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Voces / Para entendernos

Nunca lo sabremos

Eduard Martí

Estamos en un nuevo curso. Abro la puerta de mi despacho y, entre los objetos que hay allí, aparte de libros de historia que solo sirven para impresionar a las visitas, mis ojos se detienen en un cuadro especial con unos caracteres chinos. Os lo confieso avergonzado: no tengo ni idea de lo qué dicen.

 

Sucedió hace ocho años: me lo regaló Oriol, un alumno de Comunicación que era de los Boixos nois. Sí, sí, como lo oyes (bueno, como lo estás leyendo): pendientes en la oreja y quizás en algún otro sitio más oculto, pelo rapado y participante más o menos activo de alguna trifulca contra las fuerzas de seguridad. Tendía a sentarse en cuarta fila, hacia la derecha. No me preguntes por qué, pero el caso es que nos caímos bien desde el principio.

 

Un fin de semana Oriol hizo algo impensable: cruzó la frontera del Ebro y llegó hasta Valencia. Me dejó impresionado. No le creía capaz de esto. El objetivo era sencillo: ver la final de la copa del Rey entre el equipo del Turia y el Barça. El lunes volvió emocionado: “Escolta Edu, aquest cap de setmana he estat a València i he procurat posar en pràctica les teves ensenyances”. El pánico se apoderó de mí: “¡Madre mía! ¿Qué habrá hecho? ¿Qué son les teves ensenyances?” Su respuesta fue un gol por la escuadra: “Quan estava allà vaig anar preguntant a la gent del carrer per com ens veien als catalans. Vaig tenir converses amb molta gent diferent que no coneixia de res i les seves visions em van enriquir molt”. ¡Flipé! ¿Yo le había enseñado eso?

 

Nuestra amistad fue creciendo (no era asesorado mío, pero eso es irrelevante) y fuimos hablando de vez en cuando en los pasillos, en el paseo de la Fontana… Pasaron los meses y llegó el verano y también septiembre. Era un día como hoy, pongamos 11 de septiembre por aquello de darle emoción al relato, aunque la verdad es que no recuerdo la fecha. Toc toc: la puerta de mi despacho se abre y aparece Oriol con el cuadro. Esta vez se había superado a sí mismo y había ido con sus padres en verano a China. Todo un récord. Y allí, en medio del calor sofocante, entre conversaciones que no entiendes, comida rara y picante, el tipo se acuerda de un profesorcillo de historia y decide comprarle un cuadro con signos raros que leído suena “Eduard”. No solo eso, fue a varios sitios para comprobar que no le engañaban.

 

Segundo gol por la escuadra: Oriol no solo es un chaval que piensa y que está desarrollando un espíritu crítico, sino que además tiene sentimientos y es capaz de pensar en los demás de manera desinteresada. Su puesta en escena podía ser la de un pasota al que le gusta el lío y suspende algunas asignaturas para mantener el prestigio. Pero a mi ese día, no me engañó: Oriol tiene un corazón de oro y es un tipo fantástico, por mucho que insista en hacer ver que no lo es.

 

Justo encima de este cuadro, en una repisa, hay un retrato mío de gomaespuma, con mis gafotas y mi típica y aburrida camisa blanca a rayas azules (los que me conocéis sabéis que la moda no es uno de mis puntos fuertes). Me lo regalaron dos chicas muy valiosas, que no acabaron sus estudios aquí, por causas que no vienen al caso. Sin embargo, continuamos el trato. Un año después, vinieron por sorpresa a verme y mientras nos tomábamos un café en el bar de profesores –sé que está prohibido, he pecado, pido perdón– me lo regalaron. Me querían agradecer con este detalle algo que yo había hecho… y que era incapaz de recordar. Ya veis que lo de la memoria tampoco es mi fuerte, y eso que se supone que soy historiador. Bueno, algo o bastante sí que me acuerdo, pero se queda entre ellas y yo. El contacto, a pesar del tiempo, no lo hemos perdido y ambas están trabajando. ¡Son unas grandes!

 

Un poco más abajo, en la pared de cristal hay una fotografía en la que estoy con unos padres y un chaval en el campanario de una iglesia de un pueblo del interior de Cataluña. Hay una puesta de sol al fondo y la luz nos envuelve como un manto dorado, casi mágico. Hermosa instantánea. Él era buen chico, aunque no lo pareciera y se sentase siempre en última fila, medio estirado y con las piernas cruzadas. El típico chico pasota que mira al profesor en plan “a ver qué chapa nos va a colocar hoy este matao”. Fue pasando los cursos con dificultades, arrastrando en algunos casos no pocas asignaturas. Pero si te fijabas en sus ojos veías un brillo en ellos. En sus preguntas en clase se percibía algo de genialidad. Estaba un paso por delante de los demás, aunque eso no fue suficiente para aprobar mis asignaturas ni en primera ni en segunda convocatoria. Era vago, era pasota, pero tenía algo especial y que en estos largos 11 años he visto en pocos alumnos. No era lo que parecía por mucho empeño que él pusiese en parecerlo. Tenía corazón y un espíritu de grandeza que no quería sacar a la luz. Los padres estuvieron a punto de sacarlo de UIC Barcelona, pero el loco del “Edu” les dijo que tuvieran paciencia, el chaval valía la pena, pero había que darle tiempo para que brillase. Todo el mundo tiene su momento y hay que estar a su lado para cuando llegue. A ello se sumaban otros problemas de entidad que no voy a narrar…, porque no me da la gana y porque hay cosas que mejor que se queden en la intimidad de los protagonistas.

