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Voces / Para entendernos

Miedo al fracaso

Alfonso Méndiz

Según dicen las encuestas, hoy los jóvenes tienen más sueños y proyectos que la generación anterior. Pero la mayoría de esos sueños se malogran por el miedo a fracasar. Muchos jóvenes se cortan a sí mismos las alas por temor al ridículo, a no saber hacer algo o a no gustar a los demás.

 

Con este dato presente, me viene a la mente una historia que nos habla de superar los miedos y de no paralizarnos por ellos.

 

Sucedió en Grecia, en el siglo IV antes de Cristo. Un joven ateniense, que pertenecía a una rica familia mercantil, vivía feliz y despreocupado hasta que a los 7 años quedó huérfano. Su padre, que poseía una fábrica de armas, le dejó una inmensa fortuna, pero sus tutores la esquilmaron y dilapidaron antes de que él se diera cuenta. De repente, quedó en una lamentable pobreza, y se vio obligado a realizar los trabajos más serviles. Cuando tenía 16 años, asistió a un juicio público, y quedó prendado por la elocuencia del orador Calístrato de Afidna. La brillantez de su discurso le impresionó tanto, que ese día decidió dedicar toda su vida a la oratoria. Y así fue. Todos los días, al terminar sus trabajos, pasaba horas ensayando discursos que había preparado anteriormente. Asistía a las vistas judiciales y a los discursos en el areópago para tomar ideas de los oradores y aprovecharlas luego en su argumentación.

 

Después de cuatro años practicando, dio por fin su primer discurso… Fue un rotundo fracaso. Entre otras cosas porque nuestro hombre era tartamudo, de voz chillona. Los asistentes no tuvieron piedad: le gritaron, se rieron de él… Las burlas e improperios acentuaron su nerviosismo y tuvo que retirarse sin terminar.

 

“¡Déjalo! ¡Esta profesión no está hecha para ti!”, le decían sus amigos. Pero el joven no se arredró. Siguió practicando cada noche. Con frecuencia, se acercaba a las playas donde rompían las olas para hablar alto, tratando de imponer su voz sobre el fragor del mar. Además, introducía en su boca varias piedrecitas para fortalecer los músculos de la lengua. A veces sangraba, y con frecuencia quedaba afónico. Pero seguía practicando.

 

Por fin, a los 27 años, tuvo la oportunidad de pronunciar un gran discurso público ante los ciudadanos de Atenas, su ciudad natal. El éxito fue arrollador. La gente aplaudió entusiasmada en varias ocasiones, y al terminar, le llevaron en hombros por las calles. En pocos años, se convirtió en el mejor orador de su tiempo, y entre los años 357 y 352 antes de Cristo pronunció unos brillantes discursos contra la corrupción política de Atenas que aún hoy se estudian por la perfecta trabazón de sus argumentos y por la elegancia de su exposición. Pero, sobre todo, porque ayudaron a cambiar una situación política degradante.

 

Se llamaba Demóstenes, el primer gran orador de la historia, el primer gran comunicador del que aún podemos aprender. Y solo unos años antes era un joven sin hogar ni futuro, con una llamativa tartamudez y una horrible voz chillona. Nada fue —para él— fácil ni cómodo. Pero hizo algo grande, y consiguió su sueño. Aprendió, en la forja del esfuerzo, el valor de la tenacidad y de la constancia. Sobre todo, aprendió a perseguir sus sueños, a pesar de las dificultades.

 

¿Miedo al fracaso? Hoy en día, que tanto idolatramos el tener éxito en la vida, olvidamos que ese éxito —como el de Demóstenes—suele tener detrás una larga historia de fracasos. Y, al mismo tiempo, minusvaloramos la experiencia formativa de cada fracaso.

 

Tenemos que ser personas que sueñen… ¡grandes sueños! Pero sabiendo que se alcanzan con años de esfuerzo, después de muchos fracasos. Y no buscando el éxito, sino el rigor; no el atajo ficticio, sino el camino auténtico; no el aplauso de todos, sino el servicio a los demás. Todo lo otro —éxito, aplausos— llega siempre por añadidura, y es —en todo caso— secundario.

 

Esa es la lección que nos legó Demóstenes. La lección del esfuerzo y de no desanimarse ante el aparente fracaso.

 

* Alfonso Méndiz, decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UIC Barcelona).