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Voces / Para entendernos

Lo genuino de la universidad

Pedro García del Barrio

Los profesionales que trabajamos en un entorno universitario compartimos la pasión por aprender. Si no fuera así, sería señal de que no hemos entendido el cometido de nuestra dedicación. El ámbito académico ofrece un espacio inigualable donde cultivar la reflexión pausada y el debate intelectual. Así, las conversaciones con colegas, alumnos y demás miembros de la comunidad académica invitan a contrastar las propias ideas y permiten madurar posturas sobre asuntos de diversa índole.

 

Uno de los temas de discusión es el predominio del relativismo. Desgraciadamente hoy día nos hemos acostumbrado a convivir con un vehemente ataque contra la existencia de verdades objetivas, y quien osa desmarcarse de la postura relativista es inmediatamente acusado de presunción e intolerancia. “El hombre está hecho para dudar de sí mismo, no para dudar de la verdad —decía el genial Chesterton—, y hoy se han invertido los términos (…). El escéptico de ahora es tan humilde que duda de aprender cosa alguna”.

 

Y en otro lugar de Ortodoxia, uno de sus aclamados ensayos, prosigue: “Nos conjura el anarquismo a que seamos audaces artistas y no nos cuidemos de ley ni límite alguno. Y no se puede ser artista sin leyes ni límites. El arte es limitación; la esencia de toda pintura es el contorno. Cuando dibujáis una jirafa tenéis que ponerle el pescuezo largo. Y si, según vuestro audaz sistema de creación, os empeñáis en pintarla con el cuello corto, pronto os convenceréis de que no sois libres de pintar una jirafa como se os antoje. Entrar en el terreno de los hechos es entrar en el mundo de los límites. Las cosas pueden emanciparse de ciertas leyes accidentales o superpuestas, pero no pueden escapar a las leyes de su naturaleza. Se puede liberar a un tigre de una jaula, pero no de su piel manchada. No se puede liberar a un camello del peso de su joroba; sería quererlo liberar de su condición de camello. No pretendamos, como esos torpes demagogos, entusiasmar a los triángulos a que se emancipen de la tiranía de sus tres lados. El triángulo que se atreviese a esto pronto llegaría a un término lamentable”.

 

La postura del relativismo queda así retratada no solo como incongruente, sino como desapacible. Sin puntos de referencia, el relativista termina fácilmente abocado al desamparo y la angustia. Conviene entonces estar alerta para no dejarse embaucar por una suerte de tolerancia asimétrica que parece haber ganado la batalla en la opinión pública. Según esta, cabría ser tolerante con todo, menos con quienes tengan principios claros y valores firmes.

 

Pues bien, únicamente desde el compromiso con la verdad puede entenderse la enormidad de la misión que desempeña toda institución universitaria auténtica. Las universidades están llamadas a realizar una tarea capital: redescubrir una y otra vez la relación del ser humano con la verdad; pues en esa relación radica nada menos que su propia dignidad. Por el contrario, un excesivo apremio por lo útil podría frustrar la excelsa tarea de la universidad, que —según Romano Guardini— es la que logra evitar que se disuelva la dignidad del hombre como ser espiritual, para acabar transformado en una mera pieza del engranaje mercantil o estatal.

 

Es preciso, por tanto, trascender toda percepción meramente utilitarista y profesionalizadora, si queremos evitar que la misión de la universidad quede diluida. No se trata de descuidar la necesaria capacitación profesional; sino de convencerse de que la competencia profesional no es el principal —ni mucho menos único— cometido de la universidad. Así, el humanismo cristiano que informa el ideario de nuestra institución está en consonancia con el más genuino espíritu universitario, al procurar que toda la comunidad académica participe de unos valores de los que la sociedad está muy necesitada.

 

Con todo, no es mi intención ofrecer un panorama sombrío, sino suscitar adhesión al compromiso de alumbrar un futuro mejor, señalando ciertas amenazas que desde hace tiempo se ciernen sobre Occidente. Para ello, me parece que vale la pena leer las reflexiones de Evelyn Waugh, que se han atrevido a romper el cerco de lo “políticamente correcto”; sorprendentes por el año en que fueron expresadas, 1930: “En la fase de la historia europea en la que nos encontramos ahora, la cuestión ya no se dirime entre el catolicismo, por una parte, y el protestantismo, por otra, sino entre el catolicismo y el caos (…). Por todas partes vemos hoy la negación práctica de todo lo establecido por la cultura occidental. La civilización —y no me refiero al cine hablado o a la comida envasada, ni a la cirugía o la higiene, sino a la total configuración artística y moral de Europa— carece en sí misma del poder de sobrevivir. Su supervivencia le ha llegado a través del cristianismo, y sin este no tiene sentido ni tiene fuerza pedir lealtad. La pérdida de fe en el cristianismo y la consiguiente falta de confianza en los principios morales y sociales se han visto encarnadas en el ideal de un estado materialista y mecanizado… Ya no es posible recibir los beneficios de la civilización y, al mismo tiempo, negar la base sobrenatural sobre la que esta descansa”.

 

Es mucho lo que está en juego, como en 1980 señalaba el Nobel de Literatura Alexander Solzhenitsyn, en su libro El error de Occidente: “El mundo occidental llega a un momento decisivo. En los próximos años se va a jugar la existencia de la civilización creada por él. Creo que no es consciente de ello. El tiempo ha erosionado su noción de libertad. Se han quedado con el nombre y fabricado una nueva noción. Han olvidado el significado de la libertad. Cuando Europa la conquistó en torno al siglo XVIII, era una noción sagrada. La libertad desembocaba en la virtud y el heroísmo. Y lo han olvidado (…). En el fondo, piensan que la libertad se adquiere de una vez por todas y por eso se permiten el lujo de menospreciarla. Están librando una terrible batalla y actúan como si se tratara de un partido de ping-pong”.

 

Era la condena de un disidente ruso que había padecido la represión de gulags en la ex-Unión Soviética, hablando del significado de la libertad, e invitando a discrepar legítimamente cuando los dictados de la cultura imperante no son acordes con la libertad o con la dignidad de las personas.

 

En un tiempo de retos y zozobras como estos, se necesitan trabajadores honrados, con sentido del humor, autonomía y vigor; capaces de acometer y comprometerse en grandes empresas. Personas “de fiar”, a quienes se les pueda reconocer por su competencia, pero también por su honestidad. Profesionales que escapen de la trampa de buscar a toda costa un éxito profesional desmesurado, que termina por malograr otras dimensiones de la existencia humana. Se requieren personas comprensivas, solidarias, que sepan “hacerse cargo”; gente abierta a la diversidad, pero igualmente capaz de mantenerse firme a la hora de defender valores esenciales. Personas audaces que se atrevan a reconocer los principios vertebradores de la cultura occidental, como la libertad y la dignidad humana, cuyo abandono supondría un suicidio más que una temeridad.

 

No son “triunfadores” lo que hace falta, sino profesionales comprometidos. Necesitamos una sana ambición profesional conciliable con la lógica del servicio, de aportar, postergando el propio interés en favor del interés general, de los otros o de la institución donde se trabaja. Algunos juzgarán estas consideraciones como ensueños, como utopías propias de un ámbito universitario, pero incompatibles con otros entornos profesionales. Considero, sin embargo, que menos realista sería claudicar en el intento de defender valores tan cruciales como los que se han recordado aquí. En la medida en que nuestra vinculación con la Universitat Internacional de Catalunya contribuya a la defensa de estas metas y loables desafíos, el empeño de quienes trabajamos aquí habrá valido la pena.

 

* Pedro García del Barrio es profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (UIC Barcelona).