. Pero hay que reconocer que, para que sea sostenible a largo plazo, el modelo ha de ser reparado. ¿No sería más perdurable un sistema económico en el que los esquemas retributivos fueran acordes con el sentido común? Una proporcionalidad retributiva más razonable, que atemperase la excesiva disparidad entre los actores económicos, permitiría ampliar la capacidad de gasto colectiva, rescatando las perspectivas de la clase media. Naturalmente, los criterios limitadores deberían preservar los incentivos a la búsqueda de oportunidades, evitando pérdidas de eficiencia o en los resultados…

 

Un ejemplo negativo lo ofrece la retribución variable en el sector financiero. Se ha impuesto un juego de incentivos pernicioso que perjudica a toda la sociedad y que habría que acotar. El problema es que la regulación debería ser global, cosa que no parece muy factible. En todo caso, los límites en las prácticas retributivas se han implantado con éxito en empresas muy diversas, regulando por ejemplo la diferencia entre el salario mayor y menor dentro de la plantilla.

 

En todo caso, para que sea efectiva en un mundo global la apuesta debe ser radical. Radical porque, además de restaurar la cultura del esfuerzo, precisa introducir correcciones universales en el sistema financiero y en el modo en que se retribuye el capital. En efecto, parece inaceptable que la rentabilidad de una operación pueda depender en tan alto grado de movimientos especulativos, o de acciones distorsionantes intencionadas y a menudo injustas. Debe ser radical para no empeorar la situación, sustituyendo por ejemplo los fallos del mercado por los del Estado. Debe ser radical para volver restaurar lo que nos dice el sentido común: que el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio deben ser reconocidos, y eso implica reconocidos por la economía real, mediante un cambio global en los criterios retributivos actualmente imperantes.

 

Dejemos, pues, a los expertos economistas y de política que discutan el modo de hacer factible el rediseño del marco global, para garantizar que se corrija en los mercados la desproporcionada y creciente brecha retributiva que se da entre las rentas de capital y las de trabajo; y, dentro del trabajo, entre quienes tienen talentos y oportunidades, y quienes no logran salir de la periferia del sistema. Pero, por favor, colaboremos cada uno según sus posibilidades, para volver a lo que dicta el sentido común: la primacía del ser, el reconocimiento del mérito, el valor del trabajo desempeñado con espíritu de servicio y con miras a un mayor bienestar individual y colectivo.

 
 
A contracorriente