 

Pasan los años. No os diré cuántos porque no me acuerdo (cosas de la amnesia voluntaria). Día de la graduación. Yo, que a veces me dar por ir del palo “piadoso”, me quedo después de la santa misa a rezar por los chavales que se iban a graduar en breves instantes y recojo los ornamentos del altar. El oratorio ya estaba vacío…, pero queda una persona. Al inicio no la reconozco, pero cuando encaro el pasillo se levanta, me da un gran abrazo y se pone a llorar como una madalena: “Lo hemos conseguido, Eduard. Mi hijo se ha graduado. Gracias (y otras cosas que tampoco os voy a contar)”. Menos mal que no había nadie en el oratorio, porque el numerito que hubiéramos montado sería de los de “tierra trágame”, aunque a mí no me importa. Es un gran hombre. Le abrazo fuerte durante unos segundos que se hacen eternos. Hemos conseguido lo que hace unos años parecía imposible.

 

Discretamente, sin que nadie nos vea, nos vamos a una sala de reuniones. Recordamos esos largos y tumultuosos años, las dificultades superadas, el cambio que había hecho el chaval y en lo que se había convertido al final. Poco a poco este padre de alma grande, generosa y fina, se fue calmando y las lágrimas desaparecen de su rostro. Le explico alguna tontería –vale, lo reconozco: en mi caso lo de hacer tonterías no me cuesta mucho, es de familia– y consigo arrancarle varias sonrisas. Subimos y saludamos a su mujer, abuelas y parientes varios. Hay abrazos, besos y una gran alegría. Pero en mi interior persistía la misma pregunta que todavía hoy me persigue: ¿Realmente he hecho yo tanto para merecer estas muestras de cariño y agradecimiento? Y exactamente…, ¿qué es lo que he hecho? Han pasado los años y creo ya es hora que lo reconozca. La realidad se impone de manera evidente: debo de ser un ignorante de alto postín o un idiota sin remedio.

 

Podría seguir relatando lo que hay encima de mi escritorio o en la pared: una rosa de papel perfumada, una servilleta del comedor con una dedicatoria, una colección de pulseras de diferentes colores y lemas, unas fotografías descoloridas… Cada uno de esos objetos ocultan una historia, una historia bella y hermosa que no quiero y no puedo permitir que el viento del tiempo se las lleve para que queden en el olvido. Podría tirarlas, podría hacer un museo con ellas y cobrar entrada, pero me gusta donde están: desordenadas. Son pequeños detalles que me recuerdan que vale la pena lo que hacemos los profesores universitarios (yo soy solo uno de tantos). No podemos ser indiferentes al sufrimiento ajeno. Hay que mirar a los estudiantes a los ojos y ver más allá. Tener paciencia, porque en no pocos casos los alumnos son mucho mejores que nosotros. Necesitan que alguien crea en ellos y les haga soñar y volar alto. Alguien que les quite el polvo que oculta el brillo de sus almas.

 

Este verano, leía un artículo muy interesante publicado en El País el 8 de agosto por Carlos Andradas, exrector de la Complutense de Madrid. El título era ilustrativo de sus intenciones: “Ya es momento de que se supriman las acreditaciones”. Me encantó y lo recomiendo vivamente. Los investigadores también somos profesores y enseñamos a los líderes del futuro. Por mucha acreditación que tengamos, revistas indexadas, puntos, sexenios…, si no somos a la vez grandes docentes que cambien el mundo, todo eso sirve de muy poco, además de fomentar, en no pocos casos, el ego personal y una competitividad muy nociva para nuestro país.

 

Nunca sabremos el bien que podemos hacer a la sociedad con el trato que demos a nuestros alumnos: el valor de una sonrisa, de una palabra, un gesto, una mirada pícara… es incalculable. Quizá lo único que nos lo pueda recordar sea un cuadro con unas letras chinas que nadie entiende, un retrato de gomaespuma, una foto en un campanario o una flor de papel perfumada.

 

* Eduard Martí Fraga es profesor de la Facultad de Ciencias de la Comunicación (UIC Barcelona).